El miedo del vampiro

Para Angelina Martín del Campo
Hace treinta años, entré a una librería que se encontraba en la glorieta del metro Insurgentes. En un estante, atiborrado de libros, vi El Vampiro de la colonia Roma. “¿Será que hay vampiros en la colonia Roma?”, pensé. Lo agarré, lo abrí y descubrí que la prosa no tenía puntuación; leí dos páginas al azar y me enganchó; me enganchó lo sabroso del lenguaje del personaje principal, Adonis García; de tal modo que fui a casa por dinero, regresé a la librería para comprarlo y hacer de El Vampiro mi lectura de vacaciones invernales.
El libro lo comencé a leer en el interior del camión Estrella de Oro; y pude haberlo terminado en el trayecto a Tierra Colorada, pero mi pudor me lo impidió. Más bien me sentí paranoico; sobre todo cuando leí las escenas candentes, aquellas en las que Adonis García comienza a coger con personajes de su mismo sexo; temí que mis vecinos de viaje se dieran cuenta de lo que estaba leyendo. Cerré de sopetón el libro. “Ah, caray. No pensé que el libro fuera así.” Reanudé la lectura cuando me encontré solo en mi recámara de Tierra Colorada. Sin embargo, al retomarla, descubrí que mi gozo era tanto que volví a cerrarlo; no quería que se acabaran las aventuras de Adonis García.
No me despegué en ningún momento del libro. Lo traía bajo el brazo a lo largo y ancho de la casa; bajaba a la tienda de mis padres, y allí me ponía a leerlo siempre y cuando no hubiera clientela, o que mi papá y mi mamá estuvieran cerca. No me fueran a regañar o qué sé yo. Recuerdo que Juan Carlos Villamares, un amigo del pueblo, entró a la tienda a saludarme. Platicamos un rato. Y, en un momento que me alejé para atender a un cliente, tomó el libro que dejé sobre el mostrador y leyó unas páginas al azar. Cuando me reuní con él, dijo: “¡Ah, pillín, no sabía que te gustara leer estas cosas!” Yo me puse rojo. No hablamos del asunto. Me sentí como si me hubiera sorprendido en un acto ilícito.
***
Al finalizar cada capítulo, que el autor titula como “cintas”, yo cerraba el libro para ver la foto de Luis Zapata que aparecía en la contraportada. Su imagen era la de un chavo con chamarra negra, cabellos largos y de una fisonomía extraña, de ojos claros y burlones que casaban muy bien con unos labios que esbozaban una sonrisa igualmente burlona. El autor estaba entre un paredón de ladrillos y una tabla de madera que se me antojó la tapa de un ataúd. Parecía un vampiro que sale de su escondite y espera a que pase su víctima para asestarle el colmillo. Yo miraba y remiraba la foto y me hacía muchas preguntas, tales como: “¿Será que Zapata es el mismísimo vampiro de la colonia Roma?” “¿Será, pues, que la novela es autobiográfica?” “¿De dónde salió este autor cuyo libro me daba gusto y susto?” “¿Será que Zapata es pariente de mi vecina Licha Zapata, la que vende las mejores paletas de cacahuate de mi pueblo?” A lo mejor y sí; porque en una de las pestañas del libro decía que Luis nació en Chilpancingo. “¿Y cómo es que nunca me lo había topado con lo cerca que está mi pueblo de su pueblo?” ¡Y que me lo voy topando! Sí. Me encontré al mismísimo Luis.
El encuentro se dio de esta manera: En 1980, era febrero o marzo, asistí a una batucada brasileña en el edificio del Club de periodistas, en la ciudad de México. El patio estaba repleto de jóvenes que brincaban como poseídos al ritmo de una samba. Entre la multitud vi, a mi lado, a Luis Zapata. Estaba de pie a mi izquierda, traía la misma chamarra con que aparecía en el libro, y observaba, con cigarro en mano, a los danzantes. Me dirigí a él. Con cierto temor, le dije: “Tú eres Luis Zapata, ¿verdad?” Me miró con desconfianza, y dijo: “Sí.” Le dije: “Leí tu libro; me gustó mucho. Este… Eres de Chilpancingo, ¿verdad? Yo… Yo soy de Tierra Colorada.” Él, ahora sin regresarme a ver, sólo dijo: “Ah, qué bien. Nos vemos.” Y se fue, dejándome en medio de la algarabía de la gente y el ruidazal de los tambores. Ése fue el diálogo entre el escritor y su lector. Diez años después, cuando ya éramos cuates, le reclamé que por qué había sido tan grosero con su fan. Él dijo: “Ay, Chacho, es que no sabes el gripón que traía. Además, el éxito de El Vampiro no creas que me hacía gracia. Tenía miedo de que me fueran a agredir.” Y Luis tenía razón. Hubo librerías que vetaron la venta de El Vampiro por “pornográfico”. Un sacerdote de no sé qué pueblo lo mandó a quemar. Algunos escritores famosos, secundados por críticos literarios, aseguraban que El Vampiro de la colonia Roma no era literatura. Con esto, de seguro Luis se imaginaba que un loco representante del orden y las buenas costumbres lo treparía al cadalso.

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“Tenía miedo de que me fueran a agredir”, había dicho Luis. Adonis García también temía que lo fueran a golpear. Todos los gays de entonces temíamos a ser agredidos. Escuchemos una cita de Adonis cuando habla de este temor.
“Íbamos en un coche como nueve cuates puros cuates de ambiente por la calzada de tlalpan veníamos de allá para acá voladísimos y yo me empecé a sentir muy nervioso o sea primero porque íbamos puros cuates de ambiente porque dos de ellos gayos deshinibidos venían abrazándose y besándose en plena calzada de Tlalpan (…) y yo como por maldición dije pensé ‘¿y si de repente nos agarra la tira? que nos viera una patrulla y nos empezara a seguir (…) y que nos detuvieran que se nos cerraran y nos detuvieran y nos preguntaran que por qué íbamos a esa velocidad y tantos monos en el coche y los chavos esos ahí abrazándose y que entonces sospecharan y dijeran ‘¡ah! conque son puros muchachitos’ ‘y de ambiente jefe’ diría el otro porque ya ves que siempre andan como los huevos de dos en dos (…) y que nos dijeran que nos bajáramos y nos empezaran a golpear”

Los gay en los años setenta alucinábamos mucho a la policía; a la policía de uniforme o disfrazada de compañero de trabajo, de padre de familia o vecino. Y no era casual. Había razzias en las fiestas, castigos en casa, risitas de escarnio en el trabajo. Dentro de este contexto de agresión permanente, alguien que escribiera desinhibida y alegremente sobre la sexualidad gay, pues podría ganarse, mínimo, algún comentario violento. Afortunadamente, a Luis nunca se le presentó la tira ni algún loco le lanzó la primera piedra. Con miedo y todo, posicionó, en la literatura mexicana, al personaje homosexual que practica su sexualidad con desparpajo y gozo. Un homosexual sin sentimiento de culpa ni pecado, un personaje que desenmascaraba la doble moral de la sociedad machina de los setenta. Además, con la novela, Luis se nos reveló como un escritor que asumía la literatura como un acto rebelde, arrojado, ganoso de sacudir los contenidos y formas que hasta entonces predominaban.
Los que conocemos a Luis Zapata, nos sabemos de sobra la lista larga de sus fobias. Una de ellas son: a las alturas, a los aviones, las películas de horror, los ratones, me imagino que a los murciélagos también, puesto que son como ratoncitos con alas, a los temblores y a los vampiros del cine; miedo a publicar sus libros, al reconocimiento, etcétera. Pero, paradójicamente, ha sido de una valentía digna de aplauso.
Acaso el miedo es el disfraz del guerrero.

3 comentarios:

SAN PETER dijo...

Acabo de leer tu texto sobre el vampiro. Muy personal y muy bueno. Me reî en algunos momentos. Pues fijate que yo tenia la impresion de que el vampiro no habîa provocado ningun tipo de reaccion negativa. De eso no da cuenta la critica contemporanea al respecto. No sabia que un cura lo mandô quemar y que algunas librerias lo quitaron de la venta. Se me hacia raro que tuviera de inmediato una recepcion pacifica.
Besos.
antoine

Mario Saucedo dijo...

excelente texto sobre la novela de zapata y el miedo que aún persiste entre gays a los polis de moral machín.

José Dimayuga dijo...

Gracias por leer el post y por sus comentarios. Les mando un abrazo.