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¿PUEDO ASEAR EL CUARTO?*





PERSONAJES


RECAMARERA 1
RECAMARERA 2


La escena sucede en un cuarto de hotel.

RECAMARERA 1
¿Qué haces allí parada?
RECAMARERA 2
¿Cómo qué haces? Pues esperándote.
RECAMARERA 1
¿No quedamos que cuando regresara, tú lo ibas a sacar?
RECAMARERA 2
¿Yo sola? Dijiste que traerías a don Marco para que nos eche la mano.
RECAMARERA 1
¿Cómo crees que voy a traer a Marco? ¡Se enteraría de todo!
RECAMARERA 2
Eso fue lo que dijiste.
RECAMARERA 1
¿En qué cabeza cabe?
RECAMARERA 2
Dijiste que es de tu confianza.
RECAMARERA 1
Yo no confío ni en mi sombra, quiero que sepas. ¡Mucho menos en Marco!... No sé para qué te hice caso. Debí realizarlo yo sola. Yo, y nadie más.
RECAMARERA 2
Pues ya lo hicimos las dos.
RECAMARERA 1
Tenemos que hallar una solución.
RECAMARERA 2
Pero no así.
RECAMARERA 1
¿Qué quieres decir?
RECAMARERA 2
Pues que estás muy nerviosa; me hablas golpeado. Así no se pueden hallar soluciones.
RECAMARERA 1
¿Y qué, me pongo a cantar?
RECAMARERA 2
¿Ya viste?
RECAMARERA 1
Tienes razón.
RECAMARERA 2
Hay que esperar a que llegue la noche. Así nadie nos verá.
RECAMARERA 1
¿Estás loca? No podemos esperar la noche. La habitación tiene que ocuparse, a más tardar, a las dos de la tarde.
RECAMARERA 2
Tenemos como una hora entonces.
RECAMARERA 1
Tengo la boca reseca. Y las manos heladas.
RECAMARERA 2
Échate un trago.
RECAMARERA 1
Gracias. ¿De dónde sacaste este alcohol?
RECAMARERA 2
Lo encontré en el frigo.
RECAMARERA 1
¿Qué más había?
RECAMARERA 2
Nada más. Miento. Estaban estas pastillas.
RECAMARERA 1
A ver, tráelas. ¿Para qué serán?
RECAMARERA 2
Sepa. Deben ser para dormir. Sufría de insomnio.
RECAMARERA 1
¿Por qué lo dices?
RECAMARERA 2
Todas las noches estaba la luz prendida. Señal de que no podía dormir.
RECAMARERA 1
Pasabas de noche frente a la puerta.
RECAMARERA 2
No.
RECAMARERA 1
¿Lo espiabas?
RECAMARERA 2
¡No!
RECAMARERA 1
Entonces, ¿cómo sabes que la luz estaba prendida?
RECAMARERA 2
La veía desde la calle.
RECAMARERA 1
¿Te parabas en la calle para ver la habitación?
RECAMARERA 2
¿No estás exagerando? Me estás haciendo muchas preguntas.
RECAMARERA 1
Hay que pensar en todo. El día de mañana, Dios no lo quiera, si nos interroga la policía va a hacernos un chorro de preguntas.
RECAMARERA 2
Preguntas como cuáles.
RECAMARERA 1
Ahora te veo más imbécil que nunca. ¿Viste si ya le drenó?
RECAMARERA 2
No sé.
RECAMARERA 1
¿Cómo no sabes si te dejé aquí?
RECAMARERA 2
No me he asomado.
RECAMARERA 1
¿Se moverá?
RECAMARERA 2
Eso menos lo sé.
RECAMARERA 1
No te preguntaba. Pensaba en voz alta. Guardaste el dinero, supongo.
RECAMARERA 2
Sí.
RECAMARERA 1
¿Y las tarjetas?
RECAMARERA 2
¿Cuáles tarjetas?
RECAMARERA 1
Las del banco.
RECAMARERA 2
No tenía.
RECAMARERA 1
¿Cómo no tenía si vi que pagaba con ellas en el restaurant?
RECAMARERA 2
No, no tenía. Tampoco quiero que inventes que me las escondí. Escúlcame.
RECAMARERA 1
¿Joyas?
RECAMARERA 2
Un reloj, dos teléfonos y un anillo. Mira. Está bonito, ¿verdad?
RECAMARERA 1
¿Se moverá?
RECAMARERA 2
¿El reloj?
RECAMARERA 1
¡Claro que no, babosa!
RECAMARERA 2
Yo pienso que no.
RECAMARERA 1
Asómate.
RECAMARERA 2
Asómate tú.
RECAMARERA 1
Voy a entrar al baño. Lo haré de espaldas. No quiero ver.
RECAMARERA 2
Yo que tú…
RECAMARERA 1
¿Tú que yo, qué?
RECAMARERA 2
No, nada. A lo mejor la habitación aún no la rentan. Ya ves que es temporada baja.
RECAMARERA 1
Aún se mueve.
RECAMARERA 2
¿Lo viste?
RECAMARERA
No quise abrir los ojos. Palpé su barriga con el talón. Y… sentí que se movió.
RECAMARERA 2
No puede ser.
RECAMARERA 1
Estoy segura de que se movió.
RECAMARERA 2
¿Y ahora?
RECAMARERA 1
Eso mismo me pregunto. ¿Ahora qué diablos hacemos?
RECAMARERA 2
¿Qué horas son?
RECAMARERA 1
No traigo reloj.
RECAMARERA 2
Te acabo de dar uno.
RECAMARERA 1
Cierto. Son… Falta media hora para las dos. ¡Uta, madre!
RECAMARERA 2
Hay que echarle el montón de sábanas encima para que se ahogue. Luego, echamos el bulto al carrito. Así lo sacamos del hotel. Nadie se dará cuenta.
RECAMARERA 1
Y las sábanas quedarán manchadas.
RECAMARERA 2
Yo me encargo de echarles un cerillo. Nadie se enterará.
RECAMARERA 1
Eso crees. Por una de las dos, tarde o temprano, se van a enterar.
RECAMARERA 2
Yo te juré que a nadie se lo voy a contar.
RECAMARERA 1
Jurar no es suficiente.
RECAMARERA 2
¿Desconfías de mí?
RECAMARERA 1
Yo no confío ni en mi sombra, ya te dije.
RECAMARERA 2
De esta boca no saldrá nada.
RECAMARERA 1
No beses la cruz, babosa.
RECAMARERA 2
¿Puedo prender un cigarro?
RECAMARERA 1
No.
RECAMARERA 2
No debimos haberlo hecho.
RECAMARERA 1
Pero ya lo hicimos.
RECAMARERA 2
Yo… Yo no quería.
RECAMARERA 1
No te rajes.
RECAMARERA 2
¡Yo no quería! ¡No quería!
RECAMARERA 1
Te callas o te rompo la cara. Ahora la que grita eres tú. Coge las sábanas y entremos.
RECAMARERA 2
Tan fácil que era estar como antes.
RECAMARERA
Tan fácil, ajá.

FIN
*Esta obra corta forma parte del proyecto "Jardines de California. Treinta textos breves para actores de bajo presupuesto", y aparece en el número 161-162 de la Revista Tierra Adentro, a la venta en librerías de la República Mexicana.

PAÍS DE SENSIBLES, de José Dimayuga


PERSONAJES


IMELDA, de cincuenta años de edad.
HAYDÉE, hija de Imelda de treinta años de edad.
BETO, hermano de Haydée, de treinta y dos años


(Fragmento)


HAYDÉE
¿Todavía piensas que yo maté a Jaime? (IMELDA no contesta; se ve incómoda) ¿Todavía lo crees?
IMELDA (apartándose de HAYDÉE)
Se está haciendo tarde y Beto no aparece… ¿Le habrá ocurrido algo?
HAYDÉE
Tú no estás preocupada por Beto, sino por lo que te acabo de preguntar. (De cara a IMELDA) Ahora sí tengo ganas de hablar. Escúchame, por favor. (IMELDA rehuye) Mamá…
IMELDA
¿Di?
HAYDÉE
Te hice una pregunta.
IMELDA
Yo también te hice una pregunta y no me contestaste.
HAYDÉE
La hiciste para no responder la mía. Insisto: ¿aún crees que yo maté a Jaime?
IMELDA
No voy a contestar.
HAYDÉE
Tú también estás de acuerdo en que/
IMELDA
¡Yo no estoy de acuerdo con nadie, carajo! ¿No entiendes que no quiero hablar de ello, que si doy vueltas y vueltas al asunto es porque no me interesa? El fin de semana pasado prometimos no volver a tocar el tema; sí recuerdas, ¿no? (PAUSA) Voy a… ¿Te sirvo una copa?
HAYDÉE
Yo… yo lo quería. Después de Jaime no volveré a querer a nadie más. (Ríe con timidez) Sí, parezco una idiota diciendo esto, pero… ¿Sabes? Él para mí era como un trago de tequila: me daba tanta seguridad… calor. Me sentía viva. Él creía en todo lo que yo hacía o decía, él me tomaba en serio… ¿Me entiendes?... Claro, me puedes decir que como ya se murió, me pongo a destacar sus virtudes. Vivo aún, se lo dije… que él era para mí lo único… único importante… en mi vida… Tú lo sabes.
IMELDA
Un tipo que nunca me cayó bien.
HAYDÉE
Al principio lo adorabas.
IMELDA
Al principio, tú lo has dicho. Pero cuando supe que era comunista, me dio asco.
HAYDÉE
Acabas de dar una razón totalmente ridícula. Además, esa palabra ya ni se usa. Jaime sólo era un periodista.
IMELDA
Periodista, comunista y drogadicto. Sus ojos aconejados revelaban una vida maltratada por el mundo de las drogas.
HAYDÉE
¿Qué dices?
IMELDA
Su adicción no me hacía gracia.
HAYDÉE
Tu adicción es la que te hace ver las cosas de cabeza.
IMELDA
¿De qué adicción me hablas?
HAYDÉE
Tu alcoholismo.
IMELDA
¿Alcohólica, yo?
HAYDÉE
Bueno, pero no pongas esa cara que tu caso no es grave.
IMELDA
¿Yo, alcohólica?
HAYDÉE
No te lo digo para que te enojes; yo también lo soy. Salud.
IMELDA
¿Sabes que me recuerdas al licenciado Barrón? (Imitándolo) “Mi estimada Imelda, espero que ésta sea la última vez que se presenta en estado de ebriedad; de continuar así, tendré que levantarle un acta en la Dirección General.” Viejo tarado; afirma que soy una alcohólica cuando él, su amante y el Pagador se van cada viernes a los peores puteros de la ciudad. Yo los he visto caerse de borrachos. Y ahora tú, cínicamente, me reprochas…
HAYDÉE
Yo no te estoy reprochando nada.
IMELDA
… que soy una borracha. Tú, Haydée, eres quien menos derecho tiene de llamarme de tal manera. Deberías agradecerme las atenciones que te estoy brindando. En verdad me interesa que te integres nuevamente a la vida normal, y ve ahora con qué me pagas: criticarme como si fuera una tipa extraña. Toma en cuenta que… (Voz entrecortada) soy tu madre… Trátame como debo ser tratada… No cabe duda; eres cruel.
HAYDÉE
¿No exageras, mamá?
IMELDA (igual)
Eres muy, pero muy cruel.
HAYDÉE
Pero si todo lo que dijiste lo/ (Tratando de acariciarla.)
IMELDA
¡No me pongas tus manos encima! Qué modo tan raro el tuyo de mostrar afecto después de agredirme. ¡Como para perder la razón! (PAUSA) ¿Te has dado cuenta de que cada vez que hablamos sobre… Jaime, nuestra relación se vuelve de lo más violenta? Ese nombre sí debería ser impronunciable en este hogar. Apenas lo menciona una, y el chamuco se instala entre tú y yo. Ay, no, pero si hasta escalofríos me dan.
HAYDÉE
Tienes razón. En parte.
IMELDA
Te prohibo, por otro lado, que me hables en el mismo tonito con que tratabas a tus compañeras de celda. Ya basta de crímenes, víctimas y culpables. Recuerda que el reclusorio quedó atrás, carajo. Ahora te encuentras en calle Los Prados, cuarenta, interior seis…
HAYDÉE
Sólo tengo un mes fuera, comprende. Me siento extraña…
IMELDA
… Y como volviste desmemoriada, vuelvo a repetir: soy tu madre, aunque te duela, chilles o patees; Imelda Castañeda, viuda de Menchaca, es quien te parió; grabátelo bien. Uta, esta casa se parece cada vez más a la página de la nota roja. Qué horror.
HAYDÉE
Perdóname.
IMELDA
Tampoco te pongas en ese plan. Simplemente tuve la necesidad de aclarar algunas cosas para que podamos convivir y vivir lo más cercano a la vida prudente. Ahora bien, renovemos el trato: prometamos no hablar ni de asesinatos, ni de cárceles, ni nada que tenga que ver con asuntos que tú debes conocer mejor que yo.
HAYDÉE (sin convicción)
Lo prometo.
IMELDA
Sirvámonos una copa y brindemos por la restauración de nuestras vidas. (HAYDÉE prepara las copas) Yo sé que no debería decir lo que vas a escuchar, pero pienso que es el momento, hija: si cambiaras el tipo de pensamientos que hasta ahora has mantenido, serías una chica simpática, atractiva.

HAYDÉE deja de servir las copas.

HAYDÉE
¿Y cuándo dije que quería ser una chica simpática? Eso es lo que menos me interesa.
IMELDA
¿Ya ves cómo si tengo razón? Tu mente sólo produce ideas negativas, que lo único que hacen es mantenerte en ese atolladero.
HAYDÉE
No quiero ser simpática. ¡Ni quiero cambiar mis pensamientos por los tuyos! ¿Por qué había de ser como tú, eh? ¿Por qué, fregados?
IMELDA
Si tu intención es que te levante la voz para que nos peleemos como un par de reos, lo siento, no lo conseguirás. Acaba de servir las copas si me haces el favor.

Tocan a la puerta.

IMELDA
Anda, sírvemela, pues. Haydée, no me digas que nos vamos a enemistar. (Se acomoda, apresurada, la blusa y pantalón) Debe ser él. (Vuelven a tocar) ¡Sí, es él! Dios mío, y la casa está hecha un basurero. Ayúdame a poner las cosas en su lugar, Haydée.
HAYDÉE
Por fin, ¿preparo la copa o quieres que haga el aseo de tu casa?
IMELDA
¡Voooooooy! (A HAYDÉE ) Anda, pero muévete; ve por el trapeador.
HAYDÉE
Me voy a la recámara. Leeré hasta que me duerma.
IMELDA
No seas payasa. Tú debes estar presente también.
HAYDÉE
Ya te dije que no quiero verlo.

HAYDÉE sale. IMELDA recoge ràpidamente lo que encuentra a su paso mientras se dirige hacia la puerta; la abre. Recargado en el marco, aparece BETO: es dos años mayor que HAYDÉE, guapo, corpulento. Viste pantalón negro y chamarra de cuero. Trae en la mano un ramo de rosas y con la otra sostiene un vaso de plástico con licor. A IMELDA, de primer momento, le sorprende el aspecto desaliñado de BETO, pero inmediatamente cambia su asombro por entusiasmo.

IMELDA
¡Bebé-to!

BETO bebe su último trago.

BETO (entregándole las flores)
Felicidades.
IMELDA
Pero si es hasta mañana, Beto. De todos modos, gracias.
BETO (mostrando su vaso vacío)
¿Podría ser tan amable de regalarme una tacita de azúcar?
IMELDA (después de una carcajada) ¡Por supuesto, vecino! Haga el favor de pasar. Ahora mismo yo también bebía un cafecito. Pero pase… pase.

BETO entra. Se deja caer en el sofá. Olfatea en varias direcciones.

BETO
Estás chupando ron, ¿no?
IMELDA
Ajá. Pero también tengo tequila… ¿Dónde está?... Aquí lo tenía hace ratito… ¿O me lo tomé?
BETO
Da igual. Dame un ron; lo que tengas me chupo. Con este calorcito…
IMELDA
Salud, Bebé. Digo, Beto.
BETO
Por ti. Y, ps, porque ésta no sea la última vez que me invitas a tu cantón. Neta, ¿eh?
Beben. IMELDA sonríe; se sienta con timidez en el brazo del sofá en el que está sentado BETO. Él la mira picaronamente; luego hace gesto para que IMELDA tome asiento junto a él. Ella sonríe y obedece la señal.

BETO
Se está mejor así, ¿no?

Ella contesta con una risita nerviosa. Sus ojos están llenos de lágrimas. Se ve conmovida.

IMELDA
Me alegra verte por acá otra vez. No sabes… cuánto. De momento pensé que me dejarías plantada y… pues, tenía ganas de hablar contigo para… pedirte una excusa por todas las majaderías que te grité y por haberte echado de… tu casa, porque esta también es tu casa. A veces una, por cualquier insignificancia, procede de manera inesperada y violenta, cuando… La verdad, la verdad, no sé qué me pasó, Beto.
BETO
Que hayan desaparecido tus joyas no es ninguna insignificancia. Jamás las encontraste, ¿verdad?
IMELDA
Ni mis discos de Elvis. Valían una fortuna… afectiva, claro. El que tengo me lo regaló Chava.
BETO
Qué mal cuete, me cae. Tu colección estaba resuave. ¿Y sigues pensando que yo me agandallé/
IMELDA
Beto, no quiero saber quién me robó. Ya lo pasado, pasado, como dice la canción. (Beben) Pero permíteme decirte que si fuiste tú, te lo agradezco. Fíjate que ahora que soy humilde, me he forjado un carácter más sensible, menos egoísta. Bueno, pero no me dejes hablar tanto: cuéntame de ti: qué has hecho, dónde has estado. Vienes de una pachanga, ¿no es así?
BETO
Estuve pisteando con unos cuates del trabajo. Conseguí chamba en un bufet jurídico.
IMELDA
Oye, pues suena bien eso. Platícame más, anda.
BETO
O sea que es… ¿cómo te diré?... mis cuates son judas y, ps, me echan un fon cuando hay bronca. No es un trabajo fijo, pero ellos me van a ubicar.
IMELDA
No entiendo.
BETO
Mira, supongamos que tú te metieras en un pedo, ¿no?, nos echas un fonazo y nosotros te hacemos el paro. Legal, ¿eh? Todo es legal. Nosotros te damos asesoramiento jurídico y la madre, y si la bronca es mayor, porque de que los hay, los hay, disponemos de métodos más complejos para que tus problemas no te la vuelvan a hacer de tos.
IMELDA
¿De veras?... Qué lástima. Hace seis años hubieran tomado otro rumbo las cosas si me hubieras ofrecido esta ayuda. Nunca supimos demostrar que Haydée era inocente en ese horrible asesinato.
BETO
Yo por ella no movería un solo dedo. Me mandó varias veces la tira porque salió con el cuento de que yo le había dado cuello a su camote. Se manchó, ¿eh?
IMELDA
En la agenda del difunto encontraron tu nombre escrito; la fecha y la hora coincidían con el día en que lo hallaron muerto.
BETO
Es verdad, íbamos avernos porque le quería pedir chamba, pero ya no nos vimos. ¡Al güey lo tronaron ese mismo día!
IMELDA
Baja la voz que/
BETO
Fui al lugar de la cita, como le dije al lic que me interrogó, y como nunca llegó, me lancé a buscarlo. Ni siquiera entré al departamento; a ti te consta, ¿no?
IMELDA
Que no grites; Haydée está con noso/

Entra HAYDÉE repentinamente.

HAYDÉE
Es de muy mala educación hablar de terceras personas cuando estas no se encuentran presentes.
BETO (sorprendido)
Órale…
IMELDA
También es de muy mala educación, escuchar detrás de las puertas.
BETO (A HAYDÉE)
Quihúbo.
HAYDÉE (A IMELDA)
Es que tú no hablas, querida; gritas. Por discreta nunca te has distinguido.
IMELDA
Pero cuánta agresividad la tuya, caray.
HAYDÉE
Se me acabaron los cigarros. ¿Puedo llevarme esta cajetilla?
IMELDA
¡Uy, no chiquita! ¿Luego con qué me quedo? Me dejas desarmada.
BETO
Toma. (Estira la mano con la cajetilla. HAYDÉE lo mira indiferente) Te la regalo, anda. No muerdo.

HAYDÉE avanza hacia él y coge la cajetilla. BETO permanece con la mano extendida.

BETO
¿Y qué, no me vas a saludar?
HAYDÉE
Dije hola.
IMELDA
Quieres decir que estamos sordos. No dijiste hola ni nada que se le parezca. Así que, por favor, sé decente por única vez en tu vida: saluda. (Pausa corta) ¿Vas a dejarlo así, con la mano en el aire? Qué bárbara.

HAYDÉE da la mano. BETO la estrecha fuertemente y la jala hacia sí a pesar de la resistencia de HAYDÉE. Ella cae en el sofá, junto a BETO.

BETO
Bienvenida a casa. ¿Te damos un trago?
HAYDÉE
Quiero estar sola.
IMELDA
Por favor, hija…
BETO
¿Te molesta verme?

HAYDÉE lo mira lo mira con coraje.

BETO
Me voy, pues; no hay pedo. Pensé que iba a haber una fiesta aquí.
BETO se pone de pie con el propósito de marcharse.

IMELDA
Beto.
HAYDÉE
Quien se va de aquí soy yo.

HAYDÉE sale por la puerta de la recámara.

IMELDA
Beto, no te vayas…
BETO
¿Viste cómo me miró?
IMELDA (refiriéndose al estado alcoholizado de BETO)
Te ves muy mal, Bebé.
BETO
Sí te diste cuenta, ¿no? No manches, carga una vibra pesada, ¿eh? Esta me quiere… Sí, ella trae un rollo loco contra mí. ‘Che lacra; más vale que le pare los tacos y orita mismo, pues. (Se dirige hacia la puerta conde HAYDÉE salió. Toca con violencia) ¡Óyeme, tú! Te advierto que si tu propósito es armármela de pedo, vas a topar con pared!... ¿Me oíste bien? ¡No vuelvas a embarrarme tus broncas porque ahora quien va a bailar eres tú! ¡Me vale mierda si te retachan al bote!... ¿Oiste bien?...

BETO regresa a la sala mascullando cosas. Recoge su chamarra y se la pone.

BETO (A IMELDA)
Áhi la vemos.
IMELDA
Hazme caso, hijo. Así como vas, podría arrollarte un carro.
BETO
Traje mi nave, no te preocupes.






ME DUELE QUE TE VAYAS

de José Dimayuga

PERSONAJES



VÍCTOR, de 35 años.
DAVID, de 24.



La acción se desarrolla en la habitación de un hotel.
Mobiliario: una cama y un sillón.
Época actual en un sábado por la noche.
Entra DAVID; luego Víctor; los dos vienen elegantemente vestidos: el primero, de saco y corbata, y el segundo de esmoking.

DAVID (después de beber agua)
¿Te doy agua? (Pausa breve.) Habla, ¿no?, miéntamela si quieres, pero no sigas callado; dijiste que cuando llegáramos a la habitación me/

DAVID de pronto deja de hablar; más bien es callado por la mirada grave de VÍCTOR.

DAVID (avanzando hacia VÍCTOR)
No te pongas así, hombre.
VÍCTOR

DAVID
¿Por qué me ves de ese modo?

VÍCTOR avanza poco a poco hacia DAVID; su expresión es de ira. DAVID recula, medroso.

VÍCTOR
Eres muy puto, ¿sabes, no?
DAVID
Eh… Je…
VÍCTOR
No dije nada gracioso: digo que eres puto, güey. O qué, ¿te ríes si alguien te dice puto? ¿Te ríes si vas por la calle y te dicen puto?
DAVID

VÍCTOR
¿Si alguien te lo grita en la cara, güey?
DAVID (reculando, medroso, ante la mirada violenta de VÍCTOR)
No, pero, ps, no hay pedo. Sí, soy puto, ¿y?
VÍCTOR
Culero
DAVID
No mames, ¿qué te pasa?
VÍCTOR
No te hagas pendejo, que bien que te conozco.


VÍCTOR le planta una cachetada a DAVID. Estaba a punto de soltarle otro golpe, pero DAVID corre hacia el otro extremo del escenario.

DAVID
Oye, cálmate, güey.
VÍCTOR
¿Qué tanto hacías en el baño?
DAVID
Pues… lo que todo mundo hace en el baño: cagaba.
VÍCTOR
Lo que todo maricón hace en el baño no sólo es cagar. También se coge. Sí sabías, ¿no? O me vas a salir con que en los baños de Monterrey los jotos no cogen.
DAVID
Pues… no sé; a la mejor. Pero, ps, lo dirás por ti, porque a mí me parecería incómodo.
VÍCTOR
¡Yo no soy promiscuo, hijo de tu puta madre! ¿O me ves cara de bañero? ¿Tengo cara de andar asaltando braguetas, eh?

VÍCTOR se dirige hacia DAVID con el propósito de golpearlo, pero DAVID consigue esquivarlo.

DAVID
¿Ya, no? ¡Cálmala!
VÍCTOR
¿Cómo que ya “cálmala”? ¿Por qué te atreves a decir que yo soy el promiscuo cuando tú eres quien… quien es el puto?
DAVID
¿Y tú qué serás?
VÍCTOR
No me contestes con otra pregunta. (PAUSA breve. Con serenidad forzada) Oye, güey, si pagué tu boleto de avión, este hotel y esas garritas que traes puestas, no fue para que vinieras a putear, sino para que me acompañaras a mi… boda. ¿Entiendes lo que te quiero decir?... David, mírame a los ojos… te estoy hablando, güey. A todos les conté que tú eras mi primo de Monterrey, ¿y qué hace “mi primito” a la mitad de la boda? Se va a ligar a los baños del salón. ¡Óyeme, no mames! Cuídate, ¿no? ¡Y cuídame! ¡Preocúpate por los demás!... ¿Ahora entiendes?... David, te estoy hablando…
DAVID
¿Y en qué te basas para afirmar que fui al baño para/
VÍCTOR
Mira, David, por favor, no quieras jugar al “A ver quién tiene más cara de pendejo”. Yo te vi: saliste del baño platicando con un ruco de cabello canoso.
DAVID
Ah, ¿ese es tu coraje? (Sonríe) ¿Y por qué no empezaste por allí? Sí sabes quién es ese tipo, ¿no?... (VÍCTOR lo mira con gravedad.) Tu suegro. Era tu suegro… el papá de tu… de Angélica.
VÍCTOR
Y para seguir con el jueguito, también vas a decir que no sabías que es maricón.
DAVID
Je, ps, n-no… Bueno… Con razón.
VÍCTOR
Con razón qué.
DAVID
Nada. Nomás dije “con razón” por… pues por decir algo.
VÍCTOR
No, yo aquí paro el juego. El tonito con que dijiste “con razón” iba más allá de querer decir algo por pura casualidad. Es obvio que tú ocultas algo.
DAVID
No, de veras.
VÍCTOR
¿Qué esconderá esa carita de mosca muerta?
DAVID
La cabeza ha comenzado a dolerme; qué mala onda. Y no comí chocolate. ¿Por qué no pondrán aire en este pinche hotel? Puta madre, parece de cuarta. En Monterrey, uno como estos ya lo hubieran clausurado. ¿Te dije que maté una chinche, güey? No mames, iba caminando sobre la almohada. Me dio un asco…
VÍCTOR
¿Qué es lo que no quieres contar, David, por favor?

DAVID (dirigiéndose hacia la salida)
Voy a bajar a la recepción por una aspirina.
VICTOR (impidiéndole el paso)
Y me vas a dejar aquí como tu pendejo.
DAVID
No me cuelgo; orita regreso.
VÍCTOR
Antes me lo cuentas todo; todo, mano. (Riendo forzadamente.) Con pelos y señales.
DAVID
¿Cuál todo, Víctor?
VÍCTOR
O no me tienes confianza, David.
DAVID
¿Cuál confianza? Y… ¿cómo voy a contártelo todo si a cada momento me quieres soltar un madrazo? ¿Cómo voy a contarlo, eh?
VÍCTOR
O sea que sí pasó todo, ¿verdad?
DAVID
Por favor.
VÍCTOR
Lo acabas de decir. (PAUSA breve.) Desabróchate el pantalón.

DAVID no obedece la orden. Mira a VÍCTOR, atónito.

VÍCTOR
¿Me oíste, puto? (Deletreando) Que te bajes el pantalón.
DAVID
¿Para… qué?
VÍCTOR (irónico)
Quiero ver la huella de sus besos… (con violencia trata de desabrocharle el pantalón. DAVID no lo permite y se aparta de VÍCTOR.) Quiero ver cómo te dejó aquel cabrón.
DAVID
Si tu propósito es volverme loco, lo estás logrando (histérico): la cabeza me duele, las manos me sudan, y ora resulta que me quieres revisar el culo para deshacerte de dudas… como si fuera puta, no mames… por eso me conseguiste este pinche hotel de paso porque te parezco una piruja, ¡estoy hasta la madre!, ¿sabes? Tengo ganas de… (DAVID está a punto de soltar el llanto, pero lo contiene.) regresar a… Monterrey. (Con voz entrecortada.) Mejor no hubiera venido. (Empieza a sacar sus cosas de la cómoda con el propósito de hacer su maleta.) ¿Para que me invitaste a tu boda? ¿Para ver lo chulo que te veías con Angélica? ¿Para cagarme con no sé qué tanta pendejada que atraviesa por tu cabeza?
VÍCTOR
Deja eso. (Le agarra el brazo con fuerza.) No te vayas.
DAVID
Pero… si me quieres madrear, me quieres matar, me quieres volver loco… no entiendo.
VÍCTOR
Haz un esfuerzo… (le acaricia el brazo) por comprender.
DAVID
Comprendo que no andas bien del cerebro.

VÍCTOR abraza a DAVID.

DAVID
Estás mal, Víctor.

VÍCTOR le besa la nuca a DAVID.

VÍCTOR
Entonces, ¿sí?
DAVID
¿Sí qué?
VÍCTOR
¿Ya no me quieres?
DAVID
Tú eres el que ya no me quiere.
VÍCTOR
Contesta mi pregunta.
DAVID
Sí… te quiero. ¿Y tú?
VÍCTOR
Yo, mucho. Y si tanto me quieres, ¿por qué no me lo cuentas?
DAVID
Otra vez la burra…
VÍCTOR
Tampoco me contestes así, güey.
DAVID
Oquey.
VÍCTOR
Entonces, ¿sí?
DAVID
Ajá… pero… no me abraces… tu brazo… no me deja respirar bien… agarra la onda, por favor…
VÍCTOR
Órale.

DAVID
Bueno, pero jura que me dejarás regresar a Monterrey.
VÍCTOR
Sí. Te lo juro, hombre, ya. (Se aparta de él.)
DAVID
Conste. (PAUSA breve.) En primera de cuentas, yo no sabía que el cuate que me siguió al baño era tu suegro, el papá de Angélica. Qué joven, ¿no?
VÍCTOR (malicioso)

Y carita, ¿verdad?
DAVID
N-no… Bueno, sí. Conservadón, más bien. Pero no me veas así. Tú fuiste quien dijo que está carita. (PAUSA breve) “Carita”… Esa palabra ya no se usa, ¿sabes? La usaba mucho mi mamá. “Fulano está carita”, o “Perengana tiene un novio cari/
VÍCTOR
Continúa.
DAVID
Fui al baño y… ps, me puse a mear.
VÍCTOR
En el mingitorio.
DAVID
Ajá. Entonces vi que entró tu suegro y…
VÍCTOR
Se puso a mear en el mingitorio de al lado.
DAVID
Ajá.
VÍCTOR
¿Luego?
DAVID

VÍCTOR
Vas a salir con que mejor no me cuentas nada.
DAVID
Es que… te vas a enojar otra vez.
VÍCTOR
Tú sigue; no pienses si me enojo o no.
DAVID

VÍCTOR
Te la mamó.
DAVID
¿Cómo crees?
VÍCTOR
Te la agarró.
DAVID
Por favor. Me dijo… “qué buena la tienes”.
VÍCTOR
¿Por qué no me cuentas la verdad? ¿Por qué no me dices que allí mismo te la sobó, te llevó luego a un cubículo donde te la mamó?
DAVID
No, pues/
VÍCTOR
¿Verdad que así pasó?
DAVID
No, pues no.
VÍCTOR
Que se muera mi madre si me equivoco.
DAVID
Pobre de ella, porque es falso lo que supones. (PAUSA breve.) ¿Y por qué tanta seguridad en afirmar que me la mamó? ¿Así fue como te ligó?
VÍCTOR
El de las preguntas soy yo, pendejo. No te quieras hacer el listo haciendo conjeturas chafas. Y ahora cuéntamelo tal y como sucedió, pinche David, o te olvidas para siempre de tu regreso a Monterrey.
DAVID (con voz entrecortada)
Ya te lo conté… te digo que me dijo que la tenía buena… y después… me entregó una tarjeta para que le llame…
VÍCTOR
Y le llamaste.
DAVID
No juegues, si me la acaba de entregar.
VÍCTOR
Pinche viejo.
DAVID
Y ya. ¿Satisfecho? Es todo.
VÍCTOR
Pero le piensas hablar.
DAVID
Ahora dame chance de irme.
VÍCTOR
Dime, ¿piensas llamarle?
DAVID
Víctor, por favor.
VÍCTOR
Es un ruco ojete, oportunista, utilitario. Lo que va a pasar, si le llamas, es lo siguiente: te va a invitar a cenar; luego, te llevará a su departamento, no a su casa, porque en esta vive con su familia; en su depa te pedirá que lo piques. Y seguirán viéndose y tú te vas a encular del güey. Pero él, ni madres. ¿Enamorarse?, sí, cómo no. Tú vas a terminar como su putita, confinado en un departamento jodido. Recapacita, David; no te conviene. Un hombre casado es de lo peor.
DAVID
Tú eres un hombre casado.

PAUSA

VÍCTOR
Sí, pero en mi caso es distinto, porque en primer lugar/
DAVID
No quiero escuchar la diferencia que hay entre tú y el arquitecto.
VÍCTOR
Ah… ¡qué bien conoces ya su profesión!
DAVID
Lo decía en su tarjeta. Ahora déjame terminar de preparar mi maleta si me haces el favor.
VÍCTOR
¿Y me vas a dejar así?
DAVID
¿Cómo así?
VÍCTOR
En ascuas; con el temor de que te llame.
DAVID
No le voy a hablar. Mira. (Rompe la tarjeta) Y te juro que no memoricé el teléfono. De veras. ¿Contento?

DAVID termina de hacer su maleta.

VÍCTOR
Me duele que te vayas.
DAVID (riendo forzadamente) ¿Y eso es una canción?
VÍCTOR
Hablo en serio, cabrón; no quisiera perderte… Te necesito. Mira, yo mañana salgo de luna de miel a Cancún, pero de regreso, me iré volando a Monterrey, y me quedaré contigo una o dos semanas o los días que tú quieras. ¿Sí, güey? Mírame, güey. Te estoy hablando, David. Nunca había hablado así. Mira, le diré al arquitecto que me dé esos días de licencia y cuando… ¿Por qué te ríes? No crees en lo que digo, ¿verdad? Vas a decir/
DAVID
Voy a decir una cosa muy importante si me prometes no enojarte.
VÍCTOR
¿Muy, muy importante?
DAVID
Ajá.
VÍCTOR
Bien, di.
DAVID
Eres un/
VÍCTOR
Puto. Eres un puto, vas a decir.
DAVID
No, esa palabra es tuya. El puto soy yo, dijiste. ¿Oquey? Lo que quiero decirte… ¡qué pendejo eres, mano!
VÍCTOR
Chinga tu madre.
DAVID
Dijiste que no te enojarías, ¿ya ves?
VÍCTOR
Oquey, sigue.
DAVID
Y te voy a decir por qué lo pendejo. Preferiste renunciar a tu vida para ascender a un puesto de mierda, casándote con la hija de tu jefe, ¿no es así, señor arquitecto?... Pues muchas felicidades, y jódete, güey. Ahí te ves.
VÍCTOR
Nunca me habías hablado así.
DAVID
Nunca te habías casado.

Se escucha el sonido de un claxon que viene de la calle. DAVID se asoma por la ventana.

VÍCTOR
¿Con quién te vas? (Se asoma por la ventana) Es el coche del arquitecto.
DAVID
Me va a dar un aventón.
VÍCTOR
Pero si acabas de decir que él/

Suena el teléfono. DAVID contesta.

DAVID
¿Bueno?... (Entusiasmado.) Sí, ya lo escuché. Ya voy de salida. En tres minutos estoy con usted. Sí… Sí, aquí está conmigo. (Le tiende el teléfono a VÍCTOR.) Tu suegro… quiere hablar contigo.
VÍCTOR
¿Bueno?... Sí, soy yo, arquitecto… Sí, no se preocupe, yo en este momento salgo al salón por Angélica… ¡Claro que le avisé; no salí huyendo!... Sí, lo traje al hotel porque se sentía mal. Usted sabe: la altura es diferente a la de Monterrey. Pero ya lo veo mejor… Sí, ya va para allá. Le encargo mucho a mi primo, arquitecto… Y gracias por el aventón. Je…

VÍCTOR cuelga el auricular. Avanza con ira hacia DAVID.

VÍCTOR
Me engañaste, güey. Me dijiste que no te la había agarrado.
DAVID
Y no me la agarró.
VÍCTOR
Que no había pasado nada entre tú y él.
DAVID
Así es. Aún no ha pasado nada.
VÍCTOR (avanzando hacia DAVID)
¡Ora sí te mato, cabrón!
DAVID
Tú me pones la mano encima y verás cómo te va (VÍCTOR se detiene): pierdes vieja y chamba, mínimo, güey. ¿Para qué te enojas, si todo queda en familia, qué no? Ya, ya, quita esa cara o echarás a perder tu fiesta. (PAUSA breve.) Fue un placer venir a tu boda. Chao. Felicidades, ese.

DAVID sale con maleta en mano. VÍCTOR se sienta en la silla. Luego se pone de pie y se dirige hacia la ventana para ver la partida de DAVID con el arquitecto. Se vuelve a sentar en la silla. Se pone de pie. Va hacia la ventana…

FIN


UNA MUJER DE TANTAS

PERSONAJES

NAPOLEÓN, hombre de veintiocho años.
AMANDA, madre de Napoleón, de cuarenta y cinco años.
BLANCA ESTELA GARRIDO, de veintiséis años.
ALEJANDRO MONTIEL
PAYASO VIEJO
RITA VARGAS
JIMMY CAPELLINI, gángster.
ESPÍRITU CREADOR*


*Los personajes de Alejandro Montiel, Payaso Viejo, Rita Vargas, Jimmy Capellini, Espíritu Creador y la Voz en Off pueden ser interpretados por el mismo actor.

(Fragmento)

ESCENA OCTAVA

Un hombre vestido de traje blanco y con zapatos de charol se desplaza de un lado a otro de su despacho con teléfono en mano. Su nombre es Jimmy Capellini.

JIMMY (al teléfono): ¿Qué estás diciendo, inútil?... ¿Que no quiere subir? Yo no les dije que le pidieran su opinión. Les ordené que la subieran a mi despacho a como diera lugar… (Remedando a su interlocutor) Sí, mi jefe. ¡Bola de incapaces! Si pone resistencia, tráiganla arrastrando de los cabellos. ¡Quiero hablar con ella antes de que este lugar se vaya a pique!... (Cuelga.)

VOZ EN OFF: Jimmy Capellini, de un estuche de plata, extrajo un grueso habano y lo encendió. Después de mirar su reloj, se puso a caminar de un lado a otro del despacho como hiena enjaulada. Miró con atención una foto que colgaba de la pared: era la fachada del Cañaveralia rodeada de exuberante vegetación tropical.

JIMMY: ¿Será posible que esté presenciando la decadencia de este Centro?... ¡No, no! ¡Jamás! ¡Jamás! (Tocan a la puerta) ¡Adelante!

VOZ MASCULINA (desde el otro lado de la puerta): ¡Aquí la tiene, mi jefe!

Una mano masculina empuja a BLANCA ESTELA hacia el interior del despacho. Ella avanza trastabillando y cae de bruces ante los pies de JIMMY. BLANCA ESTELA viene vestida de rumbera.

JIMMY: ¿Y eso allí tirado, es el ayer famoso Vendaval Mexicano?

BLANCA ESTELA: Esta no es forma de tratar a una dama, Jimmy.

JIMMY: ¿Dama, tú?

BLANCA ESTELA: Tus hombres irrumpieron en la pista mientras bailaba para mi público. Me sacaron a empujones y me hicieron subir aquí de manera salvaje. ¡Exijo que los reprendas! Que no lo vuelvan a repetir.

JIMMY: No repetirán la misma acción, siempre y cuando tú te retires del baile.

BLANCA ESTELA: ¿Qué dices, Jimmy? (Se pone de pie).

JIMMY: Tu presencia en el escenario se volvió patética.

BLANCA ESTELA: ¿Oí bien? Jimmy, tú sabes que ese tipo de bromas nunca me han causado gracia.

VOZ EN OFF: Jimmy cogió a Blanca Estela del brazo y la condujo hacia un espejo que pendía de la pared.

JIMMY: Dime, ¿qué tú ves allí?

BLANCA ESTELA: Un hombre y una mujer.

JIMMY: ¡Describe a la mujer!

BLANCA ESTELA: Jimmy… No puedo.

JIMMY: ¿Prefieres que lo haga yo?... De acuerdo. Ella es/

BLANCA ESTELA: No, Jimmy, no. Por lo que más quieras.

JIMMY: ¡Blanca Estela, describe a esa mujer que tenemos enfrente o haré traer a la policía y confesaré tus/

BLANCA ESTELA: Ella es de veintiséis años, pero parece de cuarenta…

JIMMY: ¿Ajá?

BLANCA ESTELA: Un poco…

JIMMY: Vieja.

BLANCA ESTELA: Madura. Sin embargo, atractiva.

JIMMY: Eso es lo que tú piensas. Continúa, nena.

BLANCA ESTELA: De carnes protuberantes.

JIMMY: Gorda.

BLANCA ESTELA: Rolliza. Tal y como a los señores les gusta.

JIMMY: Y ciega, te falta decir.

BLANCA ESTELA: ¡Todas las rumberas son rollizas, Jimmy! Por si lo dudas, están exhibiendo una película de mi país, aquí en el Roxy, en la que sale/

JIMMY (impaciente): Tú no eres rolliza ni de edad madura, sino una gorda y vieja a la que mejor le iría si trabajara en un parque de diversiones.

BLANCA ESTELA: ¿A dónde quieres llegar, Jimmy?

JIMMY: Esa pregunta me toca hacértela a ti: ¿a dónde pretendes llegar, mi querido Vendaval Mexicano? Hasta ahorita, al menos, has conseguido que el cincuenta por ciento de la clientela se haya mudado al cabaret de enfrente. ¡Oye, tú me estás jodiendo!

BLANCA ESTELA: Ahora comprendo. Estás resuelto a echarme del Cañaveralia.

JIMMY: Eso nunca, mamita. No soy tan malo como supones. (Tomando una charola con cigarros, chicles y cerillos) El Cañaveralia a nadie le negará empleo. (Coloca la cinta de la charola alrededor del cuello de BLANCA ESTELA.)

BLANCA ESTELA: ¡No puedes sobajarme de este modo, Jimmy Capellini! Este no fue el trato que acordamos cuando llegué a la isla. Compréndeme. ¡No salí de mi país para terminar como una cigarrera!

JIMMY: Ya hemos hablado lo suficiente. Ahora márchate.

JIMMY le da la espalda.

BLANCA ESTELA: ¡No me hagas eso, Jimmy!

LAS ÓRDENES DEL CORAZÓN

PERSONAJES
Ernesto
Perla
Ladrón
(Fragmento)
ESCENA II

PERLA ve la televisión; su malhumor cambia a una felicidad tímida cuando ve las imágenes en la pantalla. Luego, su expresión cambia por un llanto largo y silencioso. De pronto, entra por la ventana un ladrón, vestido de negro y con pasamontañas. Trae una pistola en la mano. Avanza con sigilo hacia PERLA y se para detrás de ELLA.

LADRON:
¡Esto es un asalto!
PERLA:
¡Hiiii!
LADRON:
¡No me regrese a ver!
PERLA:
N-no.
LADRON:
¡Póngase de pie!
PERLA:
Sí.
LADRON:
No, mejor siga sentada.
PERLA:
Sí.
LADRON:
No, mejor póngase de pie.
PERLA:
¡Oh, qué la canción!
LADRON:
No hable, guarde silencio. Avance hacia el comedor... sin regresarme a ver... y manténgase de espaldas a mí, ¿o key?...
PERLA:
O key.
LADRON:
¡Que no hable! No quiero un “sí” ni un “o key”... Manténgase así: callada y de espalda. Cualquier movimiento extraño podría costarle la vida. (Busca algo encima y debajo del sofá; luego, sobre y detrás de la televisión) ¿Dónde está el control remoto?

PERLA levanta los hombros.

LADRON:
¿Cómo que no sabe? No me vaya a salir con que su televisión no tiene control remoto porque eso también le puede costar muy caro. Por última vez: ¿dónde está su control remoto?

PERLA, apretando la boca, señala el baño.

LADRON:
Pues vaya por él, y cuidadito con que se me quiera escapar o gritar para pedir auxilio, ¿eh?

PERLA va al baño. El LADRON se dirige hacia la TV y oprime un botón; luego otro; después le da fuertes palmadas en uno de los costados. PERLA sale del baño y se para detrás del LADRON; le pone el control remoto en el hombro de aquel. Creyendo que se trata de un arma, el LADRON levanta las manos.

PERLA:
Es el control remoto.
LADRON:
Avíseme, caray.
PERLA:
Usted me ordenó que no hablara.
LADRON:
¿No le funciona el color a su televisión?
PERLA:
¿Entonces sí puedo hablar? Conste. El color le falla un poco; aunque la película de ahorita es en blanco y negro.
LADRON:
Meta la televisión en esta bolsa.
PERLA:
No me diga que se la va a llevar.
LADRON:
No me diga que no se ha dado cuenta de que soy un ladrón.
PERLA:
De plano, hoy me levanté con el pie izquierdo. Mire, no puede hacerme esto justamente hoy... Es que... ¿Sabe? Orita viene la escena que más me gusta... ¿Me permite verla y en cuanto termine la guardo en su costal?
LADRON:
¿Con quién cree que está hablando?
PERLA:
Se lo suplico. Déjeme verla para que, al menos, cuente con algo bueno el día de hoy.
LADRON (después de pensarlo un poco):
O key. Nomás no quiera chutarse toda la película porque no tengo su tiempo.

PERLA se sienta en el sofá y ve la televisión. Se escucha el número musical de canciones infantiles que Pedro Infante y Silvia Pinal interpretan en la película “El Inocente”. PERLA ríe de tanto en tanto. El LADRON sale por puerta de la cocina; luego, entra, molesto.

LADRON:
No la friegue, caray; no tiene ni siquiera un rábano en su refrigerador. Con razón está reflaca.
PERLA:
¡Ssshh!
LADRON:
Es que traigo un hambre de perro.
PERLA:
Guarde silencio sólo un minutito, por favor.
LADRON:
Chale, a poco no la ha visto. Esa se llama “El Inocente”, yo la tengo en video, si quiere se la presto.

El LADRON se sienta junto a PERLA.

LADRON:
Qué chula estaba la Pinal...

PERLA y EL LADRON terminan de ver el número musical. Los ojos de ella se le ven humedecidos; apaga la televisión.

PERLA (con voz entrecortada):
Ahora sí, ya puede llevársela.

PERLA coge la bolsa con el propósito de meter la televisión.

LADRON:
Me apena dejarla sin su televisión, pero... a mi abuelita se le descompuso la suya y, pues, usted sabe, están recaras. Si no le llevo una, se me deprime; está acostumbrada a ver su noticiero de la mañana. Ya ve cómo son las abuelitas, ¿no? Y mire lo que son las cosas: ahora la triste es usted.
PERLA:
Ay, no, ni se preocupe; ya tengo la cara así. Puede llevarse todo; es más, puede cargar hasta con la cama y el sofá si quiere. A mí lo que me hizo llorar fue... la película de Pedro Infante.
JOSEFINA:
Pero, ¿por qué?, si es la parte más chistosa.
PERLA:
No sé, fíjese que la he visto como cinco veces y justamente en esa parte cuando él canta borracho y feliz con Silvia Pinal, se me ruedan las lágrimas.
LADRON:
¿Por qué será?

PERLA levanta los hombros.

LADRON:
Será que usted es de lágrima fácil.
PERLA (riendo desganada):
No, pues sí. De lágrima fácil.
LADRON (refiriéndose al argumento de la película):
Creo que después de esa noche, los papás de ella los casan a güevo, ¿no?
PERLA:
Sí.
LADRON:
Y Pedro Infante se enoja porque ella lo desprecia. Él se llama Cruci; y ella, Mané.
PERLA:
Sí.
ERNESTO:
¿Ya ve que sí la conozco? Es que, ¿le digo una cosa? Tengo todas las películas de Pedro Infante.
PERLA (riendo):
No me diga.
LADRON:
Por mi abuelita, ¿sabe? Es refanática del Pedro Infante hasta la exageración. No me va a creer: el día en que Pedro cumple el año de muerto, ella y mi tío Bulmaro le rezan un rosario completo. De tanto ver sus películas hasta me sé de memoria sus canciones. ¿Quiere que le cante una?
PERLA (riendo):
Ay, no, tampoco.
LADRON:
Me da pena que no pueda ver completa la película, pero...
PERLA:
Ya le dije que la he visto cinco veces. Le advierto que la tele no funciona bien; así que cuando la imagen adquiera un anaranjado oscuro, con tres golpes fuertes que le dé en la parte de arriba, recupera inmediatamente sus colores.
LADRON:
Ay, ca..., a ver si no se me olvida.

EL LADRON iba a terminar de embolsar la TV cuando, sin fijarse, derriba una jícara con canicas que estaba sobre la mesita de centro. Las canicas ruedan por el piso.

LADRON:
¡Qué güey!
PERLA (arrodillándose en el piso):
Yo las levanto. Son de las damas chinas.
LADRON:
No me di cuenta, caray. Déjeme ayudarle. Oiga, ese juego de las damas chinas es de la prehistoria, ¿no?

PERLA enciende la luz. Recogen las canicas. De pronto, el LADRON observa con sorpresa a PERLA.

LADRON (con asombro):
Cucaracha.

PERLA se incorpora y se cubre el pecho con las manos.

PERLA (grave):
¿Cómo dijo?
LADRON:
No, nada.
PERLA:
¿Cómo que nada?
LADRON:
¿Cuándo?
PERLA:
Ahora. ¡Hace un ratito!
LADRON:
No me acuerdo.
PERLA:
¿Cómo que “no me acuerdo”? No se haga el inocente que a usted no le queda.
LADRON:
Bueno, sí. Dije: cucaracha. Oiga, pero no se enoje.
PERLA:
Usted sabe perfectamente por qué me alteró que me llamara así, ¿verdad?
LADRON:
No. Bueno, sí.
PERLA:
Así me apodaban cuando estudiaba en la secundaria; por el lunar que tengo en el pecho.
LADRON:
Yo lo sé.
PERLA:
¿Y por qué lo sabe?... ¿Quién es usted?
LADRON:
Un ratero.
PERLA:
¡Por supuesto que es un ratero! ¿Pero quién se esconde detrás de esa máscara y desde cuándo me está espiando?
LADRON:
Desde nunca. Por pura casualidad entré aquí y por pura casualidad me encontré con usted. Soy amante de lo ajeno y como tal déjeme actuar. (Echándose el costal al hombro) Así que compermiso.
PERLA:
Usted no sale de aquí hasta que no me diga quién es.
LADRON:
Soy un ladrón y punto.
PERLA:
Pero cómo se llama, quién es, porque estoy segura de que usted me conoce.
LADRON:
Regla número uno, señora: un ladrón jamás debe revelar su identidad. De hacerlo, sería como traicionarse a sí mismo y al gremio entero.
PERLA:
Ese argumento chafa ahorita no vale. (Se lleva la mano a la frente y respira profundo: trata de calmarse. Le quita la bolsa al LADRON) Deje a un lado esto; sentémonos, y escuche lo que le propongo: Podrá llevarse todo, todito lo que quiera de esta casa, pero dígame quién es usted. Le prometo que no moveré un solo dedo para denunciarlo. Incluso, mire, le doy mis dos tarjetas con todo y mis números confidenciales.
LADRON (riendo):
A poco tiene tarjetas. Chale. No tiene ni siquiera tortillas en el refri, pero sí tarjetas. Qué cosas pasan en este país, jijos...
PERLA:
Claro que no hallará grandes cantidades; pero de que se va a llevar una lana, se la va a llevar. ¿Tiene una pluma? (El LADRON le da un bolígrafo.) Gracias. (PERLA anota en una servilleta sus números confidenciales) No me tardo, voy por mis tarjetas.

PERLA sale apresurada por la puerta de la recámara.

LADRON:
Yo nomás vine por la televisión, Cucarachita.

PERLA regresa y le entrega la servilleta y el par de tarjetas.

PERLA:
Aquí tiene.
LADRON:
Chale. Hace que me sienta como una vil piruja: usted me paga y yo le presto, ¿no?
PERLA:
Nada de eso.
LADRON:
Tome sus plásticos (se las devuelve). Yo no estoy en venta. Le voy a revelar mi secreto de a oquis. Yo soy nada más ni nada menos que...

EL LADRON estaba a punto de quitarse el pasamontañas, pero PERLA le detiene la mano.

PERLA:
¡No!
LADRON:
Oiga, no grite. Me espantó.
PERLA:
Es que... Eh… ¿Puedo adivinar?
LADRON:
Qué cosa.
PERLA:
Sí, mire: yo le hago preguntas y usted sólo contesta “sí” o “no” hasta que yo consiga adivinar quién es.
LADRON:
Va. No has cambiado nada, Cucaracha, sigues igual de ocurrente.
PERLA:
Pero si adivino su identidad, no se llevará la tele.
LADRON:
Y que mi abuela me dé una tunda de paraguazos, ¿no?
PERLA:
Castigos son castigos.
LADRON:Cómo eres perversa, Cucaracha.

Crónicas de amor y olvido en la terraza del hotel Belmar

Obra de teatro en dos actos


PERSONAJES
Glenda Ross, de 56 años de edad
Laura, mujer de 57 años
Ángela Pannini, de 58
Señora Pitman (Alicia Prado) de 55
Eva, de 50
Renata, de 60
Margot, de 59
Sirvienta, de 45
Policía 1
Policía 2

(Fragmento)





Primer acto


ESCENA I

Un haz de luz cae sobre Glenda Ross. Está en traje de baño. El resto del escenario está a oscuras.
El primer acto terminará con la puesta del sol. Las tareas escénicas de cada personaje se desprenden de los parlamentos.
Época: anacrónica.

GLENDA
Hola. Mi nombre es Glenda Ross. Y de entrada les digo que yo no soy la personaja principal de la historia que verán. Sólo soy una humilde supporting actress. Si me ven vestida así, o mejor dicho, desvestida así, es porque me encuentro en la terraza del hotel Belmar. He salido a tomar un poco de sol y, sobre todo, a socializar. Mi estancia aquí no es meramente casual ni por motivos vacacionales. No. Vine a Puerto Ventura por razones de trabajo creativo. Me explicaré. Soy una lectora voraz y como todo lector, tuve el prurito de escribir lo que suele llamarse ficción. Mi olfato de escritora novel, en cuanto entré a la agencia de viajes, me dijo: “Glenda, en el Hotel Belmar encontrarás la historia de amour fou, y su sólito desenlace trágico, que durante tanto tiempo has buscado.” Y así fue, mi olfato no me engañó. Aquí conocí a las personajas de mi historia y las circunstancias que las llevó a un desenlace fatal. Permítanme, ahora, presentarles sólo a cuatro personajas: Ángela Pannini (lentamente será iluminada por un haz de luz; ella está frente un bastidor y con pinceles en la mano) es una artista plástica; y, aunque ustedes la vean muy entregada a su oficio, tan difícil como apasionante, acaba de incursionar en él. Sí, abandonó los reflectores para dedicarse a la Pintura. Ángela fue actriz de la Época de Plata del Cine Nacional y si hay algún cinéfilo por aquí habrá de reconocerla al punto. A la ex actriz la acompaña su asistente: Eva (un haz de luz la ilumina poco a poco). Eva no es una chica alegre; ahora la ven riendo porque posa para una foto de playa. Lo cierto es que jamás la volverán a ver feliz; y la razón la sabrán dentro de poco. Ángela y Eva ahora pasan una temporada larga en el hotel Belmar. Al lado de ellas, sentadas en poltronas y con sendas copas etílicas, vemos a Laura y Renata (cae rápidamente un haz de luz sobre ellas). Las dos son hermanas. Parecen discretas y apacibles. No son lo uno ni lo otro. ¿Amorosas? ¡Menos! El lazo que las une no es el cariño, sino la queja, la carrilla y el aburrimiento constantes. Enfadosas como ellas solas. Sin embargo, después de que se volvieron mis personajas, aprendí a adorarlas. En fin, no los predispondré, ni quiero agobiarlos con un monólogo cuya única función es la de regalarme un parlamento grande, pues a lo largo de esta historia tendré puras participaciones chiquitas. Querido público: gracias por su finísima atención y ¡que corra la escena! Ah, olvidaba decir: todas las tardes solían reunirse aquí, a esta hora, para ver la luz sangrienta y mortecina de la caída del sol. Esta era, apenas, mi segunda tarde en el confortable hotel Belmar.

La SIRVIENTA del hotel entra y le entrega un coco con popote a GLENDA ROSS.

GLENDA (a la SIRVIENTA)
Gracias, linda.

La SIRVIENTA sale. GLENDA cruza, con coco en mano, el escenario; se sienta en una poltrona. Se aplica protección solar en el cuerpo. RENATA y LAURA están acostadas en poltronas. LAURA se pone de pie y mira el cuadro que pinta ÁNGELA PANNINI.

LAURA (a ÁNGELA PANNINI)
¿Puedo ver?... ¿Qué es lo que pinta?
ÁNGELA
El mar.
LAURA
El día de hoy, el mar no está como para pintarlo. Yo se lo tiraría a los perros; que lo estrujen, lo despedacen y lo devoren.
ANGELA
¿Por qué?
LAURA
No sé; hoy el mar me parece feo. Otras veces el azul es más azul. Hoy más bien parece grisverde, con manchones guindas. Como si pronosticara algo malo.
RENATA
Ya vas a empezar.
ÁNGELA
No hay mar feo. A mí todos los estados del mar me gustan.
RENATA
¿Es óleo?
ÁNGELA
Acrílico con chapopote.
LAURA
Una técnica muy audaz.
ÁNGELA
¿Usted también pinta?
LAURA
Cuando estaba en el Colegio. Según yo, era pintora. Hacía retratos de mis amigas, de lo más ingenuo, ¿sabe? Siempre de frente y con una guía de teresitas en la cabeza. Qué bueno que no me dediqué a eso. Carezco de talento.
RENATA
El arte escoge a sus adeptos.

Entra la SEÑORA PITMAN.

SEÑORA PITMAN
¡Señor Pitman, señor Pitman! Perdón, ¿alguien ha visto al señor Pitman?
EVA
No.

EVA se oculta detrás de ÁNGELA.

ÁNGELA (a EVA)
No le tengas miedo. No te hará nada.
LAURA (a la SEÑORA PITMAN)
¿Quién es el señor Pitman?
SEÑORA PITMAN (ignorándola)
¡Señor Pitman! ¡Señor Pitman!
RENATA
Mírala. Se va… (LA SEÑORA PITMAN sale) No se molestó en contestar.
LAURA
¿Cuántas veces habrá de preguntarnos por el señor Pitman?
RENATA
Ha pasado por aquí cerca de setecientas cuarenta y cinco veces.
EVA
Yo pienso que más.
LAURA
Esa mujer comienza a preocuparme. Sospecho que no debe estar bien de sus cabales.
RENATA
¿Ah, sí?
LAURA
Basta con mirarla.
RENATA
Basta con escucharla.
LAURA
¿Por qué no le prohíben la entrada? Sólo de verla se me enchina el cuero. Parece un alma en pena; véanla y díganme si no.

Entra LA SEÑORA PITMAN

SEÑORA PITMAN
¡Señor Pitman! ¡Señor Pitman!
LAURA
Cállenla, por favor…
ÁNGELA
A mí no me exaspera. Yo más bien siento compasión. Es difícil aceptar la muerte de un ser querido.
LAURA
¿Cómo?
ANGELA
La historia, por dramática, es digna de llevarse a la pantalla. Cuéntaselas, Eva.
EVA
¿Yo?... ¿Y si no la digo bien?
ÁNGELA
Sí sabrás, anda.
EVA
Sí, señora. La señora Pitman entonces contaba con treinta y cinco años de edad. Ella y el señor Pitman vinieron a pasar la luna de miel a Puerto Ventura; si luna de miel puede llamarse al único día que pasaron juntos en este paradisíaco lugar. Ese día, los dos comieron un coctel de camarones y al señor Pitman, de pronto, se le hincharon cara y panza, a la vez que la temperatura de su cuerpo ascendió de tal modo que sufrió una fuerte convulsión que lo llevó a la tumba.
ÁNGELA
Sospecho que a las damas no muy les interesa la historia.
LAURA
De ninguna manera. Continúe, por favor. A mí me encantan las historias de amores con desenlaces trágicos.
RENATA
No sólo te gusta escucharlas. También has sido protagonista de dos o tres historias con tales características.
LAURA
¿Quieres que te replique con una majadería?
RENATA
Continúe, Eva, por favor.
EVA
La señora Pitman, después de buscar a su marido a diestra y siniestra, a lo largo y ancho de la playa, no lo encontró. Corrió hacia el interior del hotel y pidió al personal que le ayudaran a encontrarlo cuanto antes. Criados, pescadores y vendedores abandonaron por un instante sus obligaciones y se entregaron a la tarea de localizar al señor Pitman. Días, noches, semanas pasaron y del señor Pitman ni sus luces. Luego… este…
ÁNGELA
Pero una aciaga mañana…
EVA
Sí. Una aciaga mañana de horizonte brumoso, el mar se estremeció y vomitó la mano izquierda del señor Pitman.
LAURA (asustada)
¡Ay!
RENATA
¿Y qué le hace pensar que era la mano del señor Pitman y no la de un náufrago?
ÁNGELA
Era la del señor Pitman, por supuesto. La sortija matrimonial en el dedo anular lo delataba.
EVA (a ÁNGELA)
Señora, esta historia no debí contarla. Siempre nos trae mala suerte. Acuérdese de la otra vez; nos dio por hablar de ella y esa noche tembló con tanta intensidad que un maremoto sepultó el obelisco de Santander.
LAURA
Yo también presiento que algo va a pasar. Y no es precisamente por su historia. ¿No ven raro el mar?
GLENDA
Disculpen que me entrometa, pero no puedo evitar atender tan extraño como fascinante relato. (A EVA) ¿Me permite hacerle una pregunta al respecto?
RENATA
¿Nos dice su nombre?
GLENDA
Glenda. Glenda Ross.
RENATA
Yo soy Renata Corinto. Ella es Laura, mi hermana.
GLENDA
Encantada.
LAURA
Ay, no. ¡Ahí viene de vuelta la señora Pitman y su búsqueda sin fin!
GLENDA (a EVA)
Y mire que tengo excelente concentración, debido a que dirijo un taller de creación literaria. Ustedes saben, mis alumnos tienen que leer sus composiciones y yo tengo que atender. El foco de atención de un tallerista no debe ser otra cosa sino lo que el alumno lee, porque al final de la lectura hay que comentar los trabajos; que si está bien escrito, que si tiene un planteamiento, desarrollo y desenlace, que si la historia pertenece al realismo o a lo fantástico. Y esta manía de escuchar con este esquemita, si ustedes quieren, no me la puedo quitar de la cabeza. No, no puedo. Pero, no vaya a molestarse con lo que va a escuchar, pero ante su historia me perdí. Sí. O mi entendimiento está sufriendo los estragos de la insolación. O…
RENATA
O son dos historias.
LAURA
¡Ahora mismo voy a exigir que le impidan la entrada a la señora Pitman o de plano tendré que hacer mis maletas! ¡No aguanto su imprudencia!
GLENDA
Son dos historias, ¿verdad? Ja, ja, ja. Claro, ja, ja, ja, dos…
RENATA
¿A dónde vas, Laura?
LAURA
A poner una queja.
RENATA
¡Te me sientas! Yo no estoy aquí para visitar tribunales.
LAURA
No voy a ningún tribunal. ¡Señorita!... ¡Cht! ¡Aquí!
RENATA
¡Tampoco llames al servicio ahorita!
LAURA
¿Por qué? ¿Qué te pasa, Renata? Suéltame. ¡Ya me senté! ¿Contenta?
GLENDA
Claro, la primera historia se refiere a la muerte provocada por la reacción alérgica. La segunda, a la del hombre que devoró la mar. Entonces, el hombre murió dos veces. Un relato fantástico. ¡Es un relato que pertenece a lo fantástico!
LAURA (a RENATA)
¿Por qué me gritas enfrente de la gente? ¿Por qué me coges del brazo como si quisieras rompérmelo, eh?
GLENDA
Y otra cosa: ¿de dónde extrajo la historia del ahogado? Suena… suena como a anécdota de novela inglesa. Escrita por Elizabeth Taylor.
RENATA
Elizabeth Taylor es actriz, amiguita.
GLENDA
Existe una escritora llamada Elizabeth Taylor, por si no lo sabe.
LAURA (burlándose de RENATA)
Ja, ja, ja, ja…
EVA
Esta fue la historia de la señora y el señor Pitman. Gracias.
LAURA (a EVA)
Fíjese que yo también soy alérgica a los frutos del mar. Cada vez que los como se me dificulta conectar un pensamiento con otro.
RENATA
Quieres decir que te acabas de comer un ostión.
ÁNGELA
Qué extraño; yo sé que generalmente da urticaria.
RENATA
Lo de Laura es urticaria cerebral.
LAURA
Babosa.

¿Y QUÉ FUE DE BONITA MALACÓN?, fragmento de novela.

MAYA Y ESTHER ANDRACA


— Yo fui amiga de la mamá de Bonita Malacón cuando éramos muchachas. Es más, y no es que me quiera hacer la muy importante, pero yo presenté a Janda con Ezequiel Malacón en un baile de Navidad, en el salón del H. Ayuntamiento. Esa misma noche se conocieron y se hicieron novios, duraron ocho meses de noviazgo y… se casaron. Fue cosa nomás que se pusiera uno frente al otro para que cayeran enamorados. Como de película. Quién lo iba a creer: sin mí, óyelo bien, Bonita no hubiera nacido ni hubiéramos tenido una Belleza Internacional.
— Ora resulta.
— Por eso lo advertí, Esther: no es que me las quiera dar de muy muy, pero si no los presento, Bonita no nace. Así de sencillo.
— Bueno, pues sí.
— Después que Janda se casó, ella y yo continuamos nuestra amistad.
— Sí, me acuerdo.
— Nos pasábamos todas las tardes juntas, platicando de sonsera y media. Chismes del pueblo porque, ¿de qué otra cosa se va a hablar aquí?: que si Fulanita salió embarazada, que si Zutano tenía querida en El Carrizal, que si en la boda de Perengana habían dado la comida aceda, que si/
— El joven nos vino a preguntar por la vida de Bonita, no la de la mamá. Mucho menos de la tuya, Maya.
— ¡Ay, pero si también la historia de Alejandra forma parte de la historia de Bonita! ¡Ella le dio la vida! ¿No, joven?... ¿Ya ves, Esther? Tú ayudarás mucho si te mantienes con el pico cerrado. Cada vez que hablas es para interrumpir a lo tonto; no aportas nada.
— Ya, pues.
— Decía entonces que… Oye, muchacho, ¿no está muy fuerte ese reflector? Me irrita los ojos.
— Si lo apaga no vas a salir bien en la televisión.
— Qué problema. Bueno, pues a ver qué tanto aguanto; si no, hasta donde se pueda. Decía que yo era la única amiga de Janda.
— Yo también fui su amiga.
— Y esa amistad me hacía mucho bien. En este pueblo infernal, con muy poca gente se puede conversar como es debido. Con Janda hicimos muy buena mancuerna; en todo nos entendíamos a las mil maravillas. Fíjate cómo estábamos de compenetradas que llegamos a inventar un idioma para que nadie se enterara de lo que hablábamos. Al idioma este le llamamos “igui-igui”, porque al final de cada sílaba le pegábamos el sonido “gui”. Te voy a explicar: si decíamos “hola”, había que decirlo así: “Hogui lagui.” “Hogui lagui, ¿cogui mogui eguis taguis?” Estábamos locas de la cabeza. No sólo nos traía diversión hablar en “igui-igui”, también nos trajo una desgracia: por culpa de esta lengua me echaron de la casa de Janda. Es que no nos medimos. En una ocasión, delante de Ezequiel se nos ocurrió hablar en nuestro idioma, y orita no me acuerdo qué cosa dijimos, pero nos dio una risa que no podíamos parar. Y Ezequiel, como no comprendía, creyó que nos estábamos burlando de él y… pues me echó de su casa. “En mi casa no te vas a burlar de mí. Así que ahuecando el ala.” Y me fui.
— Y por celos. Ezequiel te tenía celos.
— Sí, por celos.
— Ezequiel creía que Janda y tú tenían más que una inocente amistad.
— Esther…
— Eran mentiras.
— Sí eran mentiras. Los celos son una cosa que alteran la visión y el oído de quien los padece. De modo que la persona celosa muchas veces pasa por loquito, porque percibe el mundo como nadie lo percibe. Ezequiel me atribuyó cosas que nada tenían que ver conmigo; dijo que yo tramaba romper su matrimonio para que Janda tuviera sólo atenciones para mí. ¡Por favor! Si yo los presenté, caray. Pero, bueno, ya dije, los celos son una enfermedad. Al principio fue diferente, los tres nos llevábamos muy bien. Inclusive, a él le hacían gracia las anécdotas que yo les platicaba de mi trabajo.
— Pero di cuál era tu trabajo.
— Yo tenía la concesión de la cervecería de la Corona y en ese tiempo, salía en mi camioneta a repartir la mercancía. Entonces ya te imaginarás todas las cosas chuscas que vi y escuché; se las refería a ellos y se botaban de la risa. Creo que me volví su diversión. Incluso, yo les regalaba cortesías para que entraran sin pagar en las variedades que traía la Corona. La niña Bonita tenía como diez meses de edad cuando le empezaron sus celos a Ezequiel. ¡Tampoco me permitía que abrazara a la niña! Dijo que a la mejor se iba a acostumbrar a mis brazos y eso no era bueno. De plano, una vez que me dice: “Tú no puedes rivalizar conmigo, Maya. A Janda jamás le darás lo que yo sí puedo darle.” “¿Qué quieres decir Ezequiel?”, le pregunté. Y el tonto que dice: “!Te quiero decir que abandones las intenciones de conquistar a mi mujer! ¿No entiendes?” Mira, yo estuve a punto de lanzarle un golpe, pero me arrepentí. Qué caso tenía dejarle un marido inválido a Janda. Nomás le dije: “Estás mal, Ezequiel. Estás mal.” Y allí fue cuando me dijo: “Así que pinta tu calavera.”
— ¿O Ezequiel no estaría enamorado de ti, Maya?
— ¡Cómo crees!
— Digo.
— Él estaba enamorado de Janda. No inventes, por favor. Nomás quería que su mujer tuviera atenciones para él y para nadie más. Le molestaba que yo u otro se acercara a ella. Se puso mal de la cabeza. Así son los celos: uno ve moros con tranchetes.
— Di, pues, que Janda era simpática de cara y cuerpo; si no, no se entenderán los celos de su marido.
— Ah, sí, claro. Además, dueña de una personalidad impactante. Yo pienso, fíjate, que Janda era mucho más bonita que Bonita. Valga la redundancia.
— Cuenta lo de la filmación en Omitlán.
— Qué bueno que me lo recuerdas. Cuando vinieron a filmar “Río de pasiones”, aquí en el río Omitlán, los productores, mientras comían en el restaurán “Perlita”, vieron pasar a Janda. Ella todavía no se casaba. Y, pues, quedaron prendados de la muchacha. Ni tardos ni perezosos corrieron a casa de mi amiga a ofrecerle no sé qué tantas ofertas de trabajo en el cine. Pero su padre se sintió ofendido cuando escuchó el interés de los productores por ella. Les dijo a los hombres que esa no era vida para una señorita como Janda. “Así que se me van a enchinchar a otro lugar”, les dijo.
— Pero menciona la grosería que dijo el papá de Janda a los productores.
— “No quiero putas en mi familia.”
— Ji, ji, ji. ji.
— El señor estaba convencido de que el cine era un gran burdel. Y, pues, no la dejó ser artista.
— A mí me consta que Abel Salazar, el actor de esa misma película, cuando vio a Janda, la quijada se le cayó al suelo de la impresión. ¡Yo lo miré con estos ojos! Él estaba estudiando unas hojas, sentado en el mismo restaurán, cuando vio a Janda que cruzaba la calle.
— Yolanda Varela, compañera de película de Abel Salazar, no era tan bonita como mi amiga Janda.
— Tienes razón, Maya. Janda es la causa de la belleza de Bonita.
— Ay, pero qué lindo bebé fue Bonita. Cómo me gustaba cargarla y hacerle travesuras. “Yo voy a ser su madrina, ¿eh, Janda?”, le propuse antes de que a Ezequiel se le metiera el chamuco. Y los dos estuvieron de acuerdo con que fuéramos compadres. Pero el sacerdote se opuso, que porque yo no estaba casada. ¡Odié a ese padre y a toda la bola de santitos de la iglesia!
— No blasfemes. El padre Paco se negó, no porque fueras soltera, sino por todos los chismes que se decían de ti. Por esa misma época te peleaste a trancazos con Aníbal Cué porque te gritó “machorra” en una procesión de Semana Santa. De la golpiza le vino una embolia.
— ¡La embolia le vino porque era un borrachales! ¿A quién, dime tú, se le ocurre ir a una procesión en estado de embriaguez y bajo el sol de abril? Yo nomás le di un cuatepín. Insolación y borrachera, imagínate. Claro que el hombre cae al suelo, no por el golpe, más bien por lo borracho, le da una embolia y todos dicen: “Maya se la provocó.”
— Y el padre, igual pensó que tú lo habías amolado. Por eso te negó el madrinazgo de Bonita.
— Pues de a tiro tan sonso el padre, que no se informó bien cómo estuvo el asunto. Tampoco me iba yo a dejar que me llamara “machorra” aquel teporocho. ¿Por qué razón, si yo me doy a respetar?
— Eras muy atrabancada.
— Esto lo vas a cortar, ¿verdad, joven? Conste. Y tú, Esther, mejor fueras por mis gotas; ya no aguanto mis ojos. Te decía que… ¡Pero anda, ve, están sobre la repisa!... Entonces, me dice Janda: “No serás la madrina, pero nos podemos decir comadres.” “Uy, no, así de chismito no me gusta; ni que fuéramos escuinclas para andar jugando a las comadritas”, le dije. Y a mí me dio tanto coraje, tanto sentimiento esa afrenta que no asistí a la fiesta de bautizo. Los padrinos fueron Juan y Chica Pino. Esa tarde me la pasé encamada, llore y llore. No obstante me quedaba un consuelo: le puso el nombre que yo le sugerí: Bonita… ¿Cómo dices?... ¡Pues porque estaba Bonita la chamaca! Esa era la única razón. Fíjate, si no meto mi cuchara, su nombre hubiera sido Carmen.
— Pero cuéntale de dónde sacaste el nombre.
— Ya dije: porque estaba bonita. ¿Y mis gotas?
— Ya voy, pero cuéntale lo de los gringos.
— Ah, sí. El nombre de Bonita lo escuché en la tienda Novedades Nancy, la vez que fui a comprar una faja para uno de mis chalanes. Al mismo tiempo, entró un grupo de gringos; y una gringa pecosa, que hablaba español como Dios le daba a entender, le decía a don Arturo que quería un “ponchou”. Y, pues, andaba errada la mujer porque aquí con tremendos calorones nadie usa ponchos ni mañanitas. El grupo de gringos ya había salido de la tienda; menos la gringa, terca que quería su “ponchou”. Entonces, un gringo negro de cabello pochunco, le gritó a la gringa, desde la calle: “¡Bonita, come here!”, que en español quiere decir: “Bonita, ya vente para acá.”
— No hay necesidad de que traduzcas. De seguro el joven sabe más inglés que tú.
— Y la gringa, necia que su “ponchou”. Y el gringo prieto: “¡Bonita, que te vengas!” La gringa se resignó y salió a reunirse con sus paisanos. Yo me quedé pensando: “Es curioso que siendo gringa y fea se llame Bonita.” Desde entonces se me quedó grabado el nombre. Ya cuando nació la hija de Janda, me dije: “A ésta sí le iría bien el nombre de Bonita y Bonita será.”
— Aunque el nombre de Carmen no le hubiera ido tan mal a la chamaca. También es un nombre simpático.
— Pero nada como Bonita. Ella nació para ese nombre.
— Eso sí.