Este miércoles 4 de noviembre es la presentación del libro Las pausas concretas, de Roberto Ramírez Bravo en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes.Presentan: Yuri Herrera, José Dimayuga y el autor.
No Faltes.
Aquí encontrarás fragmentos de obras de teatro, narrativa, artículos, imágenes y otras chucherías del dramaturgo JOSÉ DIMAYUGA. Si te interesa algún texto, comunícate al Cel. 044 55 28 59 34 16. O escribe a josedimayuga@hotmail.com y dimayuga.jose@gmail.com
Miedo también sentí cuando se corrió el rumor de que había un vampiro suelto y a algunos vecinos del pueblo les dio por colgar crucifijos y manojos de ajos en el marco de sus puertas para ahuyentar el mal. A mí me dio por dormir con un paliacate enredado en el cuello para pedir auxilio cuando el vampiro lo desatase con el propósito de asestarme la fatal mordida. Miedo tuve cuando en la escuela se rumoró que estaban por llegar unas monjitas que inyectaban a los niños para mandarlos al otro barrio. Miedo cuando escuchaba decir que el mundo se iba a acabar y yo me imaginaba que el cielo se abría al sonido de las trompetas que anunciaban la llegada de Dios. Entonces, yo corría hacia mi mamá y, angustiadísimo, le preguntaba si era verdad o no ese rumor. Y ella decía que no hiciera caso de esas patrañas, pues el mundo jamás se acabaría, “lo que se acaba, explicaba ella, es la vida de cada ser humano.” Eso me devolvía la tranquilidad y la confianza al cuerpo.
Ora que se acerca el día de muertos, me acordé de dos miedos grandes que tuve en la infancia a causa de ese otro mundo desconocido, el mundo de los muertos y chaneques.
Los fantasmas no me asustan; quizá porque desde chiquito mi mamá me decía que más miedo hay que tenerles a los vivos que a los muertos. He visto muchos, en casa propia y en la ajena. No es que me las quiera dar de médium, ni mucho menos fabricarme un aura de misterio, para nada; pero quiero que sepan que apenas entro a una casa e inmediatamente sé si está poblada de ellos o no. Y en el depa de Corina y Paquita no hay fantasmas; fue lo que a ellas les dije. Estas dos amigas se acaban de instalar y dicen que perciben una vibra rara. No contentas con mi conclusión, le exigieron a Ximena, su vecina, que les contara la historia de horror que tenía el departamento que acababan de ocupar y en el que nos encontrábamos comiendo unos ricos chiles en nogada que cocinó Corina. Ximena dijo: “¿Cuál historia de horror? Más bien es una historia bastante repulsiva, pero se las contaré después que nos acabemos de comer estos maravillosos chiles.” “Aquí mataron a alguien, ¿verdad?” Preguntó Paquita. “Tampoco”, contestó Ximena. Corina dijo que sospechaba que había un fantasma, puesto que en el depa de Juan Manuel y Güicho, que se encuentra arriba del que estábamos, había uno. “En efecto, había uno”, dije “y a mí me consta, porque lo vi.” Y como mostraran interés de más, les referí la siguiente historia:
Para Angelina Martín del Campo
Soy un ingenuo. Soy de las personas que se cree a pie juntillas todo lo que le aseguran de palabra o por escrito. Si alguno me dice “Te quiero”, soy capaz de dar las nalgas por ese alguien. Si otro afirma que me brinda su amistad, ya me siento querido. Así pues, si el Facebook asegura que tengo 210 “amigos” me lo creo; pienso que eso me da autoridad para saludar a mis amigos facebookeros cada vez que me los topo y estoy creído que me contestarán con entusiasmo, pues siempre da gusto encontrarse a un cuate, ¿verdad? Mas no es así. Me ha pasado que cuando los saludo, me tuercen la boca y la cara cual almeja con un chorrito de limón. Un ejemplo: hace un mes, en El Marrakech , saludé a Equis, no es su nombre este pero así lo mencionaré para evitar problemas. Le dije: “Hola Equis, tú y yo somos amigos.” Equis me miró de pies a cabeza, y dijo: “No lo sé.” Dio media vuelta, y se retiró con cara de susto. Me sentí tan mal que tuve la idea de, en cuanto llegara a casa, eliminarlo de mis “amigos”. Pero al conectarme al Face, encontré un recadito cariñoso de Equis que decía: “Efectivamente, somos amigos del face. Je. Un abrazo.”