PROGRAMA DE OLA NUEVA

TALLERES

Dirección de escena

Imparte: Fernando Martínez Monroy

18, 19, 20 y 21 de octubre10:00 a.m. a 2:00 p.m.
Sala Hornitos de la Dirección de Cultura de Acapulco


Actuación
Imparte: Mariana Hartasánchez
20, 21 y 22 de octubre4:00 p.m. a 8:00 p.m.
Sala Hornitos de la Dirección de Cultura de Acapulco

Dramaturgia
Imparte: Carlos Nóhpal
23, 24 y 25 de octubre 10:00 a.m. a 2:00 p.m.
Sala Hornitos de la Dirección de Cultura de Acapulco

La asistencia a los talleres es gratuita y de cupo limitado.

Para confirmar tu asistencia envía un e-mail a olanueva3.0@gmail.com


LECTURAS DRAMATIZADAS
Centro Cultural Acapulco
(Av. Costera Miguel Alemán,a un costado de Oceanic 2000)
Entrada libre.23 de octubre



4:00 p. m.
Charla CRISIS NACIONAL/CRISIS TEATRAL o el discurso decapitado
Con Luis Mario Moncada(*)5:40 p.m.
Inauguración
6:00 p.m.
Obra: Jugar a morirAutor: Zaría Abreu
Dirección: Zaría Abreu
D.F.

8:00 p.m.
Obra: Basta morir
Autor: Iris García
Dirección: Norma de Anda
Guerrerero
24 de octubre


4:00 p.m.
Charla
El teatro es mejor que la vidacon
Fernando de Ita
6:00 p. m.


Obra: El hombre sin adjetivos
Autor: Mario Cantú
Dirección: Mariana Hartasánchez
Nuevo León


8:00 p.m.
Obra: Riñón de cerdo para el desconsuelo
Autor: Alejandro Ricaño
Dirección: Mariana Hartasánchez
Veracruz
25 de octubre


12:00 p.m.
Mesa redonda El teatro en Guerrero, ¿hacia dónde?(**)
Participan Jaime Figueroa (Cía. Tlacuilo de la UAG), Norma de Anda (Cía. Ananda), Salvador Francisco Alarcón (Cía. La Gruta de la UAG) e Ilian Blanco (Teatro de Escape).

4:00 p.m.
Obra: Hamnet
Autor: Javier Márquez
Dirección: Ilian Blanco
D. F.

6:00 p. m.
Obra: Silencio
Autor: Carlos Nóhpal
Dirección: Zaría Abreu
D. F.

8:00 p. m.
Obra: Hanzel y Milbur
Autor: José Dimayuga(*)
Dirección: Malena Steiner
Guerrero

9:40 p. m.
Clausura
(*) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte
(**) Este evento se realizará en la Sala Hornitos de la Dirección de Cultura de Acapulco

EL NEGATIVO DE LOS ENSUEÑOS

Con una vida rápida y fácil, Bonita Malacón fue reina de belleza, actriz de cine y televisión, esposa de Bulmaro Goring, jefe del cartel del desierto. La estrella tuvo acceso a un mundo cerrado para los habitantes de su tierra, Palma Gorda. Desde esta perspectiva, la primera novela de José Dimayuga hace funcionar a ese “ícono” como un espejo donde su pueblo se proyecta. Su figura se establece como el punto de fuga al que converge la mirada de quienes no tienen salida del “paraíso” terrenal de Palma Gorda. Todos la miran con profunda devoción, envidia, amor parental, admiración… tal es el nudo emocional que da consistencia a la frágil vida loca de esa actriz que cae en a extremos de adicción y soledad.
Un estudiante de comunicación articula el punto de observación cuando llega a Palma Gorda para realizar un reportaje sobre la actriz, protagonista de Los Monstruos del Convento (película que frenaría su muy incipiente carrera). Para filmar el reportaje entrevista a Pedro Isabel, Maya y Esther Adraca, los fieles sirvientes Odilón Romero y Zozima Tapia, quien fuera la nana de la actriz; Dora Cienfuegos, la amiga envidiosa. En las entrelíneas de las declaraciones de estos personajes asoman frustraciones, sueños y tensiones de la vida de su cotidiano infierno. Destaca la imposibilidad de los palmagordeños para asumir y contar su propia historia cuyos detalles son delatados ante la cámara por sus rivales. El pueblo chico resulta ser un paraíso en el que en un momento dado, pueden refugiarse Bonita y sus amigos, lugar ideal de fin de semana; pero un gran infierno para los nativos confrontados a la banalidad cotidiana.

A Bonita se le examina desde todos los puntos de vista en la novela de Dimayuga. En cada uno de ellos, se reproduce el mismo fenómeno del flash que rebota en una superficie reflejante e impide apreciar el retrato. A pesar de su transparencia, a fin de cuentas, los palmagordeños transforman a Bonita en un enigma que se niegan a descifrar. ¿Por qué no mantuvo las relaciones con sus amigos de los medios?; ¿por qué no continuó con su carrera artística?, ¿por qué tales excesos? ¿Por qué termina fuera de control casi en la locura, en los últimos grados de la adicción, cazada por el operativo federal en medio del desierto? De hecho, su vida perdió el norte.

En contraste con la cotidianeidad sin acontecimientos de los palmagordeños, la de Bonita fue una carrera desaforada hacia ningún lado. Una personalidad que se quiebra ante la incapacidad de soportar los enormes montos de goce que de pronto descubre, en los que paulatinamente se hunde. Golpeada, perdida en medio de la carretera, humillada, perseguida, ajena a la realidad, incapaz de articular una palabra, su vida toma una trayectoria de la que ya no hay vuelta posible, a donde nadie la puede seguir. De ella sólo quedan las ruinas del Castillo, la casa que cuidarán y defenderán sus sirvientes y un rompecabezas que armará sin dificultad un estudiante para acreditar una materia.

Pedro Isabel no podrá formar parte del mundo de las estrellas de cine, entrar al hall de la fama con que sueña. La naturaleza de sus intentos desesperados, sus proyectos absurdos retratan tanto su tenacidad como su vocación por el fracaso: desde su niñez cuando se aferró a un actor de cine (visitaba Palma Gorda como miembro de una caravana) para que éste lo adoptara como hijo; o se lo llevara como sirviente; o como empresario local que concibe el proyecto de hacer un museo a Bonita Malacón, la para él es legendaria reina de la belleza, y fue actriz secundaria de cine y TV, currículo que constituye lo más grande y sonado que haya dado Palma Gorda a la historia (¡qué terrible que el entusiasmo pueda llegar a marcar las fronteras de inanidad de manera tan contundente!). Sus afanes por construir un mito, parecen ser el único pasaporte para acceder a un mundo anhelado del que siempre estará separado. Ello es índice de la capitulación final que se aproxima para él. Lo único tangible es su bar, la Chabelis; el único tesoro son los recuerdos de un hombre que ya ha entrado en la recta final y lucha por salir del paraíso periférico en el que le tocó y eligió vivir. A fin de cuentas Bonita es un manto que oculta la inanidad de quien la ensalza: tanto más gris en la medida del entusiasmo.

¿Qué es y dónde está Palma Gorda? Un lugar pequeño, al margen de la metrópoli y de la Playa, lejos de la capital estatal, del barullo social y de los centros donde se toman decisiones políticas o culturales, donde no hay cambios. Es en el margen donde se producen sueños y fantasías; el único sitio donde todavía hay certidumbre de que la vida pasa en otra parte, o es mejor en algún sitio remoto.

En la ficticia cinta "Los monstruos del convento" se percibe la influencia de El Beso de la mujer araña de Manuel Puig y los acentos del cine de Almodóvar. ¿Y qué fue de Bonita Malacón? demuestra de esta forma la articulación de una cultura internacional gay, desde el margen (margen de la gaydad, periferia de Palma Gorda), se constituye otra forma de circulación de la cultura canónica, metropolitana, global.

El flujo de la oralidad, el flujo del ensueño, que no de conciencia, se presenta como posibilidad para expresar los afanes e ideales, la posibilidad de hablar ante los medios, ante un micrófono. ¿Y qué fue de Bonita Malacón? toma cuerpo como una serie de entrevistas. La estrategia del reportaje ficticio para construir a un remedo de mito, permite hacer un puñado de calas en personajes que pintan sus ambiciones y frustraciones. En Palma Gorda no hay una instancia imaginaria nativa que se pueda constituir para relatar la vida de una fugaz estrella de segundo plano y la corte de miserables del pueblo que la rodearon y que son los únicos fans sinceros de la actriz. Tiene que venir alguien desde fuera, un estudiante, porque el supuesto mito no alcanza para movilizar a los medios. Resulta dramático cuando elaboran el recuento de sus haberes:


Yo, material sobre Bonita, tengo hasta pa’ botar p’arriba: vestidos, bueno, dos vestidos, el cetro de cuando ganó en el kínder, cartas de amor y resquemor, artículos de periódico, fotos… (p. 83)


Y develan su estrategia para lograr el mentado museo:


Quiero hacer un museo… yo me aviento a pedirle al presidente municipal que abogue por mí ante el gobernador; es decir, que le pida lana para convertir en museo lo que fue la casa de Bonita Malacón… con foquitos de colores en la entrada que diga: Gran Museo Bonita Malacón. Porque va a ser un gran Museo; no chingaderas. Y la calle que sube al Castillo que se llame Gran Vía Bonita Malacón… (p. 81)


Mientras tanto, Maya y Esther Andraca cuentan la historia de Pedro Isabel puesto que los personajes no pueden asumir el relato de su historia.

Palma Gorda es un lugar donde la diversidad sexual es vivida de una manera abierta. Cada familia tiene a un ser querido gay o que ha tenido tórridas aventuras homosexuales. Una sociedad particularmente cerrada y al mismo tiempo permisiva, profundamente mocha y clasista. Unos se aferran a Bonita desde su niñez, otros a su imagen que se desbarata. Vida paralela en negativo, Bonita los arrastra a todos hacia el punto de goce extremo, insostenible e intolerable.

Sin duda se ha producido un cambio en la narrativa gay que ha dejado de centrarse en el develamiento de una sexualidad. Ahora una relación lésbica puede ser perfectamente un episodio de la vida de una artista; mientras se establecen dos vidas gay la de Pedro Isabel y el hijo de los sirvientes. El primero abre una cantina; el segundo sale a vivir a Los Ángeles. Con las carencias de uno y la estabilidad emocional del segundo se presentan dos desenlaces de personajes gay que provienen de clase popular. Ni los padres ven en ello el fin del universo, ni la sociedad se lanza a quemar vivo al gay con el pretexto de que pone en peligro a la sociedad y al universo. Aunque el terreno ganado se puede perder si se baja la guardia, ya estamos frente a una sociedad menos siniestra. (Por Antonio Marquet. Tomado de Muyatractivo.com)

PAÍS DE SENSIBLES, de José Dimayuga


PERSONAJES


IMELDA, de cincuenta años de edad.
HAYDÉE, hija de Imelda de treinta años de edad.
BETO, hermano de Haydée, de treinta y dos años


(Fragmento)


HAYDÉE
¿Todavía piensas que yo maté a Jaime? (IMELDA no contesta; se ve incómoda) ¿Todavía lo crees?
IMELDA (apartándose de HAYDÉE)
Se está haciendo tarde y Beto no aparece… ¿Le habrá ocurrido algo?
HAYDÉE
Tú no estás preocupada por Beto, sino por lo que te acabo de preguntar. (De cara a IMELDA) Ahora sí tengo ganas de hablar. Escúchame, por favor. (IMELDA rehuye) Mamá…
IMELDA
¿Di?
HAYDÉE
Te hice una pregunta.
IMELDA
Yo también te hice una pregunta y no me contestaste.
HAYDÉE
La hiciste para no responder la mía. Insisto: ¿aún crees que yo maté a Jaime?
IMELDA
No voy a contestar.
HAYDÉE
Tú también estás de acuerdo en que/
IMELDA
¡Yo no estoy de acuerdo con nadie, carajo! ¿No entiendes que no quiero hablar de ello, que si doy vueltas y vueltas al asunto es porque no me interesa? El fin de semana pasado prometimos no volver a tocar el tema; sí recuerdas, ¿no? (PAUSA) Voy a… ¿Te sirvo una copa?
HAYDÉE
Yo… yo lo quería. Después de Jaime no volveré a querer a nadie más. (Ríe con timidez) Sí, parezco una idiota diciendo esto, pero… ¿Sabes? Él para mí era como un trago de tequila: me daba tanta seguridad… calor. Me sentía viva. Él creía en todo lo que yo hacía o decía, él me tomaba en serio… ¿Me entiendes?... Claro, me puedes decir que como ya se murió, me pongo a destacar sus virtudes. Vivo aún, se lo dije… que él era para mí lo único… único importante… en mi vida… Tú lo sabes.
IMELDA
Un tipo que nunca me cayó bien.
HAYDÉE
Al principio lo adorabas.
IMELDA
Al principio, tú lo has dicho. Pero cuando supe que era comunista, me dio asco.
HAYDÉE
Acabas de dar una razón totalmente ridícula. Además, esa palabra ya ni se usa. Jaime sólo era un periodista.
IMELDA
Periodista, comunista y drogadicto. Sus ojos aconejados revelaban una vida maltratada por el mundo de las drogas.
HAYDÉE
¿Qué dices?
IMELDA
Su adicción no me hacía gracia.
HAYDÉE
Tu adicción es la que te hace ver las cosas de cabeza.
IMELDA
¿De qué adicción me hablas?
HAYDÉE
Tu alcoholismo.
IMELDA
¿Alcohólica, yo?
HAYDÉE
Bueno, pero no pongas esa cara que tu caso no es grave.
IMELDA
¿Yo, alcohólica?
HAYDÉE
No te lo digo para que te enojes; yo también lo soy. Salud.
IMELDA
¿Sabes que me recuerdas al licenciado Barrón? (Imitándolo) “Mi estimada Imelda, espero que ésta sea la última vez que se presenta en estado de ebriedad; de continuar así, tendré que levantarle un acta en la Dirección General.” Viejo tarado; afirma que soy una alcohólica cuando él, su amante y el Pagador se van cada viernes a los peores puteros de la ciudad. Yo los he visto caerse de borrachos. Y ahora tú, cínicamente, me reprochas…
HAYDÉE
Yo no te estoy reprochando nada.
IMELDA
… que soy una borracha. Tú, Haydée, eres quien menos derecho tiene de llamarme de tal manera. Deberías agradecerme las atenciones que te estoy brindando. En verdad me interesa que te integres nuevamente a la vida normal, y ve ahora con qué me pagas: criticarme como si fuera una tipa extraña. Toma en cuenta que… (Voz entrecortada) soy tu madre… Trátame como debo ser tratada… No cabe duda; eres cruel.
HAYDÉE
¿No exageras, mamá?
IMELDA (igual)
Eres muy, pero muy cruel.
HAYDÉE
Pero si todo lo que dijiste lo/ (Tratando de acariciarla.)
IMELDA
¡No me pongas tus manos encima! Qué modo tan raro el tuyo de mostrar afecto después de agredirme. ¡Como para perder la razón! (PAUSA) ¿Te has dado cuenta de que cada vez que hablamos sobre… Jaime, nuestra relación se vuelve de lo más violenta? Ese nombre sí debería ser impronunciable en este hogar. Apenas lo menciona una, y el chamuco se instala entre tú y yo. Ay, no, pero si hasta escalofríos me dan.
HAYDÉE
Tienes razón. En parte.
IMELDA
Te prohibo, por otro lado, que me hables en el mismo tonito con que tratabas a tus compañeras de celda. Ya basta de crímenes, víctimas y culpables. Recuerda que el reclusorio quedó atrás, carajo. Ahora te encuentras en calle Los Prados, cuarenta, interior seis…
HAYDÉE
Sólo tengo un mes fuera, comprende. Me siento extraña…
IMELDA
… Y como volviste desmemoriada, vuelvo a repetir: soy tu madre, aunque te duela, chilles o patees; Imelda Castañeda, viuda de Menchaca, es quien te parió; grabátelo bien. Uta, esta casa se parece cada vez más a la página de la nota roja. Qué horror.
HAYDÉE
Perdóname.
IMELDA
Tampoco te pongas en ese plan. Simplemente tuve la necesidad de aclarar algunas cosas para que podamos convivir y vivir lo más cercano a la vida prudente. Ahora bien, renovemos el trato: prometamos no hablar ni de asesinatos, ni de cárceles, ni nada que tenga que ver con asuntos que tú debes conocer mejor que yo.
HAYDÉE (sin convicción)
Lo prometo.
IMELDA
Sirvámonos una copa y brindemos por la restauración de nuestras vidas. (HAYDÉE prepara las copas) Yo sé que no debería decir lo que vas a escuchar, pero pienso que es el momento, hija: si cambiaras el tipo de pensamientos que hasta ahora has mantenido, serías una chica simpática, atractiva.

HAYDÉE deja de servir las copas.

HAYDÉE
¿Y cuándo dije que quería ser una chica simpática? Eso es lo que menos me interesa.
IMELDA
¿Ya ves cómo si tengo razón? Tu mente sólo produce ideas negativas, que lo único que hacen es mantenerte en ese atolladero.
HAYDÉE
No quiero ser simpática. ¡Ni quiero cambiar mis pensamientos por los tuyos! ¿Por qué había de ser como tú, eh? ¿Por qué, fregados?
IMELDA
Si tu intención es que te levante la voz para que nos peleemos como un par de reos, lo siento, no lo conseguirás. Acaba de servir las copas si me haces el favor.

Tocan a la puerta.

IMELDA
Anda, sírvemela, pues. Haydée, no me digas que nos vamos a enemistar. (Se acomoda, apresurada, la blusa y pantalón) Debe ser él. (Vuelven a tocar) ¡Sí, es él! Dios mío, y la casa está hecha un basurero. Ayúdame a poner las cosas en su lugar, Haydée.
HAYDÉE
Por fin, ¿preparo la copa o quieres que haga el aseo de tu casa?
IMELDA
¡Voooooooy! (A HAYDÉE ) Anda, pero muévete; ve por el trapeador.
HAYDÉE
Me voy a la recámara. Leeré hasta que me duerma.
IMELDA
No seas payasa. Tú debes estar presente también.
HAYDÉE
Ya te dije que no quiero verlo.

HAYDÉE sale. IMELDA recoge ràpidamente lo que encuentra a su paso mientras se dirige hacia la puerta; la abre. Recargado en el marco, aparece BETO: es dos años mayor que HAYDÉE, guapo, corpulento. Viste pantalón negro y chamarra de cuero. Trae en la mano un ramo de rosas y con la otra sostiene un vaso de plástico con licor. A IMELDA, de primer momento, le sorprende el aspecto desaliñado de BETO, pero inmediatamente cambia su asombro por entusiasmo.

IMELDA
¡Bebé-to!

BETO bebe su último trago.

BETO (entregándole las flores)
Felicidades.
IMELDA
Pero si es hasta mañana, Beto. De todos modos, gracias.
BETO (mostrando su vaso vacío)
¿Podría ser tan amable de regalarme una tacita de azúcar?
IMELDA (después de una carcajada) ¡Por supuesto, vecino! Haga el favor de pasar. Ahora mismo yo también bebía un cafecito. Pero pase… pase.

BETO entra. Se deja caer en el sofá. Olfatea en varias direcciones.

BETO
Estás chupando ron, ¿no?
IMELDA
Ajá. Pero también tengo tequila… ¿Dónde está?... Aquí lo tenía hace ratito… ¿O me lo tomé?
BETO
Da igual. Dame un ron; lo que tengas me chupo. Con este calorcito…
IMELDA
Salud, Bebé. Digo, Beto.
BETO
Por ti. Y, ps, porque ésta no sea la última vez que me invitas a tu cantón. Neta, ¿eh?
Beben. IMELDA sonríe; se sienta con timidez en el brazo del sofá en el que está sentado BETO. Él la mira picaronamente; luego hace gesto para que IMELDA tome asiento junto a él. Ella sonríe y obedece la señal.

BETO
Se está mejor así, ¿no?

Ella contesta con una risita nerviosa. Sus ojos están llenos de lágrimas. Se ve conmovida.

IMELDA
Me alegra verte por acá otra vez. No sabes… cuánto. De momento pensé que me dejarías plantada y… pues, tenía ganas de hablar contigo para… pedirte una excusa por todas las majaderías que te grité y por haberte echado de… tu casa, porque esta también es tu casa. A veces una, por cualquier insignificancia, procede de manera inesperada y violenta, cuando… La verdad, la verdad, no sé qué me pasó, Beto.
BETO
Que hayan desaparecido tus joyas no es ninguna insignificancia. Jamás las encontraste, ¿verdad?
IMELDA
Ni mis discos de Elvis. Valían una fortuna… afectiva, claro. El que tengo me lo regaló Chava.
BETO
Qué mal cuete, me cae. Tu colección estaba resuave. ¿Y sigues pensando que yo me agandallé/
IMELDA
Beto, no quiero saber quién me robó. Ya lo pasado, pasado, como dice la canción. (Beben) Pero permíteme decirte que si fuiste tú, te lo agradezco. Fíjate que ahora que soy humilde, me he forjado un carácter más sensible, menos egoísta. Bueno, pero no me dejes hablar tanto: cuéntame de ti: qué has hecho, dónde has estado. Vienes de una pachanga, ¿no es así?
BETO
Estuve pisteando con unos cuates del trabajo. Conseguí chamba en un bufet jurídico.
IMELDA
Oye, pues suena bien eso. Platícame más, anda.
BETO
O sea que es… ¿cómo te diré?... mis cuates son judas y, ps, me echan un fon cuando hay bronca. No es un trabajo fijo, pero ellos me van a ubicar.
IMELDA
No entiendo.
BETO
Mira, supongamos que tú te metieras en un pedo, ¿no?, nos echas un fonazo y nosotros te hacemos el paro. Legal, ¿eh? Todo es legal. Nosotros te damos asesoramiento jurídico y la madre, y si la bronca es mayor, porque de que los hay, los hay, disponemos de métodos más complejos para que tus problemas no te la vuelvan a hacer de tos.
IMELDA
¿De veras?... Qué lástima. Hace seis años hubieran tomado otro rumbo las cosas si me hubieras ofrecido esta ayuda. Nunca supimos demostrar que Haydée era inocente en ese horrible asesinato.
BETO
Yo por ella no movería un solo dedo. Me mandó varias veces la tira porque salió con el cuento de que yo le había dado cuello a su camote. Se manchó, ¿eh?
IMELDA
En la agenda del difunto encontraron tu nombre escrito; la fecha y la hora coincidían con el día en que lo hallaron muerto.
BETO
Es verdad, íbamos avernos porque le quería pedir chamba, pero ya no nos vimos. ¡Al güey lo tronaron ese mismo día!
IMELDA
Baja la voz que/
BETO
Fui al lugar de la cita, como le dije al lic que me interrogó, y como nunca llegó, me lancé a buscarlo. Ni siquiera entré al departamento; a ti te consta, ¿no?
IMELDA
Que no grites; Haydée está con noso/

Entra HAYDÉE repentinamente.

HAYDÉE
Es de muy mala educación hablar de terceras personas cuando estas no se encuentran presentes.
BETO (sorprendido)
Órale…
IMELDA
También es de muy mala educación, escuchar detrás de las puertas.
BETO (A HAYDÉE)
Quihúbo.
HAYDÉE (A IMELDA)
Es que tú no hablas, querida; gritas. Por discreta nunca te has distinguido.
IMELDA
Pero cuánta agresividad la tuya, caray.
HAYDÉE
Se me acabaron los cigarros. ¿Puedo llevarme esta cajetilla?
IMELDA
¡Uy, no chiquita! ¿Luego con qué me quedo? Me dejas desarmada.
BETO
Toma. (Estira la mano con la cajetilla. HAYDÉE lo mira indiferente) Te la regalo, anda. No muerdo.

HAYDÉE avanza hacia él y coge la cajetilla. BETO permanece con la mano extendida.

BETO
¿Y qué, no me vas a saludar?
HAYDÉE
Dije hola.
IMELDA
Quieres decir que estamos sordos. No dijiste hola ni nada que se le parezca. Así que, por favor, sé decente por única vez en tu vida: saluda. (Pausa corta) ¿Vas a dejarlo así, con la mano en el aire? Qué bárbara.

HAYDÉE da la mano. BETO la estrecha fuertemente y la jala hacia sí a pesar de la resistencia de HAYDÉE. Ella cae en el sofá, junto a BETO.

BETO
Bienvenida a casa. ¿Te damos un trago?
HAYDÉE
Quiero estar sola.
IMELDA
Por favor, hija…
BETO
¿Te molesta verme?

HAYDÉE lo mira lo mira con coraje.

BETO
Me voy, pues; no hay pedo. Pensé que iba a haber una fiesta aquí.
BETO se pone de pie con el propósito de marcharse.

IMELDA
Beto.
HAYDÉE
Quien se va de aquí soy yo.

HAYDÉE sale por la puerta de la recámara.

IMELDA
Beto, no te vayas…
BETO
¿Viste cómo me miró?
IMELDA (refiriéndose al estado alcoholizado de BETO)
Te ves muy mal, Bebé.
BETO
Sí te diste cuenta, ¿no? No manches, carga una vibra pesada, ¿eh? Esta me quiere… Sí, ella trae un rollo loco contra mí. ‘Che lacra; más vale que le pare los tacos y orita mismo, pues. (Se dirige hacia la puerta conde HAYDÉE salió. Toca con violencia) ¡Óyeme, tú! Te advierto que si tu propósito es armármela de pedo, vas a topar con pared!... ¿Me oíste bien? ¡No vuelvas a embarrarme tus broncas porque ahora quien va a bailar eres tú! ¡Me vale mierda si te retachan al bote!... ¿Oiste bien?...

BETO regresa a la sala mascullando cosas. Recoge su chamarra y se la pone.

BETO (A IMELDA)
Áhi la vemos.
IMELDA
Hazme caso, hijo. Así como vas, podría arrollarte un carro.
BETO
Traje mi nave, no te preocupes.






¿Y qué fue de Bonita Malacón?

Tan eficaz resulta el manejo de la técnica de la conversación en esta novela que como lectores no podemos menos de sorprendernos, como cuando terminamos de ver un monólogo de calidad y nos percatamos que vimos muchos personajes siendo sólo un actor el que los supo crear o invocar, porque sin la intervención de un narrador definido y, lo más curioso, sin una sola acotación que nos permita ver gestos, mañas, horrores o bellezas de los personajes que cuentan, como lectores hemos visto en prisma todo.
Leyendo las conversaciones de estos lugareños ansiosísimos por contar y recontar, terminamos riéndonos de todo aquello que nos está prohibido reírnos cuando nos hallamos frente a interlocutores de la vida real.
Sin embargo, los elementos risa y conversación, sin perderse nunca, se pierden en ciertos momentos para adentrarnos en una narración que venturosamente, por su plasticidad o elasticidad, deja de serlo para convertirse en aquello que como lectores simple y llanamente terminamos bramando por saber.
Como lingüista que mi título asegura que soy, luego de haber leído esta novela, no puedo más que recordar las palabras susurradas por la Mtra. Mercedes Tapia, de la ENAH, al Dr. Francisco Barriga, del INAH, cuando una vez, en mi comunidad, tras varios esfuerzos que parecían naufragar, hicimos que los que no querían al principio ser videograbados en entrevista terminaran hablando por los codos: Mercedes le susurró a Francisco: «Es que la gente de verdad necesita hablar». Así sentimos a los personajes entrevistados en este libro que, en efecto, se lee de un vertiginoso tirón: algunos de ellos terminan preguntándose a sí mismos por qué finalmente dijeron aquello que juraron jamás revelar; otros regañan al personaje entrevistador por su desconocimiento de la cultura popular de la época que pretende investigar.
Todos se quieren alzar el cuello, a veces con cosas encomiables y otras no tanto, en lo relacionado con la belleza internacional, triunfo local y nacional, que significó la vida de Bonita Malacón. Incluso uno de los personajes se vanagloria de que, gracias a ella, Bonita se llama Bonita y no Carmen. Esplendores y decadencias, misterios y detalles cotidianos son contados aquí con un mismo furor.
Igual que Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas que nunca aparece directamente pero que siempre está en la atención y las expectativas del lector, en ¿Y qué fue de Bonita Malacón? las ausencias brillan como presencias: la propia Bonita, su terrible padre, su impredecible madre, las actrices y los actores, sin olvidar a los palmagordeños con quienes disfrutaba el argentino Fabio Tessa, se van configurando hasta ser realidad: los personajes referidos por Pedro Isabel, por las hermanas Andraca, por Dora Cienfuegos, por el amabilísimo Odilón Romero que termina azuzándole los perros al entrevistador, son pálpitos intensos y constantes de los entrevistados: son sus pasiones, sus envidias, desvelos, odios, sus anhelos, maravillas y horrores más íntimos. De forma que, en la única oportunidad en que uno de estos personajes chismeados por los narradores entrevistados, ni más ni menos que el personaje del que más estamos advertidos como lectores que no permitirá entrevista alguna, se hace presente y concede (o casi se podría decir: suplica) una entrevista, Zósima Tapia, la aparentemente insulsa esposa de Odilón Romero, sentimos un efecto desde luego novelístico pero también agresivamente teatral: la ruptura de la llamada cuarta pared: cuando un actor que se ha mantenido en la convención teatral se vuelve de repente e interpela a uno de los espectadores o a todos ellos: Zósima cuenta terribles verdades o mentiras que terminarán de dibujar al mítico personaje que es Bonita Malacón.
Me atrevo a decir que podría recomendar este libro a esas personas o futuros escritores que no se atreven a ponerse a contar en grafías los mundos que llevan por dentro: aparte de una excelente novela, muy divertida y repleta de lo mejor y lo peor de la condición humana, ¿Y qué fue de Bonita Malacón? resulta una especie de libro de iniciación literaria, algo con lo que los lectores entenderán que todo puede ser contado si se sabe contar bien, que cualquier palabra del idioma y cualquier enfoque sirven a ese fin supremo que es la literatura.
Con toda claridad y fluidez, Dimayuga nos narra una historia deliciosamente ambigua; desdibuja todo lo dibujado página tras página, para volver a matizarlo sin respiro pero con las pertinentes transiciones después. En ¿Y qué fue de Bonita Malacón? se nos ha dicho al oído todo y nada de la historia antigua pero siempre vigente de todos y de nadie. (Por Eduardo Montagner. Fragmento leído en la Casa de lectura, Profética, en Puebla.)

RECONSTRUIR EL CUERPO CON PALABRAS






Reconstruir el cuerpo con palabras. La vida doméstica; en subida primero, después en trágica secuencia que presagia el desplome. Sí, Dimayuga enuncia: "¡Claro que me acuerdo!" Está listo el camino, el desenvainamiento del habla. Aquí está la facultad literaria de José. Hablamos de Bonita Malacón desde la aparición del título. El documental sin tecnicolor se proyecta.
Dimayuga, con esta frase (claro que me acuerdo), nos remite al pasado de Palma Gorda, al escenario de los diálogos y monólogos cuya esencia es la postración ante la diosa o la musa enferma, como se verá páginas adelante a Bonita. Este universo creado en 160 páginas canta el crepúsculo de una sol opaco, de una flama con visos de carbón.
Bonita recuerda un poco a Hermosos y malditos de Scott Fitzgerald, nos hace pensar en el Gran Gatsby, en la forma de obtener un infierno mediante la soltura del amor, pero en la novela de José, todos concuerdan al mencionar que Bonita no estaba hecha con el barro de Palma Gorda, sino con esencia místicas, de más allá del puerto; si me apuran, también se piensa en la protagonista de Nueva historia de Mouchette, de Georges Bernanos, incluso en Lolita, de quien se habla sabiendo que ya es irreparable su fantasmal presencia (recordemos que los fantasmas son aquellos que cambian de costumbres y se alejan de uno), pero fuera de las confesiones de solitarios lectores y asiduos idólatras de mujeres, Pedro Isabel (personaje pivote de este libro) piensa en Bonita como en aquella revelación de Marga López en La edad de la inocencia (frente a mi cama veo las escalinatas en las que viene bajando ), un fade in a longevas referencias o un corte abrupto donde nos duele la palabra, ya carne, y sólo pensamos, es decir, vemos el abismo y de silencio estamos contagiados.
Es cierto, Bonita abreva de referencias cinematográficas, de ilustres iconos como Mario Almada; también, del mundano calor en la costa, de la lectura de cartas, de la creación de narcocorridos, pero sobre todo, de la vida, el sexo y la muerte; de la floración del mar con el sed en el desierto. Dimayuga hace de los escenarios desnudos inmuebles que decora con monólogos y aflora la nostalgia de pensar en el nombre de una mujer, de ahí la necesidad de cubrir un hueco con palabras.
Esta vaina que hoy tratamos, la radiografía de un país, nos cuenta que la irredimible vida de telenovela que llevamos, en muchas ocasiones tiene la proclividad al caos. Si la Miss Belleza Internacional, Malacón Bonita, es una mujer de luces apagadas, entonces, encontramos en este libro las marejadas emocionales: la estancia tranquila y doméstica en la chorcha de un pueblo costeño, sentimos el dolor y el estallido de una bala por la mujer que ya no tendremos, sólo en libro pues.
Ahora, desde la oralidad se hace mención a elementos cinematográficos, podría pensar uno que los diálogos de esta novela están colocados a manera de pequeños eslabones que con un segundo tratamiento serían ya un guión de cine. Eso es mi premura quizá, pero volvemos al punto; las palabras de José apuntan los tonos de cada personaje, que van desde la modalidad del chisme costeño, del tono confianzudo de quien se inventa su propio idiolecto “el igüi igüi” hasta la tragedia relatada con ensoñaciones cinematográficas, como abrir un rango imaginario de una realidad que muchos compartimos: alguien se despide de nosotros mediante magia.
Veamos el fondo, filosos vocablos que cortan y aflora la curiosidad del lector; sobre todo, por la manera en que están soterrados los monstruos que dieron vida a Bonita (Alejandra y Ezequiel), quienes son referidos en segundas capas del relato, en voz de los móviles personajes, en sonidos que fungen como el silencio a esta sinfonía que bien podría titularse Réquiem por Malacón. Pero lo importante, aunque suene a pleonasmo, es la soltura con la que se comunican los personajes, de un tranco van a otro, palabra por palabra. Dimayuga sacó filo a sus palabras, están puestos con la intención dramática de abrir un dique, de poner gasolina, citando al famoso reggeaton, rematan historias sueltas en cada capítulo, en cada charla frente a la cámara, con el reflector, bajo los ojos. Ahí están.
En las palabras de José: “el pretexto del documental es el trabajo para la escuela”, pero la curiosidad, el motor verdadero, lleva más allá de la tarea, pues cada personaje de este enjambre de murmullos (Pedro Isabel, Maya y Esther Andraca, Dora Cienfuegos, Odilón Romero y otros) se palpan la memoria para encontrar la protagonista; el también autor de Una mujer de tantas armoniza, dirige pues las voces del puerto, del calor sedimentado por cerveza y por el chisme para crear el perfil de una Helena, de un mito que reinó desde la belleza del instante.
Este libro muestra que la facultad narrativa del también autor de Afectuosamente su comadre, radica en la edificación de la protagonista; para ello, Dimayuga se vale de diversos registros tonales, hace pues la polifónica estructura de un fantasma. Apela al mito, logra sugerir que Bonita no tiene un emisor que asuma un contenido, es un mito, insisto, recreado por la cadencia verbal de una idiosincrasia peculiar: guerrerense. Y también nos dice que lo que arrastra su símbolo (Bonita) es la necesidad de designar incasablemente, de decir que uno está siendo, aunque duela: señorita Malacón, bella, musa enferma, potestad de una pureza maligna.
Cuando uno lee, desea la obra, se quiere ser la obra; es negarse a doblar la obra fuera de toda palabra fuera de la misma obra. Pasar de la lectura a la crítica es cambiarse de deseo, es no desear la obra sino el lenguaje de ésta. Por eso digamos Bonita, para alegrarnos, Dimayuga pintó una aldea, hace carne con las palabras, argumentan emocionalmente los motivos del documental que casi vemos en el libro, nos demuestra que a pesar de que se haya dicho todo, de que se acabaron los inicios, de que ya todo está contado, nos dan ganas de leer libros, novelas. Alguien, a estas alturas del tiempo, aún sueña con palabras en conjunto, apiladas en el lomo de los personajes.
Quizá Bonita, como decía líneas atrás, sea una musa enferma, pero es un decir, quizá sea que ya estoy hablando de más. Salud por Bonita y por el libro. (Texto de Federico Vite, leído el 8 de mayo en Puebla.)

EL MARRA RELOADED


Está por abrirse la cantina El Marrakesh, propiedad de Víctor y Juan Carlos, sí, los mismos de El Generalito I y EL Generalito II, fondas en las que se come como Dios manda, ubicadas en el Centro Histórico del De Efe, ora realizan un sueño largamente acariciado, la apertura de una cantina donde se podrá bailar, ligar y encontrar amigos que gusten de chelas y buena chacota, ojalá y el lugar fuera como aquel ahora ya legendario cuyo nombre también era Marrakesh y que muchos lo apodábamos el Guarra o el Marra y que se encontraba detrás del Palacio de Bellas Artes, en la década de los ochenta y allí uno se topaba con intelectuales de alta monta, vestidas, artistas, estudiantes, guachos, curas, hijas de familia y fauna nunca vista en cordial reunión y que Juan Carlos Bautista inmortalizó en su excelente poemario "El Cantar del Marrakesh", qué tiempos Dios mío, felicidades, pues, Juan Carlos y Víctor en esta nueva aventura, salucita.

"¿Y qué fue de Bonita Malacón?", una historia de José Dimayuga digna de llevarse al cine

La primera novela de José Dimayuga es digna de llevarla a la pantalla grande, aseguró el biógrafo Rafael Aviña durante la presentación del libro ¿Y qué fue de Bonita Malacón? Como un homenaje al pueblo del estado de Guerrero, a su música, al estilo de hablar de la gente de la región de la Costa, el dramaturgo José Dimayuga presentó en Acapulco su primera novela en el hotel Villa Vera ante poco más de 70 asistentes, el viernes por la noche.El encargado de realizar los comentarios de la novela fue el crítico de cine Rafael Aviña que además de comparar los diálogos de la novela de Dimayuga con los de un guión cinematográfico, refirió los temas abordados por el autor con aquellos del cine de oro mexicano. Postrados en sillones adornados con gasas de color rosa, los asistentes disfrutaron del video que el videasta, José Antonio Cordero dirigió. "Las hermanas Andraca" es el título del video que duró unos 15 minutos y el que el público asistente conoció un capítulo de la novela de Dimayuga en el que las hermanas Maya y Esther contaban, en ocasiones, a manera de chisme la vida del personaje central de la novela: Bonita Malacón. Debido al lenguaje coloquial y propiamente costeño con el que el autor de Afectuosamente su comadre dio identidad a los personajes de su novela, el público asistente rió y se carcajeó por el diálogo que sostenían las hermanas Andraca.“Este libro es un homenaje a esas actrices que algunos han olvidado, pero que yo no he olvidado nunca, un homenaje a mi estado, a mi infancia, al pueblo, a la música, a mi familia; un homenaje a ese mundo que conocí, que está muy presente”, agradeció José Dimayuga en quien se podía percibir una gran alegría por ver a su familia, amigos e invitados a la presentación de su obra. Leyó un fragmento de la novela en el que Pedro Isabel inicia con la trágica e intensa historia de Bonita Malacón. Además agradeció a Víctor Manuel Hernández, a Rahel Ávila, al grupo Arca y a los asistentes por presenciar y disfrutar de su trabajo literario. “Con ustedes me doy cuenta de que Dios existe”, dijo. Por su parte Rafael Aviña leyó un texto con el que compartió su primera sorpresa al leer ¿Y qué fue de Bonita Malacón? fue que el dinamismo de los diálogos de la novela y el “finísimo tacto” del autor para capturar en ellos el ritmo del habla de los habitantes de Tierra Colorada, tierra natal del autor. “De alguna manera, se trata de un homenaje al carácter de sus paisanos, de su gente, a la vez cabrona y a la vez bondadosa, en palabras del propio Dimayuga en una entrevista reciente”, enunció Rafael Aviña. Mencionó que José Dimayuga encarna en su novela al novel periodista que intenta hurgar en la vida del personaje principal de su novela para hacer su “tesis documental”. Aseguró que es, efectivamente, un joven documentalista quien va hilando las historias de los personajes a tal grado que las situaciones de las que es testigo rememoran aquellas vistas en "Lágrimas, risas y amor" que los secretos de los personajes recuerdan aquellas películas del cine negro de los años 40 y 50 como Citizen Kane de Orson Welles. “Es justo en esa dualidad, en esos contrastes provocadores realizados con toda intención, lo que hace tan disfrutable esta novela. Resulta muy inteligente y sutil el trabajo de Pepe Dimayuga porque su novela es un triller, pero también es una novela costumbrista. Hay suspenso pero también humor cruel”, describió. Abundó en que el lector se va formando una idea y apasionando por el retrato oral que distintos personajes hacen de Bonita. Una larga lista de voces narrativas que ofrecen su punto de vista acerca del personaje principal de la novela que fue publicada por editorial Jus. El cine es el gran universo que transforma personalidades como Bonita (…), aseveró el presentador. “En fin, ya se desgreñarán Ana de la Reguera y Ana Claudia Talancón por interpretar a Bonita. Y lo mismo sucederá con Tito Vasconcelos y Jorge Zárate por encarnar a Chabelis. Y es que ¿Y qué fue de Bonita Malacón? no sólo es una novela disfrutable, sino que tiene todo para llegar a la pantalla grande”, concluyó. (Por Karla Galarce. Tomado de El Sur.)