EXPIACIÓN, DESEO Y PECADO.





Déjame decirte que yo también he sido presa de los celos. Hubo un tiempo en que tomaba el celular sólo para preguntarle al novio en turno que con quién diablos se encontraba en ese momento. Y, obviamente, lo harté. A otro galán lo colmé de injurias cuando lo descubrí platicando, cachete contra cachete, con un gordito en una sala de cine. Ganas me sobraban para darle un golpe y mandarlo al hospital. Pero me contuve. Y qué bueno, de lo contrario hoy estaría con la culpa por haberle destruido la cara a un cabrón. ¿Y qué necesidad? Digo esto porque la película que quiero contar tiene que ver precisamente con las decisiones que a veces se toman bajo la influencia de los celos. La peli es inglesa, Expiación, deseo y pecado, (Atonement, 2007), dirigida por Joe Wright, basada en la novela de Ian McEwan.
Quiero primeramente describirte la imagen con que arranca la película; sobre ella aparece el año y el país en que sucede la acción del primer acto, “Inglaterra, 1935”. Ves la fachada de una mansión, desas con mucho ladrillito y  torres en cada esquina. A medida que se aleja la cámara te percatas que la mansión no es otra cosa sino una casa de muñecas. La cámara se aleja más y ves unos animales salvajes, tales como leones, jirafas, changos, rinocerontes; todos son de juguete y muy formaditos parecen salir en estampida de la casa de muñecas con dirección al lugar donde se encuentra Briony (Saoirse Ronan), una jovencita de trece años de edad. Ella redacta ante una máquina de escribir su primer texto dramático. La cámara encuadra a Briony escribiendo el punto final y extrae la cuartilla de la máquina.
Briony está en la edad de la punzada y es escritora; dramaturga, para ser más preciso. Ella es energía y deseo puros como los animalitos que están a sus espaldas. Briony sale de su cuarto y atraviesa la casa para llegar a la recámara de su madre, la señora Tallis, y mostrarle el manuscrito. La señora Tallis le da el visto bueno con halagos, cosa que a Briony la entusiasma y confirma su deseo de montarla con ayuda de sus primos, que ahora se encuentran en casa, y representarla ante su hermano Leon, quien está punto de llegar en compañía de su amigo, un incipiente empresario de barras de chocolate.
Briony tiene una hermana mayor: Cecilia (Keira Knightley). Cecilia y Briony sienten una atracción muy fuerte hacia Robbie (James McAvoy), el hijo de la ama de llaves. Él es de la misma edad de Cecilia; y guapo. Esa misma tarde, poco antes de la llegada del hermano, Briony mira, desde la ventana de su recámara, a su hermana Cecilia que discute con Robbie a la orilla de una fuente del jardín. Ve a su hermana que se desviste y se sumerge al interior de la fuente. Esa imagen llena de intriga a Briony y al espectador también. Más tarde, como en la peli Rashomon, de Kurosawa, la misma anécdota nos será narrada ahora desde otro punto de vista. La razón por la que Cecilia se despoja de sus ropas y se introduce a la fuente es porque el jarrón con flores que llevaba en las manos se rompe, y una oreja del jarrón va a dar al agua; por eso va a por ella ante los ojos atónitos de Robbie. No queriendo la cosa, pues, Cecilia le tira el can al joven, cosa que no le hace ninguna gracia a su hermanita Briony.
Leon llega con el joven empresario; les hacen fiestas de bienvenida y una cena por la noche a la cual es invitado el hijo de la ama de llaves, es decir, Robbie. Robbie se pone a redactar una carta de amor dirigida a Cecilia y termina por escribir dos versiones: una light y otra fuertecita. En la light, le dice lo mismo que dicen todos los mensajes de amor: “Desde que te vi, me enamoré de ti, estás bien bonita, y etecé.” En la fuertecita se le ocurre confesarle a la chica que sueña con besarle su “húmedo y dulce coño.” Y no debió haber escrito dos versiones, porque a la hora de salir de su casa para ir a la mansión de los Tallis, es decir a la casa de Cecilia, cogió no la carta light sino la fuertecita en la que menciona la palabra “húmeda y dulce” que tanto desea besar. El joven cruza los campos verdes británicos y en el camino se encuentra nada más ni nada menos que a la encantadora escritora Briony. Robbie le pide de favor que entregue a Cecilia el mensaje, y la niña le responde que sí, que con mucho gusto y la escuincla morbosa antes de entregarla abre la carta y descubre la confesión prosaica del muchacho.
El joven Robbie toca a la puerta y Cecilia, en un traje color verde y de gran escote en la espalda, corre a abrirle; luego, lo conduce a la bibliotea y allí, contra un librero gigante, se ponen a coger. Se confesaban el amor que siente el uno a la otra cuando se abre de sopetón la puerta y entra Briony quien, entre asustada y resentida, grita: “¡Cecilia!” Cecilia y Robbie se suben los calzones y salen de la biblioteca sin chistarle nada a la chamaca. Briony va a la recámara de sus primos que están de visita y le cuenta a Lola que Robbie es un maniático sexual que se atrevió no sólo a enviarle un mensaje puerco a Cecilia sino que además la violó. Y como si fuera un mal augurio de lo que Briony acaba de contar, a la pobre Lola la violan esa noche en la penumbra del jardín de la casa; y Briony asegura, azuzada por los celos y su vigorosa imaginación, que ella vio con sus propios ojos al violador: Robbie. Un testimonio totalmente falso. Lo que Briony pretende, y lo consigue, es hacerle la vida de cuadros al joven y a su hermana. Esa misma noche a Robbie lo llevan a la cárcel. Y fin del primer acto.
El segundo acto narra las penas que sufre Robbie como soldado en el norte de Francia durante la segunda guerra mundial que, dicho sea de paso, hay un plano secuencia de cinco minutos del ejército inglés después de una batalla a la orilla del mar. Vemos escenas de dolor; pero también de solidaridad entre los soldados.
En el tercer acto nos enteraremos de la vida de Briony como enfermera en un hospital de Londres. Ahora tiene dieciocho años de edad y aún escribe, por las noches en un desván del hospital. Briony ya no es la pequeña caprichosa de una familia aristocrática. Sus rostro ahora se ve compungido, atribulado a razón de la imprudencia que cometió cinco años atrás y que fregó la vida de su hermana y del guapo Robbie. Briony está arrepentida de haber cometido esa falta y quiere expiarla. Busca a Robbie y Robbie le dice hasta de lo que se va a morir. No la perdona. Briony seguirá con la culpa hasta el fin de la película, y más allá.

JULIO DE LEJOS, por José Dimayuga.


En el Café, le dije a Ricardo: “La verdad, a mí nunca me gustó Julio Alemán. Me parecía demasiado urbano y bonito. Bonito como una muñeca de plástico. Siempre me atrajeron los actores que interpretaban personajes con oficios populares: albañiles, carpinteros, obreros. Ricardo le sorbió a su taza de café. Levantó sus grandes ojos azules, y preguntó: “¿Y qué me dices de Los Hermanos de Hierro o El Tunco Maclovio? Allí no aparece precisamente bonito.”  Le digo que no lo recordaba como vaquero, seguramente me dormí cuando fui al cine a ver esas películas; los westerns siempre me dan sueño. “Pero sí, no te lo niego; siento feo que haya muerto Julio Alemán.” Ricardo dijo: “Pero no lo sientes tanto como lo siento yo. Todo el día he andado piense y piense en él. El dolor que me deja es el mismo que experimento cuando se me muere un novio.” Yo solté la carcajada por el tono melodramático que asumió Ricardo.  Hizo una pausa breve, dio un sorbo a su café, y me contó lo siguiente:
   Allá por 1970, en Acapulco existía en plena Costera un Cabaret que se llamaba El Zorro donde artistas nacionales e internacionales daban chou. En El Zorro se presentaron Gloria Lasso, Chavela Vargas, Raphael, entre otros. Julio Alemán se presentó una temporada de cinco días, y se hospedó en la casa donde se alojaban los artistas de El Zorro, ubicada en Costa Azul. A Ricardo le brincó el corazón cuando escuchó en la radio que el actor de cine, Julio Alemán, se encontraba en el Puerto para hacer una larga temporada de presentaciones en dicho cabaret. La simple idea de verlo lo excitó. “No me digas que fuiste a verlo a El Zorro”, le dije. Ricardo dijo que no, pues el Zorro era un cabaret para adultos y no para mocosos como él; en ese entonces Ricardo tenía sólo  trece años de edad. Pero tuvo la fortuna de ver en cueros al galán de cine.“¿Y cómo fue eso?”, le pregunté.
Resulta que la casa de Ricardo se ubicaba justamente frente a la casa que alojaba a los artistas que trabajaban en El Zorro, en Costa Azul. Y la ventana de la recámara de Ricardo daba frente a la alberca donde el artista tomaba el sol de cuatro a cinco de la tarde. Así que, religiosamente, Ricardo, después de llegar de la escuela, se subía a su recámara para presenciar el chou que Julio Alemán realizaba nomás para él.
   A las 4 pm, Ricardo se paraba frente a la cortina de gasa de su recámara para ver la aparición del actor; sabía que no podía ser descubierto, pues del exterior al interior de su recámara no podía percibirse debido a la gasa. El primer día y los subsiguientes cuatro días el actor aparecía descalzo y descamisado en un short blanco y una toalla sobre el hombro. Al punto, colocaba la toalla sobre una poltrona y se quitaba el short para quedar en un traje de baño rojo y ajustado. Ricardo dice que Julio Alemán era dueño de unas nalgas “bien bonitas” y, “ante esa belleza no me quedaba otra que entregarme a los placeres de Onán.”
El actor siempre tomaba el sol solo, nunca acompañado, realizando siempre el mismo ritual: entraba con la toalla, tomaba el sol y se metía en calzón rojo a la alberca; se echaba dos o tres vueltas a nado, salía y desaparecía secándose el pelo por un ventanal corredizo. Pero la última tarde de su día en Acapulco, el actor no salió a tomar el sol. Ricardo se cansó de esperarlo y se fue con sus amigos al cine. Ya en la noche, cuando Ricardo dormía, dice que lo despertó una música de coros y metales que venía de la piscina de enfrente. Ricardo se levantó de la cama y se asomó a la ventana. Abrió la cortina de gasa y vio al actor, nuevamente solo. Tenía en la mano un vaso jaibolero y bebía mientras sonaba un tocadiscos de pilas sobre el piso. El actor se metió a la alberca, luego salió y volteó el disco. Con el vaso en la mano avanzó hacia el barandal que daba a la calle y quedó parado justo a escasos diez metros de la ventana de Ricardo. Ricardo sintió que el corazón se le salía; pero no se ocultó. Julio Alemán ladeó la cabeza como tratando de darle forma a lo que se encontraba en la ventana que tenía enfrente. Ricardo le sonrió y Julio Alemán le respondió con otra sonrisa. El actor levantó el vaso, le dio un trago, y le dijo adiós con un movimiento de mano. Ricardo le contestó con el mismo gesto. Al otro día, a las cuatro de la tarde y ante el mismo ventanal, Ricardo esperó a que la estrella apareciera como solía hacerlo en tardes anteriores, pero de la estrella ni su luz; su estancia en Acapulco había terminado.
   “El chisme no termina allí”, me dijo Ricardo. Quince años después, en una visita que hizo a la ciudad de México, Ricardo caminaba muy campante por la calle de Ayuntamiento cuando frente a él vio venir nada más ni nada menos que a Julio Alemán. El actor avanzaba con cara de preocupación como si en su mente fuera haciendo unas cuentas que no le salían. Pero cuando se cruzó con Ricardo, la mirada del actor hizo contacto con la mirada de Ricardo. Los dos siguieron avanzando. A unos diez pasos, Ricardo se detuvo y volteó hacia la estrella. ¡Y Julio Alemán también había volteado para verlo! Los dos, como hacía quince años atrás, se saludaron ondeando la mano, desde lejos. Se sonrieron; y reanudaron su paso hacia destinos opuestos.

José Dimayuga o la filosofía al borde de un ataque de risa (gay). Por Juan Carlos Moctezuma.


Uno de los planteamientos nodales en materia de filosofía que el ser humano se ha hecho es aquella relacionada con la objetividad- subjetividad.
Desde los primeros pensadores griegos –y quizá desde antes– el dilema del punto de vista sobre el mundo circundante ha sido una de las preocupaciones torales de la mayor parte de las escuelas filosóficas a grado tal que cada una de ellas ha desarrollado, en mayor o menor medida, una fenomenología al respecto.
Sin llegar a un acabado ejercicio del intelecto, los seres humanos todos los días enfrentamos esta disyuntiva que al confrontarla con nuestros pares, casi siempre termina en una discusión: desde una simple fricción conyugal hasta un conflicto político de proporciones bélicas.
La objetividad-subjetividad es parte fundamental de la condición humana y así lo retrata el dramaturgo José Dimayuga en su obra La forma exacta de percibir las cosas, estrenada ayer en las Jornadas Alarconianas en Taxco.
Una pareja gay de hombres maduros que decide pasar una vacaciones en la costa ven transformada su decaída relación con la aparición de un ilustre fantasma: el medico de cabecera de Carlota de Habsburgo, la esposa del emperador Maximiliano.
Paulino, un escritor, y Frank, su asistente, llevan a la costa sus diferencias conyugales tras años de relación, y ahí, en el menos probable de los escenarios, el segundo, especialmente creyente de fenómenos del más allá, conoce al espíritu de Louis Henry y trata de convencer de ello a su pareja.
Eso ocasiona la crispación entre ambos cuando cada uno intenta convencer al otro de sus creencias, situación que llega al límite cuando Paulino conoce al fantasma y tiene una relación cuasi sexual con Louis Henry. A partir de ese momento afloran las dudas, los celos y la insatisfacción de Frank quien decide ponerle fin a la relación de una forma por demás decimonónica: un duelo a muerte que finalmente no lo es. Con esta obra José Dimayuga refrenda su compromiso con un teatro libre y lúdico, sostenido por mordaces diálogos no exentos de humor ácido.
El hecho de que muchos de sus personajes sean homosexuales, no encasilla a su obra como teatro gay. Por el contrario, el autor entiende que la estética, filosofía y moral gay forma parte ya de una nueva sociedad mexicana en la que ya cabe todo.
Lo que si  aprovecha en sus diálogos es la picaresca inherente del libro aún no escrito de la Nueva picardía gay mexicana, que compendia el lenguaje propio de la comunidad LGBT y que es una mina de humor sexoso, corrosivo e irreverente.
Uno de los actores fetiche del dramaturgo, Enrique Caballero –la otra es Malena Steiner–, interpreta sobriamente a un centrado Paulino que ve las cosas desde una perspectiva analítica. Por el contrario, el debutante Miguel Ángel Sotelo –toda una revelación tomando en cuentas que es un artista plástico metido a la actuación, suponemos que por alcahuetería del dramaturgo–, da vida a un personaje siempre al borde. Ese contraste entre ambos es el motor de esta comedia con tintes Woodyallenescos y Almodovarianos que confirma la vigencia de uno de los autores teatrales más relevantes del estado de Guerrero. Y eso que no sabe de filosofía.
(Publicado en El Sur, Acapulco Gro., 22 de mayo, 2012.

LA FORMA EXACTA DE PERCIBIR LAS COSAS, de José Dimayuga.


En el marco de las XXV Jornadas Alarconianas, en la ciudad de Taxco, Gro., se presentará la obra de teatro:

La forma exacta de percibir las cosas 
Dramaturgia y Dirección: José Dimayuga 
Clasificación: B
21 de mayo
Actores: Enrique  Caballero  y  Miguelangel  Sotelo
Asistente de Dirección: Noelia Agüero

Frank  y  Paulino  tienen  55  años  de  edad.  Los  dos  están  casados.  Pasan  sus  vacaciones  en  Puerto  Ventura.   En   el   búngalo   que   rentan,   en   la   playa,   Frank   ve   un   fantasma   y   se   hacen   amigos.   Paulino   no   lo   cree  y,  días  después,  lo  conoce  despertando  los  celos  de  Frank.  El  fantasma,  de  nombre  Louis  Henry,   será causa de que el rumbo de las vidas de Frank y Paulino cambien radical y definitivamente. La complejidad  de  las  relaciones  amorosas,  los  celos,  la  rivalidad  son  temas  que  se  abordan  en  esta  obra   con  tintes  de  comedia  y  farsa.

ZOMBI


Sueño que se me acerca mi amigo Marco y me saluda. Lo noto alegre porque me ve después de muchos años. A mí más bien me sorprende porque sé que ya se murió. Entonces, ¿no ha muerto? Me acuerdo de cuando éramos grandes amigos y siento una profunda nostalgia. Le digo que hacía tiempo que no lo veía. ¿Qué has hecho? Él sonríe. Caminamos. Alguien me dice que debe tratarse de un zombi y la manera de descubrir a un zombi es mirándole los puños y el cuello de su camisa. Si están sucios es un zombi. Miro los puños y el cuello y, sí, están bien puercos. Marco es un zombi. Qué  miedo. Entre la frente y el pelo le noto unas puntadas ocultas bajo un maquillaje mal aplicado. La camisa la tiene abierta; debajo usa una playera que tiene un número impreso que puedo leer con claridad: 1999. Y pienso: ¿Por qué tiene una fecha de 1999 si Marco murió en 1991? ¿Cómo consiguió esa playera? Me aparto de él y camino calle abajo. El corazón lo tengo muy acelerado. El camino no es de pavimento; es de lodo. La mejor forma de avanzar es patinando. Me deslizo como un surfista sobre el lodo, y llego a una especie de cancha de basquetbol, abandonada. Y vuelvo a encontrar a Marco. Pero ahora es mujer. Conversa animada con otras dos chicas y pienso que las tres son putas. Visten y calzan como putas: de mucho tacón y vestido ajustado.