Presentación del libro AFECTUOSAMENTE, SU COMADRE.

(Foto: Diane Arbus)

Este jueves 25 de febrero se presentará mi libro Afectuosamente, su comadre (ed. Quimera), a las 19:00 hs., en el salón B seis, del Palacio de Minería. Los comentarios estarán a cargo de Sergio Zurita y Antoine Rodríguez. Moderador: Sergio Téllez Pon. ¡No faltes!

TE INVITO A MI FIESTA



Resulta que la editorial Quimera, encabezada por Sergio Téllez-Pon, celebrará mi quinta década de vida en la actual reencarnación cosa que, mentiría si lo negara, me tiene nerviosito, feliz, agradecido, apenadillo. Sí, ando como con penita por aquello de que nunca me hicieron fiesta de chamaco ni yo tampoco me los celebro cada vez que cumplo años. Además, eso de homenaje sólo lo escuché en las ceremonias cívicas de las escuelas o cuando se le reconoce con honores a una personalidad política, científica, rocanrolera o etecé. No soy la bandera ni mucho menos Octavio Paz, pero Sergio dice que se me va a homenajear. Ándale, pues.
Como ya son dos amigos los que me han preguntado por la fecha, mejor aquí pongo las actividades de la editorial Quimera dentro de las cuales se encuentran la presentación de mi libro "Afectuosamente, su comadre", que la mencionada editorial me publica, así como mi humilde homenajón.
Todo aquel que lea este post está cordialmente invitado.

(Perdona lo chiquito de la letra, pero no supe cómo solucionar el tamaño.)

ACTIVIDADES DE LA EDITORIAL QUIMERA EN LA XXXI FERIA DEL LIBRO, 
EN EL PALACIO DE MINERÍA, MÉXICO D.F.


TODOS los títulos de Quimera ediciones estarán a la venta en el STAND 1300





*Mesa redonda. Literatura gay.

Participan: Michael K. Schuessler y Sergio Téllez-Pon.

Jueves 18 de febrero de 16:00 a 16:45 hrs. AUDITORIO CUATRO.


*Mesa Redonda. Literatura lésbica.

Participan: Odette Alonso, Sandra Lorenzano y Marielena Olivera
Modera: Sergio Téllez-Pon

Viernes 19 de febrero de 15:00 a 15:45 hrs. AUDITORIO UNO, SOTERO PRIETO.


*Mesa redonda. Editores de alto riesgo.

Participan: Geney Beltrán Félix (Páramo ediciones), Sergio Téllez-Pon (Quimera ediciones) y Alfredo Núñez Lanz (Textofilia ediciones).

Modera: Ricardo Sánchez Riancho

Viernes 19 de febrero de 18:00 a 18:45 hrs. SALÓN DE LA ACADEMIA DE INGENIERÍA.





*Homenaje a José Dimayuga por sus 50 años. Mesa redonda y lectura dramatizada de una de sus obras.

Participan: José Joaquín Blanco, Luis Zapata y el autor.
Modera: Sergio Téllez-Pon

Viernes 19 de febrero de 19:00 a 20:45 hrs. ANTIGUA CAPILLA.





* Presentación de libro. Habitación en Roma, de Jorge Eduardo Eielson.

Martes 23 de febrero de 16:00 a 16:45 hrs. AUDITORIO CUATRO.


*Presentación colección. Quaderna: Espejos de bolsillo, de Oscar Wilde; 300 aforismos, de Ricardo Nicolayevsky y Aluvión de pensamientos inútiles y sublimes, de Juan Carlos Bautista.

Presentan: Los autores y el traductor
Modera: Sergio Téllez-Pon

Jueves 25 de febrero de 14:00 a 14:45 hrs. AUDITORIO TRES.





*Presentación de libro. Homenaje a José Dimayuga por sus 50 años. Afectuosamente, su comadre, de José Dimayuga.

Presentan: Antoine Rodriguez, Sergio Zurita y el autor.
Modera: Sergio Téllez-Pon

Jueves 25 de febrero de 19:00 a 19:45 hrs. SALÓN B SEIS.

MIS CINCO LIBROS

Nadir Chacín  me pidió que le enviara cinco títulos que habían marcado mi vida, pues los montaría, junto con los cinco de otros escritores, en el blog de la editorial Jus. Se los mandé y ahora los subo al mío. Siento cierto pesar por los autores que quedaron afuera cuyos libros recuerdo con mucho cariño. En fin, así es esto de las encuestas.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Manchas, de Miguel de Cervantes Saavedra. Alonso Quijano, a sus cincuenta años de edad, pierde el juicio de tanto leer libros de caballería; se viste, como Dios le da a entender, a la usanza de los caballeros andantes; adquiere el nombre de Don Quijote de La Mancha; abandona casa, ama, sobrina; consigo se lleva a su vecino Sancho Panza como escudero, y ambos protagonizan las más disparatadas aventuras. Este es un libro que amo, y leo cada año por una sencilla razón: me hace de veras feliz.
Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Lo leí en mis años universitarios. Me gusta Emma Bovary por su constante insatisfacción. No es feliz en el pueblo; quisiera vivir en algún palacete de la Ciudad Luz y vestir a la moda. Tampoco está a gusto con su marido. Empieza a adquirir costumbres mal vistas en el pueblo; por ejemplo, se hace de un amante, León, de quien se enamora perdidamente. La suegra se entera y una vez le grita a Emma: “Lo que pasa es que eres una romántica”. Lo dice de tal forma que suena como un insulto, pero Emma no se inmuta. La señora Bovary apuesta por su libertad, una libertad que ejercerá hasta sus últimas consecuencias.
La vida en México, de Fanny Calderón de la Barca. Gracias a las cartas que Fanny enviaba a sus familiares de Boston, uno conoce el interior de los teatros, las iglesias, palacios y conventos del México de 1840. Ella anota sus impresiones sobre la política, religión, urbanismo y algunos detalles que mueven a risa; por ejemplo, cuenta que le gustaba caminar, pero en la capital mexicana no existen calles para tal ejercicio, como en París o Londres. Así se explica porqué las mujeres del nuevo mundo son tan jamonas. Con este comentario se ganó la animadversión de las mexicanas.
La Marquesa de Larkspur Lotion, de Tennessee Williams. Todo Tennessee Williams me gusta: relatos, dramaturgia, memorias. De su teatro me fascinan sus mujeres: surianas insatisfechas, alcohólicas algunas, piradas la mayoría. La Marquesa… es una obra de teatro corta cuya protagonista asegura que desciende de los Habsburgo; pero la pobre vive en un cuarto infestado de cucarachas. Por no pagar la renta, la casera la confronta para exigirle el pago. La Marquesa, nerviosita, explica que en cuanto le llegue el dinero procedente de sus sembradíos de caucho en Sudamérica, saldará su deuda. La casera explota y le grita su precio; no cree el cuento de que sea una hacendada, y sugiere que el oficio de su inquilina es el de ramera. “¡Usted es La Marquesa de Larkspur Lotion!”, le dice. Esta loción Larkspur servía para matar ladillas.
El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata. Hace treinta años compré este libro pensando que se trataría de un vampiro rondando las calles del D.F. Mi sorpresa fue grande cuando descubrí que el protagonista era un cuate gay, o “de ambiente”, como se decía en los setenta, y hablaba de sus ligues, sus novios, su sexualidad con el mayor gozo y desparpajo del mundo. Con este libro, Zapata se propone revitalizar la novela picaresca y, al mismo tiempo, posiciona en la letras mexicanas al personaje homosexual; un homosexual sin sentimiento de culpa ni pecado, un personaje que desenmascara la doble moral de una sociedad machina.  

¿PUEDO ASEAR EL CUARTO?*





PERSONAJES


RECAMARERA 1
RECAMARERA 2


La escena sucede en un cuarto de hotel.

RECAMARERA 1
¿Qué haces allí parada?
RECAMARERA 2
¿Cómo qué haces? Pues esperándote.
RECAMARERA 1
¿No quedamos que cuando regresara, tú lo ibas a sacar?
RECAMARERA 2
¿Yo sola? Dijiste que traerías a don Marco para que nos eche la mano.
RECAMARERA 1
¿Cómo crees que voy a traer a Marco? ¡Se enteraría de todo!
RECAMARERA 2
Eso fue lo que dijiste.
RECAMARERA 1
¿En qué cabeza cabe?
RECAMARERA 2
Dijiste que es de tu confianza.
RECAMARERA 1
Yo no confío ni en mi sombra, quiero que sepas. ¡Mucho menos en Marco!... No sé para qué te hice caso. Debí realizarlo yo sola. Yo, y nadie más.
RECAMARERA 2
Pues ya lo hicimos las dos.
RECAMARERA 1
Tenemos que hallar una solución.
RECAMARERA 2
Pero no así.
RECAMARERA 1
¿Qué quieres decir?
RECAMARERA 2
Pues que estás muy nerviosa; me hablas golpeado. Así no se pueden hallar soluciones.
RECAMARERA 1
¿Y qué, me pongo a cantar?
RECAMARERA 2
¿Ya viste?
RECAMARERA 1
Tienes razón.
RECAMARERA 2
Hay que esperar a que llegue la noche. Así nadie nos verá.
RECAMARERA 1
¿Estás loca? No podemos esperar la noche. La habitación tiene que ocuparse, a más tardar, a las dos de la tarde.
RECAMARERA 2
Tenemos como una hora entonces.
RECAMARERA 1
Tengo la boca reseca. Y las manos heladas.
RECAMARERA 2
Échate un trago.
RECAMARERA 1
Gracias. ¿De dónde sacaste este alcohol?
RECAMARERA 2
Lo encontré en el frigo.
RECAMARERA 1
¿Qué más había?
RECAMARERA 2
Nada más. Miento. Estaban estas pastillas.
RECAMARERA 1
A ver, tráelas. ¿Para qué serán?
RECAMARERA 2
Sepa. Deben ser para dormir. Sufría de insomnio.
RECAMARERA 1
¿Por qué lo dices?
RECAMARERA 2
Todas las noches estaba la luz prendida. Señal de que no podía dormir.
RECAMARERA 1
Pasabas de noche frente a la puerta.
RECAMARERA 2
No.
RECAMARERA 1
¿Lo espiabas?
RECAMARERA 2
¡No!
RECAMARERA 1
Entonces, ¿cómo sabes que la luz estaba prendida?
RECAMARERA 2
La veía desde la calle.
RECAMARERA 1
¿Te parabas en la calle para ver la habitación?
RECAMARERA 2
¿No estás exagerando? Me estás haciendo muchas preguntas.
RECAMARERA 1
Hay que pensar en todo. El día de mañana, Dios no lo quiera, si nos interroga la policía va a hacernos un chorro de preguntas.
RECAMARERA 2
Preguntas como cuáles.
RECAMARERA 1
Ahora te veo más imbécil que nunca. ¿Viste si ya le drenó?
RECAMARERA 2
No sé.
RECAMARERA 1
¿Cómo no sabes si te dejé aquí?
RECAMARERA 2
No me he asomado.
RECAMARERA 1
¿Se moverá?
RECAMARERA 2
Eso menos lo sé.
RECAMARERA 1
No te preguntaba. Pensaba en voz alta. Guardaste el dinero, supongo.
RECAMARERA 2
Sí.
RECAMARERA 1
¿Y las tarjetas?
RECAMARERA 2
¿Cuáles tarjetas?
RECAMARERA 1
Las del banco.
RECAMARERA 2
No tenía.
RECAMARERA 1
¿Cómo no tenía si vi que pagaba con ellas en el restaurant?
RECAMARERA 2
No, no tenía. Tampoco quiero que inventes que me las escondí. Escúlcame.
RECAMARERA 1
¿Joyas?
RECAMARERA 2
Un reloj, dos teléfonos y un anillo. Mira. Está bonito, ¿verdad?
RECAMARERA 1
¿Se moverá?
RECAMARERA 2
¿El reloj?
RECAMARERA 1
¡Claro que no, babosa!
RECAMARERA 2
Yo pienso que no.
RECAMARERA 1
Asómate.
RECAMARERA 2
Asómate tú.
RECAMARERA 1
Voy a entrar al baño. Lo haré de espaldas. No quiero ver.
RECAMARERA 2
Yo que tú…
RECAMARERA 1
¿Tú que yo, qué?
RECAMARERA 2
No, nada. A lo mejor la habitación aún no la rentan. Ya ves que es temporada baja.
RECAMARERA 1
Aún se mueve.
RECAMARERA 2
¿Lo viste?
RECAMARERA
No quise abrir los ojos. Palpé su barriga con el talón. Y… sentí que se movió.
RECAMARERA 2
No puede ser.
RECAMARERA 1
Estoy segura de que se movió.
RECAMARERA 2
¿Y ahora?
RECAMARERA 1
Eso mismo me pregunto. ¿Ahora qué diablos hacemos?
RECAMARERA 2
¿Qué horas son?
RECAMARERA 1
No traigo reloj.
RECAMARERA 2
Te acabo de dar uno.
RECAMARERA 1
Cierto. Son… Falta media hora para las dos. ¡Uta, madre!
RECAMARERA 2
Hay que echarle el montón de sábanas encima para que se ahogue. Luego, echamos el bulto al carrito. Así lo sacamos del hotel. Nadie se dará cuenta.
RECAMARERA 1
Y las sábanas quedarán manchadas.
RECAMARERA 2
Yo me encargo de echarles un cerillo. Nadie se enterará.
RECAMARERA 1
Eso crees. Por una de las dos, tarde o temprano, se van a enterar.
RECAMARERA 2
Yo te juré que a nadie se lo voy a contar.
RECAMARERA 1
Jurar no es suficiente.
RECAMARERA 2
¿Desconfías de mí?
RECAMARERA 1
Yo no confío ni en mi sombra, ya te dije.
RECAMARERA 2
De esta boca no saldrá nada.
RECAMARERA 1
No beses la cruz, babosa.
RECAMARERA 2
¿Puedo prender un cigarro?
RECAMARERA 1
No.
RECAMARERA 2
No debimos haberlo hecho.
RECAMARERA 1
Pero ya lo hicimos.
RECAMARERA 2
Yo… Yo no quería.
RECAMARERA 1
No te rajes.
RECAMARERA 2
¡Yo no quería! ¡No quería!
RECAMARERA 1
Te callas o te rompo la cara. Ahora la que grita eres tú. Coge las sábanas y entremos.
RECAMARERA 2
Tan fácil que era estar como antes.
RECAMARERA
Tan fácil, ajá.

FIN
*Esta obra corta forma parte del proyecto "Jardines de California. Treinta textos breves para actores de bajo presupuesto", y aparece en el número 161-162 de la Revista Tierra Adentro, a la venta en librerías de la República Mexicana.

LOS SUEÑOS DE JOSÉ

Pensé que me estaba ligando porque así sin más, dijo: “Está sabroso el sol. Hasta se antoja estar tirado en la playa tomando una chela.” “Sí, ¿verdad?”, fue lo único que dije. No tenía ganas de platicar. Nunca me dan ganas de hablar con taxistas. Pero él, terco: “Además no hace calor, el clima está bueno.” Suspiró. Giré mi cabeza hacia el lado izquierdo para verlo, y me di cuenta de que no era feo. Tenía un bigote bien cortadito como de actor de los años cuarenta. Volteó a verme y sonrió. Ahora descubría que no sólo de perfil era guapo, sino que de frente también. Me preguntó si iba a la playa. Contesté: “Voy a Acapulco a comprar croquetas para mi gato”. Comencé a ponerme ligeramente nervioso. Vi de reojo su pecho y de pronto me imaginé metiéndole mano con el propósito de apretarle una tetilla. “¿Usted es de Palma Gorda?”, preguntó. Le dije que sí, “pero muy chavito me fui a vivir a México, en 1972”. El dijo: “¡Uuuuh, el año en que nací!” Yo me reí para sacudirme un poco la nerviolera. Miré sus muslos: gruesos, fuertes, estrechados por unos jeans descoloridos. “¿Usted también es palmagordeño?”, le pregunté. Me dijo que trabajaba en el sitio de taxis de allí, pero él era de El Ocotito. “Los del Ocotito no nos quieren”, le reproché. Él soltó una risotada: “¿Por qué dices eso?” Me estaba tuteando. Le dije: “Porque cuando mis amigos palmagordeños y yo éramos chavos acostumbrábamos ir en bola a la discotéc Lucero, del Ocotito; entonces los ocoteños siempre nos echaban bronca. A mi hermana sus paisanos le hicieron un chipote con una tecate que le aventaron en la cabeza.” Él arrugó sus ojitos pestañudos, y dijo: “No me digas. Ay, eso no se hace.” “No se hace, pero a mi hermana sí se lo hicieron.” “Pero ahora las cosas han cambiado. Queremos mucho a los palmagordeños. Oye, ¿y a qué te dedicas?” “Escribo. Me dedico a escribir.” Exclamó: “¡Qué bien! Eso es muy bueno. O sea que te gusta leer. A mí también me gusta la literatura. Hay gente que ve la literatura como un terreno yermo del cual no se puede sacar provecho. Pero para mí es como un terreno que esconde una gran veta de oro; la cosa es saber explorarlo para disfrutar su riqueza.” Yo le dije que estaba de acuerdo con lo que decía y cómo lo decía. Confesó que una de sus materias favoritas en la secundaria había sido la clase de español, porque le daba herramientas para enamorar a sus compañeritas. Agregó que fue muy bueno en oratoria y declamación y, sin decir “agua va”, declamó un poema larguísimo titulado “Vivir muriendo” cuyos versos contaban la historia de dos hermanos: uno era Bueno; el otro, Malo, y bien drogo. El drogadicto, bajo los efectos del vicio mata a un hombre, pero quien asume la responsabilidad es el Bueno, de tal forma que lo llevan al bote y, cuando están a punto de fusilarlo, el hermano Malo corre hacia el lugar donde van a fusilar al Bueno, pero ya es demasiado tarde porque mientras confesaba su pecado a la tira, se oyen las detonaciones del pelotón y el hermano Bueno muere. El Malo se arrepiente con gran llanto y se convierte al cristianismo. El taxista hizo una pausa. “¿Qué te pareció?”, me preguntó con los ojos llorosos. “¡Puf! Es un superdramón; qué bárbaro. ¿Quién es el autor?”, le pregunté. “El autor es Josmar Flores.” “¿Josmar Flores?... Pues no, no lo conozco.” Entonces, él replicó: “¡Sí debes conocerlo! Últimamente creció su fama porque… pues, secuestró un avión en Cancún. Amenazó con explotar una bomba.” “¡Ah, sí claro! Y no llevaba  una bomba, sino unas latas de jugo Jumex con unas lucecitas encendidas.” Él dijo: “Así es. Él escribió muchas canciones cristianas y poemas que yo me sé de memoria.” “¿O sea que usted es cristiano?” “Sï.” Yo levanté la voz: “¡Ese Josmar está loco!... ¿Usted cree que es correcto secuestrar a ciento cincuenta personas? ¡Ese día mantuvo a cien millones de mexicanos con el Jesús en la boca!” “No, no es correcto. No sé qué le pasó. Yo me saqué de onda. Esa noche del secuestro, prendí la televisión y agarré el noticiero ya avanzado, pero alcancé a ver a Josmar, y me dije: ‘ah, chirrión, creo que ése es Josmar.’ Pero no escuché de qué se trataba, así que al otro día esperé el noticiero de la mañana y entonces me enteré del incidente; le grité a mi mujer: ‘¡Ven, mira lo que hizo Josmar!’ Mi mujer no podía creerlo. También la mujer de Josmar se veía consternada, porque cuando la entrevistaron tenía cara de no dar crédito. Yo no sé qué le pasó, porque él vivía muy bien, no tenía necesidad de hacer esas cosas. Él vendía muchos discos. Fíjate que cuando mi mujer y yo lo vimos cantar en una convención en Cuernavaca, se nos rodaron las lágrimas de la pura emoción. Yo y otros más, al final de su participación, le compramos discos. Y luego me entero que secuestra un avión. Yo pienso que recayó en las drogas que consumió de chavo cuando vivía en Bolivia; o su cerebro quedó averiado. Hay una canción de él que me gusta mucho, y dice así.” El taxista cantó una canción cuyo estribillo decía: “Ni los monos son homosexuales, ni las monas rameras.” Tuve que interrumpir su número musical porque ya era hora de bajarme del taxi. Le dije: “Aquí me bajo, en el Aurrerá de Las Cruces.” Condujo el auto a la orilla y poco antes de bajarme, me dijo: “¿Cómo te llamas?” Le contesté: “José. ¿Y usted? “Jacob, mi nombre es Jacob. ¿Conoces la historia de José? José, el soñador: viene en el Genésis. Él tuvo tres sueños. ¿Por qué no nos vemos para contártelos?” “Okey, yo te busco”, fue lo último que le dije.
Pero no pienso buscarlo. No quiero saber de sueños de ningún José.

EL JARABE DE LA MADRECITA

Yo no sé qué gusto le halla mi hermana Nancy en visitar a curanderos de todo tipo. En esta ocasión me llevó a Chilapa a consultar a una madrecita que cura. Ayer, a las seis de la madrugada, Nancy tocó a la puerta de mi cuarto para decirme que me apurara pues a las siete era la cita, en el Jardín, con el chofer y los pasajeros con quienes iríamos a Chilapa. A las siete en punto ya nos esperaba una combi. Pero salimos de Palma Gorda a las siete treinta, ya que una pasajera que venía de Las Mesas venía retrasada. Pero esta pasajera llegó con otras dos señoras. El chofer les dijo que la combi sólo tenía capacidad para diecisiete personas. Dos pasajeros se compadecieron de las meseñas y resolvieron quedarse en Palma Gorda, pues una de las meseñas estaba impedida de la vista. La cieguita y sus dos acompañantas subieron a la combi, y no habían pasado dos minutos cuando a una de las pasajeras le entraron ganas de hacer  la chis; pero el chofer, de la manera más amable le pidió que se las aguantara, pues ya era muy tarde, y que más adelante podría hacer sus necesidades. Y así fue, en la gasolinera de Buenavista, la combi se paró y allí pudo bajar media combi para que vaciara sus aguas. Yo iba muy emocionado a Chilapa, porque no había ido desde que mis hermanos estudiaban allá, en los internados de monjas y sacerdotes, el Carrillo Cárdenas y el Morelos, a finales de los años sesenta. De Chilapa recordaba el Jardín Central, que hoy le llaman Zócalo, y sus árboles frondosos; también de sus casonas de techos altos de dos aguas cuyas tejas tenían musgo y matitas parásitas debido a la humedad del lugar. Hoy día no existen esas construcciones; en su lugar se levantan unas de cemento con pretensiones de modernidad. Antes de llegar con la monjita que cura, pasamos al mercado a desayunar. Había mole con pollo, enchiladas, empanochadas, atole, chocolate pero que no comí porque la cazuela de mi pozole era tremenda.
   Las primeras que pasaron con la monjita fueron mi hermana y su hija. Después, yo. Y me sorprendió que la monjita no estaba vestida con hábito de monja, que es como yo me la imaginaba. Le calculé unos cincuenta y cinco años de edad y estaba metida en unos pantalones de gabardina beige, una blusa de algodón blanca, y un paliacate desteñido amarrado a su cabeza. Su indumentaria me recordó a las chinas bajo el régimen de Mao Tse-tung; incluso miré las paredes para ver si veía un póster de Mao o del Che. Pero no, estaban pelonas; sólo colgaba un cuadrito donde San Miguel blandía una espada sobre Luzbel. En cuanto me vio entrar, la monjita me pidió que depositara mis monedas, cinturón y celular sobre su escritorio. Tomé asiento y como no me preguntó mi nombre ni sobre mis males, comencé a decirle: “Soy una persona nerviosita y tengo un sueño accidentado.” Ella no puso aprecio a lo que dije. Cogió una varita de cobre, de unos treinta centímetros de longitud, avanzó hacia mí y la puntita me la puso ora en mi panza, luego en mis riñones, después en los pulmones hasta que recorrió mi cuerpo como buscando el tesoro de mis achaques. En seguida puso sobre el escritorio seis botes de plástico que contenía, cada uno, un litro de un líquido oscuro. Me pidió que cogiera uno a uno mientras volvía a colocar su varita en diversas partes de mi espalda. Dijo: “A ver, vuelve a agarrar esa que acabas de agarrar.” La cogí, y dijo: “Ésa mero es. Alcánzamela.” Cogió el bote mientras decía: “Estás muy bien de salud. No tienes nada grave.” “Sí; yo me siento fuerte, le dije; mi único mal es que tengo un sueño malillo.” Ella dijo: “Con este bote te vas a sentir muy bien. Te tomas una cucharada en la mañana; y otra cucharada en la noche.” No le pregunté de qué estaba compuesto ese brebaje, pues ella tenía un modo muy golpeado de hablar. Cogí mi bote y pregunté: “¿Cuánto le debo, madre?” “Lo que sea tu voluntad.” Así de rápida fue la consulta.
   Ya cuando nos encontrábamos caminando por el Zócalo de Chilapa. Nancy me contó lo siguiente: “Sí, José, la madrecita es de pocas palabras. La primera vez que vine a consultarla, le pregunté qué es lo que yo tenía. Y ella, con voz cortante dijo que no acostumbraba a hablar de los males ni a revelar el contenido de los jarabes que prepara. Yo le alabé las facultades que Dios le había otorgado para sanar al prójimo. Y entonces ella sintió confianza para contarme partes de su vida. Dijo que, tanto su padre como su abuelo tenían el don de sanar con hierbas; desde chamaquita aprendió el nombre de las plantas medicinales y su utilidad para atacar los males de la gente. Con el paso del tiempo se hizo monja y la orden a la que ella pertenecía la envió a Ayutla para asistir a un médico. Ella, al ver que el galeno no se daba abasto para atender la lista larga de enfermos humildes, le confesó lo siguiente: “Yo quiero aprender a sanar.” El doctor, ni tardo ni perezoso, le puso en las manos un libro grueso de más de un millar de páginas, con hartas letras y fotos de gente a punto de pudrirse. Llena de asco y aburrición, abandonó el libro y se fue como asistente de otro médico de origen japonés quien le enseñó a utilizar la varita de cobre y ella aprendió a usarla y a recetar, no con alopatía como lo hacía el nipón, sino con brebajes que ella aprendió por vía paterna. La monja regresó a Chilapa y comenzó a recetarles a sus hermanas conventuales; después, a vecinos, y más tarde a todo aquel que le solicitara ayuda. Y vieras qué buena es, José. A mí me quitó una bola que me salió en la chichi; a mi papá le quitó el dolor de huesos; mi mamá ya no sufre por la vesícula, y a Martha le borró una cicatriz que le dejaron en la nalga los colmillos de un perro.”
   Hoy he tomado mi primera cucharada del Jarabe de la Madrecita, y espero volver a mis noches de dulces sueños.

PARA QUE NO LO OLVIDE

Al abrirse la puerta del ascensor, un señor de calva brillosa como zapato recién boleado, me dijo: “Aquí es el primer piso”. Salí, y a la primera secretaria que me encontré, le pregunté; “Disculpe. ¿Dónde es Tierra Adentro?” Ella contestó: “Al fondo a la derecha, pregunta por Lourdes”, su boca dibujó con tal exageración el ou de “Lourdes” que parecía soltar un beso. Me conduje por el pasillo, di vuelta a la derecha, y detrás de un escritorio descubrí a una mujer pequeñita, sentada (¿o parada?) detrás de un escritorio. Me miró con una expresión de “¿qué se le ofrece, joven?” “Busco a Lourdes”, contesté. Ella dijo. “Esa soy yo; díme.” Entonces, le conté que me encontraba en CONACULTA porque quería comprar unos ejemplares de un libro que Tierra Adentro me publicó hace muchos años. “¿Cuál es el título y tu nombre?” “Afectuosamente, su comadre. Y mi nombre es José Dimayuga.” “¿Dima qué?” “Dimayuga, con D de diente e igriega.” Ella se acercó a la pantalla de su compu mientras repetía como un mantra mi libro y apellido.” Levantó la mirada, y dijo: “Ay, fíjate que no lo tengo. Pero déjame ver si lo tiene Inesita.” Y al punto pegó la carrera hacia el fondo del pasillo, dio vuelta a su izquierda, desapareció para luego aparecer corriendo hacia mí. Dijo: “Ay, fíjate que no lo tiene, la malvada”, y siguió corriendo a lo largo de otro pasillo, desapareció y volvió a aparecer corriendo hacia mí para decirme: “¡Ay, tampoco Mayra lo tiene! Pero déjame preguntar a bodega:” Cogió el teléfono, marcó y preguntó si tenían tal libro de tal autor. Guardó silencio, se mordío el codito de su dedo índice mientras decía; “Ay, no me digas, no me digas. Besos, bay.” Lourdes, me miró, y dijo: “Me dice Pablo que ya no hay en bodega. Pero ven, acompáñame.” La seguí, y nos metimos al despacho de “la licenciada”; entendí que “la licenciada era su jefa”. Me mostró un librero donde vi bien formaditos toda la serie de Tierra Adentro. “El tuyo debe estar atrás de esos”, dijo. Quité dos pilas de libros y sí, tenía razón, allí vi un ejemplar de Afectuosamente… “!Híjoles, el único, qué padre!,” exclamé emocionado. Entonces Lourdes dijo: “Ajá, es el único. Pero no te lo puedes llevar.” “¿Por qué?”, le pregunté. “Es que es de la colección de la licenciada, ¡y si te lo llevas se me va a armar!” “Que mala onda. ¿Pero me dejas tomarle una foto?” Ella asintió con un movimiento de cabeza mientras se mordía el codito de su dedo índice. Después dijo: “Ponlo sobre el escritorio para que tengas luz.”

Saqué mi celular, y le tomé la foto a un libro que quise mucho, y la posteo aquí para que no lo olvide.