Celebran los 30 años de El Vampiro de la colonia Roma, del guerrerense Luis Zapata

¡Feliz cumpleaños Vampiro! es el título de la mesa redonda que Quimera Ediciones organizará el 27 de abril en conmemoración de los 30 años de la obra del escritor guerrerense Luis Zapata, El Vampiro de la colonia Roma, festejos que iniciaron en la pasada edición de la Feria del Palacio de Minería y que concluirían durante la tercera edición del Festival de Cine Lésbico gay en Acapulco. El acto se realizará en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM a las 17 horas, el mismo día del cumpleaños de Luis Zapata, y en ella participarán Michael Schuessler, José Dimayuga, Nicolás Ruiz, Eduardo Bush y Luis Zapata quienes serán moderados por Angelina Martín del Campo.
Entrevistado ayer por la tarde, el editor Sergio Téllez-Pon explicó que el ciclo de conferencias en torno a la primera edición de El Vampiro de la colonia Roma tuvo su primera fase en la Feria del Palacio de Minería y abordaron la temática de los posibles nuevos lectores interesados en la obra, pues buscan la validez y la trascendencia del libro con los jóvenes. Agregó que el libro es un clásico de la literatura gay mexicana que es considerado un parteaguas no sólo por la técnica utilizada por Zapata, sino porque representó una identificación para muchos homosexuales que en ese momento realizaron las primeras manifestaciones y consolidación de los derechos y libertad sexual. Expresó que la novela se ha refrendado por la identificación de varias generaciones de lectores y que ha ayudado a que los gay se decidan y “salgan del clóset”. “Desde antes de leer el libro, hace apenas 5 años, he escuchado historias como la de un amante que leía pasajes del texto para definirse, para identificarse y asumir un estilo de vida”, narró Téllez-Pon. Ponderó las virtudes literarias del libro e hizo hincapié en el transgresor lenguaje que utilizó su autor, en un estilo literario que ya es identificable. “Hay toda una estética de la obra de Luis que se refleja en esa obra. No dejo de saber, por las personas que me rodean, qué es lo que el texto ha hecho por esas personas”, sostuvo. Comentó que durante la lectura que se hizo en la Feria del Palacio de Minería, Luis Zapata se dijo sorprendido de que hayan pasado 30 años. Dijo que no existe un género dentro de la literatura denominado “gay”. Añadió que la literatura es una, sin adjetivos, aunque no descartó una separación entre los lectores. “Entre los lectores existen ciertos textos que va adoptando como suyos. La literatura femenina, por ejemplo, hay ciertas obras que se identifican con grupos de mujeres principalmente. Hay algo en esas propuestas que hace que las mujeres se sientan más cercanas, hay características, rasgos, descripciones que tal vez ellas puedan reconocer y generar afinidad”, ejemplificó. Sin embargo, reiteró, eso no delimita la combinación con otros géneros literarios.
–¿Qué diferencia al autor de El vampiro de la colonia Roma con el coautor de Triple función, cuando ya han transcurrido 30 años? ¿Cuál es tu opinión como editor? Se le preguntó.
–La obra de Luis es diversa y versátil. Es un gran escritor. Sabe bien lo que está haciendo, conoce el español, que es la materia prima del escritor y como lo conoce, sabe cómo transgredirlo. No tiene miedo en utilizar distintos estilos, recursos, niveles del lenguaje y cada libro es diferente. En Jirones, Melodrama, Triple Función, cada uno es diferente, eso muestra la versatilidad de Luis tanto en la lengua como en el plano estilístico. En la lectura de la Feria del Palacio de Minería participaron Nicolás Ruiz, joven lector que expresó sus puntos de visa, el propio Téllez-Pon y Eduardo Bush, quien leyó el texto en inglés. Finalmente, Téllez-Pon adelantó que el ciclo de conferencias en torno a la edición publicada por Grijalbo podría cerrarse durante la tercera edición del Festival de Cine Lésbico Gay. La tercera conferencia se realizará el 4 de junio en el palacio de Bellas Artes, participará José Joaquín Blanco y José Agustín, además de Luis Zapata. Habrá un actor que hará una lectura dramatizada de algunos pasajes del libro. (Por Karla Galarce, tomado de El Sur)

Mi Santo y seña

Nunca me festejo cuando cumplo años. Será que no me celebro por costumbre. De chamaco, en mi casa les hacían fiestas a mis hermanas, a mis hermanos, pero a mí, jamás. ¿La razón? Nací un 19 de marzo, día de San José. Y San José es el santo patrón del pueblo de mi mamá: Las Mesas, Guerrero; muy cerca de Tierra Colorada, mi pueblo. Así que mi mamá, como buena devota del Santo y de su terruño, cada vez que era 19 de marzo, ella y sus hijos agarraban su maletita y nos íbamos a la fiesta de Las Mesas. Cuando llegábamos allá, todos polvosos porque la carretera era de terracería, lo primero que hacíamos era visitar la pequeña iglesia a saludar a San José. Luego, nos íbamos a casa de los abuelos a saludarlos, así como a mis tías, tíos y primos. Y aprovechando que andaba yo por allí, pues me felicitaban. Pero nada de pastel, nel; y de regalos, mucho menos. Un 19 de marzo, recuerdo que mi mamá y doña Susana me disfrazaron de San José y me treparon a una camioneta con hartos tules y chamaquitas disfrazadas de ángeles. El carro alegórico se metió por calles y callejones de Las Mesas seguido por la música de viento. Yo sentía pena cada vez que veía a algunos señores o señoras ponerse de rodillas ante el carro y se santiguaban. Tenía ganas de gritarles: “¡Oigan, yo no soy San José!” Después de ese recorrido, le pregunté a mi mamá por qué me habían metido en esa túnica de satín y puesto un muñeco en brazos. Ella dijo que había hecho una manda, pero nunca me dijo qué manda. Éste es el único evento importante que sucedió en mi infancia cuando cumplí años; día en el cual se festejaba no a mí, sino a San José. San José siempre me hizo sombra; fui la comparsa o remedo en su fiesta.
Se dice que la costumbre de llamar Pepe a los José viene de tiempos antiguos. Se escribía PP en las imágenes de San José, para indicar que él no era el padre biológico de Jesús, sino el Padre Putativo. Asimismo, cada vez que se leía un fragmento de un evangelio se añadían las iniciales PP, de allí que los José llegaron a ser Pepe. Aunque otros afirman que Giuseppe, José en italiano, dio origen al Pepe o Pepino (¡qué chinga!); o Pino, el equivalente a Pepe en italiano. Sea cual fuere el origen de Pepe a mi me parecía espantoso. Ñoñísimo. Afortunadamente, en mi casa siempre me llamaron José; jamás usaron el abominable Pepe. Si alguien, queriéndose pasar el simpático, me llamaba Pepe, yo lo ignoraba, me volvía sordo. Y por si no fuera suficiente el Pepe para incomodar a un José, la gente también me llamó: Juisé, Jochechi, Cochechi, Cheché, Chepe. Y a todos los aborrecí con igual esmero. Una vez que visitaba a mi amiguito Jando Plata, me abrió la puerta su madre quien, al verme, me dijo: “Pásate, Chepelín”. Yo sentí un cubetazo de agua fría. Y pienso que mi amiguito también sintió algo similar cuando escuchó a su madre, pues al punto, con vocecita grave la paró en seco: “¡Su nombre es José! No le llames Chepelín.” Santo remedio; jamás volví a escuchar el Chepelín. Mi cariño por Jando aumentó. Pero no toda la vida fui alérgico a los sobrenombres. El Pepe lo integré a mi vida cuando llegué al CCH. Entonces gozaba de cierta popularidad entre mis amigas. Ellas me mimaban mucho y me llamaban Pepe. Años más tarde, Arturo Viveros, quien ya pasó a mejor vida, me apodó Pepe Di, el Di como apócope de mi apellido: Dimayuga. Y es así como me llaman mis amigos más cercanos, un tanto de cariño y un tanto en chunga que he llegado a asimilar sin tanto pedo.
Pero mi nombre es José; así es como más a gusto me siento.

Otelo al betún

Acababa yo de llegar de Palma Gorda cuando sonó el teléfono: era Sergio; me invitaba al teatro, a la función de prensa de la obra Otelo, de Shakespeare, bajo la dirección de Claudia Ríos. Me comí dos mangos y me fui al Centro Cultural Universitario con Sergio. Un trafical en Insurgentes nos hizo llegar a las 7:15 de la noche: la función ya había comenzado. Nos sentamos en la parte de arriba. El escenario estaba pelón: no muebles, ni objeto alguno que apoyara a los actores; a izquierda, derecha y al fondo del escenario sólo se levantaban mamparas patinadas que de tanto en tanto se abrían las del fondo para vislumbrar un paisaje harto nebuloso, gris triste. Sergio y yo llegamos cuando el papá de Desdémona (Ana de la Reguera) reniega de ella porque se enamoró de un moro, Otelo, interpretado por Hernán Mendoza que, en un principio, no lo reconocí porque se veía prieto debido al betún que le untaron antes de entrar a escena. Desdémona, pequeñita de estatura pero de altas decisiones, resuelve juntarse con el moreno porque lo ama. ¡Ay, pero cómo es la gente de envidiosa, porque apenas ve que a alguien le va bien y comienza a ponerle piedrotas en el camino para que tropiece! Yago (Carlos Corona) comienza a meterle malos pensamientos a Otelo; le dice que Desdémona le pone el cuerno con Casio. Otelo no da crédito. Y Yago, terco que sí; y consigue muestras palpables: el famoso pañito de Desdémona. A Otelo le da tanta rabia que el betún de la cara, a la altura del segundo acto, se le derritió. Pero ni falta hacía el betún porque a esas alturas yo estaba convencido de que no era Hernán Mendoza al que tenía enfrente, sino al mismísimo Otelo con sus negras intenciones. Así, pues, después de mesarse las mechas, encerrado en el infierno de sus celos y de las mamparas del escenario, el Moro urde la forma para solventar su fama que hiciera pedazos una mala mujer, según él. Y Desdémona, con argumentos suplicantes le dice a Otelo que eso es falso, que ella es una mujer honesta y sólo ama a él. También Emilia (Cecilia Suárez) quiere disuadirlo de esas ideas, pero lo único que gana es que le digan “puta, vete de aquí”. A Otelo ya no lo calienta ni el sol, porque “los celos son un monstruo” que lo han poseído y lo conducirán a su malévolo plan: Desdémona sucumbe ante el apretón de pescuezo que le da su furioso marido. La pobre paga una falta que nunca cometió. Y uno acaba emocionado y agradecido por el trabajo excelente de Cecilia, Ana y Hernán.
A cuatro siglos de distancia Otelo nos sigue provocando pavor y atracción; y no por la maldad que vemos en escena, sino por la maldad que proyectamos en ella. William Shakespeare, bien dijo Chesterton, nos describió a nosotros.

AMOR A LOS LIBROS

Hace un par de días mi amiga Yolanda me planteaba su gran congoja: no sabía qué hacer con unos libros que ya había leído, le estorbaban y no quería arrojarlos a la basura. "¿Los dono a una biblioteca?", preguntó. Le dije que esa no era la mejor opción, pues alguna vez conocí la bodega de una biblioteca con muchos libros apilados y en un estado que daban pena nomás de verlos. La bibliotecaria, de muy mal modo, me explicó que no tenían personal para que clasificara los volúmenes. "¿Se los regalo a Uriel para que los venda en su librería?", preguntó Yolanda. "¡Menos!, le dije, Uriel ya va a cerrar su librería." "¿Y qué va a hacer con tanto libro?" "Eso menos lo sé, Yola." Lo que son las cosas: hoy recibí un mensaje de Israel Pintor en el cual me incluye una convocatoria que mucho gusto le dará a Yolanda cuando la lea. Sus libros también se estremecerán de contento. Léanla, y digan si no.

FUNDACIÓN ISRAEL PINTOR PARA LIBROS DESAMPARADOS


Un libro tiene derecho a permanecer en un librero, a ser leído, a no estorbar y hacer polvo en los resquicios de una casa o las cajas del diván, a convivir con otros de su tipo, a no ser usado para nivelar una mesa o mantener abierta una puerta, a sentir cómo unas manos hojean sus páginas, a ser olfateado, a que su papel se ponga amarillito como señal inequívoca de la inquietante senectud y no sufrir el peligro de desintegración, a contener un separador, unas lágrimas, o tal vez los pétalos secos de una rosa marchita; por qué no: los tildes de un dedazo o las notas al margen de un lector. Merece también la oportunidad de ser firmado por su autor y presumido como un gran tesoro, así como recibir atención, cariñitos y mucho amor.
Un libro sueña con provocar la felicidad de sus lectores, desea con vehemencia traducir una inquietud en el más plañidero de los deseos insolutos, y a veces, sólo a veces, logra responder preguntas específicas, aunque tenga claro que no fue creado para eso. Un libro ignorado, tal vez el mismo que ahora lo mira arrumbado desde el suelo o aquél revuelto en el cajón de la mesita de noche, anhela una vida mejor.
La Fundación Israel Pintor para libros desamparados, preocupada por el mejoramiento de las circunstancias de todo libro, anuncia la apertura de sus puertas y el recibimiento inmediato de todo candidato que cubra los siguientes requisitos:
· Ser libro.
· Estar en desamparo.
Esta fundación está consciente del grave peligro al que están expuestos los libros: sabemos de mutilaciones, rasgaduras, uso de páginas como instrumentos de emergencia para la de higiene personal o merma para recados y todo tipo de monstruosas ejecuciones. Por eso, da cabida a TODO tipo de libro olvidado, sin importar tema, tamaño, color, editorial, autor o cualquier otra distinción. La fundación pretende utilizar esta política antidiscriminación como estandarte para impulsar el activismo cultural “pro libros sanos” y, refrendar de esta manera, su compromiso con todos los libros del mundo en condiciones terribles.
Para responder a esta convocatoria, todo dueño de un libro en desamparo habrá de remitir un correo electrónico a la siguiente dirección: free_isra@yahoo.com.mx, dirigido al director de la fundación (Israel Pintor, por supuesto), delineando apenas en un renglón, el motivo de su deseo por relegar la custodia de su o sus libros a esta institución de beneficencia.http://israelpintor.wordpress.com/fundacion-israel-pintor-para-libros-desamparados/

El cubano Pérez Chang y los guerrerenses Acosta y Dimayuga leyeron obras propias en el Festival de la Nao.

Más de medio centenar de asistentes escucharon textos de representantes de la literatura guerrerense y cubana, en el auditorio del Museo Histórico de Acapulco Fuerte de San Diego, durante penúltimo día de actividades de la segunda edición del Festival de la Nao. Alrededor de las 5:30 de la tarde, el escritor chilpancinguense Andrés Acosta esperaba a que comenzara la lectura, pues aunque la cita era a las 5, observaba atento el ensayo de la Compañía Nacional de Danza que, como en una terraza, los cuerpos semidesnudos y delgados disfrutaban del sol acapulqueño. Ya con el ensayo de los bailarines de clásico avanzado, llegó el escritor originario de Tierra Colorada, José Dimayuga; tras él la comitiva de cubanos (Cuba es el país invitado del Festival), el escritor Ernesto Pérez Chang se disponía a leer una brevísima parte de su producción literaria. Una vez dentro del auditorio, los asistentes escucharon atentos las lecturas. Acosta, leyó el cuento "El demonio de las artes" del libro Solitarios y podridos. Se trata de un relato en el que un demonio cuestiona el significado del arte, de la capacidad creadora de un sacerdote que luego es catalogado como “demonio escritor”. En seguida José Dimayuga leyó el segundo acto de la obra "Crónicas de amor y olvido en el hotel Belmar" que forma parte del libro editado por Quimera: Triple Función. Antes, el escritor quien forma parte del Sistema Nacional de Creadores, aclaró que tal publicación no había sido presentada en Acapulco, por lo que esa lectura serviría como una presentación en el puerto. Durante su participación, Dimayuga logró atrapar a la audiencia, pues imprimió en cada personaje de la obra, matices, en los que se podía diferenciarles. Tal fue la atención que se había puesto en la historia que, cuando el autor de Afectuosamente su comadre, anunció la conclusión de su lectura, los asistentes emitieron un sonido de expectación. Continuó la lectura el escritor originario de La Habana Ernesto Pérez Chang con un cuento que integra el libro Variaciones para ágrafos que se editó este año en su país. Al concluir las participaciones, la directora de Cultura del Ayuntamiento de Acapulco, Blanca Reina Aguirre, solicitó a los asistentes que se quedaran a escuchar otra “ronda” de participaciones, de lo contrario, debían salir y esperar a que se permitiera el acceso a la Plaza de Armas para la presentación de la Compañía Nacional de Danza; lo que generó comentarios de los escritores como aquel de que nunca se habían topado con público cautivo o “ahora sí, vamos a leer para ustedes” y “me siento Sherezada leyendo cuentos”. (Por Karla Galarce, publicado en El Sur)