AMARILLO

El aguacero no me impidió llegar al teatro El Milagro, hoy fue el penúltimo día de Amarillo, una obra que me recomendó Irving y Eloy, cosa que les agradezco porque me gustó, nos gustó a los setenta espectadores que presenciamos el testimonio de Juan, es decir de Pedro o Paco o José o nadie, “Yo soy Nadie”, dijo el actor principal, Raúl Mendoza, que le da vida a Nadie y a Todos los que arriba mencioné y que salen de Guerrero, Michoacán, Oaxaca o Guatemala, atraviesan la república para llegar a la frontera, “¿y qué es la frontera?”, la cicatriz, la boca del laberinto, el infierno que es el desierto, el comal, me acordé de Comala, en donde las lágrimas se secan pus ni cómo llorar, cómo orinar si los conductos se secan ni qué tragar si ya no salivan las glándulas de Pedro, Juan, Paco, Nadie y Todos los que presenciamos, y yo sentí que la boca se me secaba de tanto desierto que veía en escena, de tanto sol y arena en los ojos, extrañé una botellita de agua, ni cómo abandonar mi butaca y llevarme a la boca el bidón, ¡con tantos bidones en el escenario y yo sin poder beber!, tampoco pueden Pedro, Juan, Todos Los Sedientos que interpretaba Raúl Mendoza, había bidones sembrados en el desierto, pero Nadie agonizaba sin morirse, qué horrible es morir de sed, finalmente fallece en parte porque se vuelve fantasma, un sueño, apenas murmullo, para regresar a su pueblo, a sus orígenes y así referirnos su historia, el comienzo de su vida, jeje, si vida puede llamarse a lo que vivió en su pueblo, una cuadrilla refundida en la sierra guerrerense, en la selva chiapaneca, o del devastado altiplano, no importa, todos los jodidos vienen del mismo pueblo, deste pueblo proviene Nadie, sediento de oportunidades, de sueños, los recuerdos de Nadie en su pueblo, tan colorido por las faldas de las muchachas, por el grito y la sangre de los puercos, y le dice a su novia que se va y comienza su viaje hacia arriba, siempre hacia arriba, trepando trenes en plena marcha, trepando cerros, trepando bardas, la Gran Barda porque le urge llegar a Amarillo, el poblado de Texas, no el camino amarillo de Dorothy que la lleva a Oz, no, Ricardo, Paco, Toño, Luis, los que cruzan frente a nosotros van solos, que se los chinguen los francotiradores por hambrientos, y cruza Nadie enfrente como un puto sueño desierto se nos instala en la garganta, no podemos hacer nada, apenas arrellanarnos en la butaca por lo que pasa, ¡que ya pase!, la Odisea del Ulises prieto en el mar amarillo sin patria ni retorno, “¡Bravo!”, gritamos algunos en la ovación final y todos, yo, acabo conmovido confuso por la historia de Nadie, por las bailarinas, el actor y el cantante, por ese fenómeno de maravilla amarilla: multimedia, danza, teatro, música, qué gusto haber ido, la lluvia continuaba afuera, ¡ay, el agua!, y Amarillo quedaba en el Milagro, en la memoria, en el Norte dicen que se localiza donde Juan, Toño, Salomón, atraviesan con solo un bidón, ojalá que aguante, ojalá que aguante, ojalá…

NAPITO

Los textos dramáticos son como las personas; unos nacen con estrella y otros no. Hay textos por los que uno siente cariño, pero no corren con la suerte de que se publiquen o se monten; otros, aún no acaba uno de ponerles el punto final cuando ya aparece un productor interesado en ellos para montarlos y, asimismo, corren con la suerte de publicarse y distribuirse por toda la república. A este segundo orden pertenece Afectuosamente, su comadre; una obra que, desde su primera aparición, allá en 1993, ha corrido con suerte y, por consiguiente, yo también. Gracias a ella he conocido a gente y lugares lindos. Así, he estado en Mérida, Puebla, Taxco. Y, hace un par de semanas, estuve en Baja California, invitado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura, a presentar mi libro que reeditó Quimera, en la feria del libro de Tijuana. Tres días antes de este viaje, escribí en el Facebook: “¡Me voy a Tijuana!” Y esa tarde, un contacto de nombre Jonathan me mandó un mensaje en el que leí: “Si cruzas la frontera y vienes a San Diego, llámame para que te pasee. El número de mi cel es tal y tal. Yo a ti te conozco, ¿sabes?” Copié el número telefónico, y volé para el Norte.
En Tijuana, la presentación del libro estuvo mona y, como le corresponde a un libro con estrella, firmé varios ejemplares. Al otro día, después de pagar otra noche de hotel, me dirigí a la frontera a formarme en una cola kilométrica. Le mandé un mensaje a mi contacto del Face, al tal Jonathan. Acordamos en donde vernos y pasó por mí, en un Lincoln azul, en la calle cuarta de San Diego. Desde que estreché su mano me cayó bien; es desos muchachos que en su mirada luego luego se les transparenta la bondad. “¿A dónde quieres ir?”, me preguntó sonriendo. Le dije que me llevara a donde él quisiera, pues era la primera vez que visitaba California. Arrancó su auto y me llevó a un bar que se llama Loft, ubicado en Hillcrest, el barrio gay de San Diego. Era el medio día y el bar estaba lleno de jóvenes que celebraban el triunfo de su equipo de futbol. Mientras nos tomábamos una chela, le pregunté que cómo estaba eso de que me conocía. Dijo ser del mismo pueblo que yo. “¿Hijo de quién eres?”, le pregunté. Dijo ser hijo de Sara, la Chilatera. “¡Ah, claro! Tu familia pertenece a la religión La Luz del Mundo.” Él asintió; y aclaró que, aunque su familia era muy religiosa, él no la practicaba. En el Loft me percaté de la popularidad de Jonathan: saludaba a muchos parroquianos; incluso algunos lo besaban o le hacían cariñitos en el pelo. Y como me intrigara, contó que hace cuatro años trabajó como barman en el Loft. Por tal motivo, también conocía a la clientela del Number One y Mo’s, bares a los que me llevó y en los que me presentó como su brother. Yo le dije que mejor me presentara como su father, pues nadie creería que un joven de veinticuatro años tuviera un hermano de mi edad. Después del Mo’s, nos subimos a su auto y me llevó al mar. Cuando descendimos del carro, dijo: “Tienes que conocer la locación de Some like it hot. ¿Conoces esa película?” “¡Claro, le contesté, es de Billy Wilder, uno de mis directores favoritos!” La dichosa locación era el antiguo Hotel del Coronado, un edificio victoriano de finales del siglo XIX considerado en sus tiempos como el hotel más grande del mundo. Después de una sesión fotográfica en la playa, donde Tonny Curtis le mete la pata a la Monroe para que tropiece, Jonathan me condujo al interior del edificio. En las paredes de uno de los pasillos había fotos de Marilyn, Tony Curtis, Jack Lemmon y Billy Wilder en el momento de la filmación. Dije: “Se supone que en la película, Jack Lemmon y Tony Curtis, disfrazados de mujer, se dirigían en tren junto a la Monroe hacia Miami, ¿qué no?” “Pues sí; pero la filmaron aquí”, dijo Jonathan, feliz y orgulloso.
Después del Coronado, mi paisano me llevó a La Jolla, luego a La Playa de los Niños donde medio centenar de focas tomaban el sol. Cuando comíamos un filete de pescado con hierbas finas en el restaurant Fish and Fish, me pidió que le contara cosas del pueblo. A Jonathan se le iluminó la cara mientras me escuchaba las nuevas de Palma Gorda. Casi implorando, me pidió que me fuera al día siguiente. Le dije que me hubiera encantado, pero tenía que regresar a Tijuana; mi boleto de avión marcaba las nueve de la mañana del otro día. Terminamos de comer, y a las seis de la tarde agarramos camino con dirección a la frontera. Me pidió que siguiera platicando del pueblo; le hablé de mis amigos del pasado: Jando Plata, El Coquis, El Cigüe y Panchita Medina. Después, mencioné al hermano de Panchita: Napo y… su trágico accidente. “¿Tú lo conociste? Cuéntame de él”, me pidió. Le dije que sí; que en varias ocasiones Napo y yo tomamos cervezas en varias cantinas del pueblo. Recuerdo que una vez, después de haberlo acompañado a darle serenata a su novia, le confesé que me gustaba y él, con una sonrisa me lo agradeció, dijo que se sentía halagado, pero no podía corresponderme. Has de saber, le contaba a Jonathan, Napito Medina era muy guapo; de un moreno cobrizo y ojos verdes, amén de simpático y cantador. Alto, delgado y de piernas musculosas porque jugaba fut. Su muerte, debida a un accidente automovilístico en la carretera a Acapulco, conmocionó a todos los habitantes de Palma Gorda. La noticia del deceso se desparramó por todo el municipio, de tal forma que mucha gente de las cuadrillas vecinas asistieron a la misa de cuerpo presente. La iglesia estaba atiborrada. El sacerdote no consiguió acabar el sermón porque lo traicionó el llanto. El cortejo fúnebre fue de los más concurridos. A la hora en que bajaban el féretro a la fosa, varias muchachas cayeron privadas al suelo. Yo quise guardar la compostura, pero fue por demás: las lágrimas se me rodaron y sentí una desesperación horrible al pensar que nunca más veríamos pasar a Napito cuando se dirigía a las canchas, al baile, al cine. ¡Era una chilladera! Todos amábamos a Napito.
De pronto paré de referir la historia, porque Jonathan carraspeó de manera extraña. Lo regresé a ver, y me di cuenta de que rodaban gruesas lágrimas por sus cachetes. Le dije: “¿Estás llorando, Jonathan?” Él , sin voltearme a ver porque iba manejando, asintió con un movimiento de cabeza; quiso decir algo, pero no pudo. Yo dije, preocupado: “Pero… ¿Por qué lloras si… si ni siquiera lo conociste? Napo murió en mil novecientos ochenta y cuatro. ¡Tú aún no habías nacido!” Entre sollozos, Jonathan me dijo que esa historia de la muerte de Napito siempre lo pone sentimental: “Yo no lo conocí; pero mis tías, sí. Y ellas, cada vez que la cuentan, chillan de sólo recordar.”
Llegamos a la frontera. Jonathan bajó del auto para que nos despidiéramos. Dijo que esperaba que nos viéramos pronto. Le dije que no sabía cómo agradecerle tantas atenciones, y nos abrazamos fuerte, tiernamente, como si en el abrazo nos diéramos el pésame por el sensible fallecimiento de nuestro querido amigo Napoleón Medina.
Hotel del Coronado, San Diego, California.

DE TELENOVELA

“¡Ay, no puede ser! ¡Regresan en los puros huesos!”, exclamó mi mamá cuando nos vio llegar a la tienda. Dejó de atender a una clienta y vino hacia nosotros para abrazarnos. A nuestra flaqueza la acentuaba el cansancio de las nueve horas de viaje que hicimos en camión del Distrito Federal a Palma Gorda. Después de cerrar la tienda, fuimos a la pozolería de don Beto a cenar. Allí, mamá nos preguntó la razón por la que nos encontrábamos tan flacos, que si no comíamos en la ciudad de México, que si no nos alcanzaba el dinero que nos mandaba, o qué, pues. Le dijimos que sí comíamos, pero no sabíamos guisar tantos platillos; es más, sólo guisábamos todas las variantes del huevo: huevo con chile, chile con huevo, a la mexicana, huevo solo, estrellado, etc. “Uy, pues con esa dieta no van a sacar buenas calificaciones. Mejor les voy a conseguir una muchacha para que les guise y coman como Dios manda.” Durante nuestras vacaciones decembrinas, mi mamá se dedicó a buscar sirvienta en Palma Gorda, pero no halló; tuvo que hacer viaje especial a su pueblo, Las Mesas, donde consiguió una muchacha que se presentó el último día de nuestras vacaciones en Palma Gorda. Su nombre era Feliciana, pero mi mamá nos la presentó como Chana y las dos eran parientas lejanas, las dos compartían uno de sus apellidos: Rodríguez; por esta razón Chana llamaba “tía” a mi mamá. Pero no se parecían nada físicamente. Feliciana era chaparrita y de vientre pronunciado. Tenía una mata de cabello abundante y chino. Su tez no era de un moreno rojizo, sino ligeramente verde; con un lunar entre ceja y ceja bien pudo pasar por hindú.
Cuando estuvimos en México, nos dimos cuenta de que Chana era buena para preparar tamales con hoja de plátano, pozole, picadas, cecina con frijoles, aporreadillo con tan buen sazón que pronto nos hizo aumentar de peso y abandonar el pálido de muerte que tanto asustó a mamá. Chana no sólo resultó ser buena para el metate sino para las relaciones públicas también. Pronto hizo amistades con el vecindario del edificio. Por si fuera poco el quehacer que le dábamos, la vecina del catorce le encargaba a Memito, pues la vecina no tenía lana para la guardería y a su trabajo le prohibían llevar al bebé. Chana también trabó amistad con sirvientas de otros departamentos; éstas eran cinco y se reunían los jueves en nuestro depa donde discutían cosas, supongo, de suma importancia puesto que apenas aparecía yo, ellas bajaban la voz o de plano guardaban silencio para que no las escuchara. “¿Qué tanto discutían las muchachas, pues?” Muy pronto encontraría la respuesta.
Un domingo por la tarde, mientras yo hacía la tarea escolar en mi recámara, escuché el grito de mi hermana Martha que se encontraba en la sala. Al punto, hice a un lado mi cuaderno y corrí a reunirme con ella. “¿Qué pasa?”, le pregunté. “¡Chana está en la televisión!”, dijo emocionada. Miré hacia la tele y sólo vi a Leo Dan que cantaba “Mary es mi amor”, en el programa de Raúl Velasco. “No la veo”, le dije a mi hermana. “¡Allí está, mírala!” La cámara había girado hacia el público y vi a Chana entre Maca y Tere, las sirvientas de los departamenmtos 7 y 9. Las tres, entre otras fanáticas, cogían una manta que decía: “Club de admiradoras de Leo Dan.” Todas pegaban unos alaridos espantosos mientras saltaban de la emoción. A mí me dio gusto verla en la tele; a mis hermanas también. Pero a mi hermano René no le hizo ninguna gracia; arrugó la cara, se levantó del sofá y se fue a encerrar al cuarto.
René no quería a Chana; le caía gordo todo lo que ella hacía. Una vez lo vi meter la mano a la jarra de agua fresca para extraer los cubos de hielo y los arrojó a la ventana. René dijo: “¿Para qué le pone hielos al agua? ¿Nos quiere enfermar de gripa, o qué?” También criticaba mucho sus guisados: que estaban salados o demasiados grasosos, etc. Nada le parecía. Y ahora, para acabarla de amolar, Chana salía en la tele. Más tarde, mi hermana Nancy le preguntó a René: “¿Por qué te da tanto coraje Chana?” Entonces él contestó con algo que me dejó intrigado: “Yo sé por qué me cae gorda; pero mejor que se los cuente mamá cuando venga a México.” Ah, caray, ¿qué cosa tenía que revelarnos mi mamá? Ahora Chana tenía un aura de misterio que la hacía interesante a mis ojos. Los malos tratos de René continuaron, y sólo cesaron cuando mi mamá llegó a la ciudad de México. Mi hermana Martha aprovechó la ocasión para comentarle a mamá que se le habían desaparecido de su monedero la cantidad de cincuenta pesos. Y mi hermana Nancy dijo que, de ocho pantaletas que tenía la semana pasada, ahora, misteriosamente, sólo tenía dos. Era claro que había un ladrón en casa y, obviamente, las sospechas recayeron en Chana quien, en esos momentos, se encontraba lavando ropa en la azotea. Mi mamá aprovechó su ausencia para decirnos que mi tía Soste le advirtió que Chana era muy eficiente para el quehacer, pero le encantaba apropiarse de lo ajeno. “Una pinche ratera. ¿Ahora entienden por qué me cae mal?”, dijo mi hermano René, quien al punto, junto con mamá, abrieron la caja de cartón en la cual Chana tenía sus pertenencias y, justo al fondo, encontraron cuatro pantaletas de Nancy, tres brasieres de Martha, un muñeco de peluche de Mirna y de los cincuenta pesos ni sus luces. Así que, en cuanto Chana entró al departamento, mi mamá le preguntó con voz golpeada que por qué tenía en su caja la ropa interior de mis hermanas, que eso la hacía pensar que Chana había robado los cincuenta pesos, que si no sabía que hay un Dios que todo lo ve y todo lo castiga. Chana tenía la mirada en el piso, no miró a ninguno de nosotros. No chistó nada. Comenzaron a rodárseles las lágrimas. Mi mamá dijo: “Así no hallarás a nadie que te quiera. Acabarás sola y despreciada.” Entonces Chana se tiró en su catre y se puso a llorar bocabajo, con tanta fuerza que Nancy se acercó a ella, la acarició el hombro mientras decía: “Ay, Chana, pero no te pongas así.” Entonces Chana sacudió la espalda, y dijo, sollozando: “¡No me toques, Nancy, por favor; no me toques!” Nancy se apartó de ella.
Al otro día, Chana no amaneció con nosotros. Hallamos su catre vacío y una nota que decía. “Ya me fui. No me busquen porque no me hallarán.” No la buscamos y no supimos de ella por varios meses. Pero un año después de su partida, recibí una carta bastante choncha con timbres postales de los Estados Unidos. La abrí. Adentro venían una carta, seis postales y folletos de un hotel lujoso de la ciudad de Nueva York. La remitente era Chana. En la carta me decía que andaba en Nueva York, pero ya había visitado varias ciudades de la Unión Americana, tales como Dallas, Chicago y Nueva Orleáns. Conocía esas ciudades gracias a que entró a trabajar con la Familia Villa Arteaga, una familia compuesta por catorce hermanos, la mayoría mujeres y todos conformaban una orquesta musical que tocaban de todo: Charleston, mambo, chachachá, cumbia, swing, etc. El espectáculo musical lo completaban con bailes, también realizados por ellos, desde danza regional mexicana hasta country. La carta de Chana tenía cinco hojas, tamaño suficiente para hablarme de cada una de las chicas con las que trabajaba; asimismo, confesó su pena por robarle los calzones a mi hermana y juraba que un acto semejante no volvería a suceder. Decía: “Ahora toco el güiro y tomo clases de jazz. Les mando un abrazo y bendiciones. Con cariño, Fely”. De ahora en adelante, siempre firmaría como Fely, y no Feliciana, mucho menos Chana. “O sea que se cambió el nombre, como las artistas”, dijo mi hermana Martha cuando acabé de leer en voz alta la carta.
Chana y yo nos carteamos durante varios meses. Yo esperaba siempre con ansiedad su respuesta, porque recibía fotos y postales por montones que luego yo las presumía a mis amigos de la secundaria. Vía epistolar nos comentábamos de todo; así, le notifiqué el fallecimiento de mi abuelo Juan. Cosa que no debí haber hecho, pues ella me contaría que se le bajó la presión y se desmayó. Tuvieron que llevarla al hospital para que volviera en sí. Dijo que lamentaba mucho la muerte de Papa Juan; le contó a la familia Villa Arteaga lo sucedido y todos la acompañaron a rezar una novena por el descanso eterno de mi abuelo. Los meses pasaron y una vez que llegué a casa, a medio día, pues me encontraba en exámenes finales de mi tercer año de secundaria, encontré a Chana en la casa. En cuanto me vio se abalanzó hacia mí, me abrazó y me llenó la cara de besos. Ella decía: “¡Oh, José, oh!” Los ojos los tenía llorosos de la emoción. De un bolso sacó mi regalo que trajo de Nueva York: una bola de cristal que al voltearla nevaba sobre un furioso King Kong. Mis hermanas me mostraron sus presentes: Nancy me presumió tres calzones de seda; Martha una pañoleta con el Empire State estampado, y Mirna, dos barbies: una rubia y la otra negra. René nunca salió del cuarto a recibir su regalo: un diminuto radio portátil. Luego de la euforia, me dijo: “Ponte un short para enseñarte a bailar jazz.” Chana estaba metida en un leotardo negro. Mis hermanas ya estaban en shorts, sudadas, debido a las clases del mentado jazz. Fely, antes Chana, comenzó a enseñarme los pasos difíciles de un baile que ella había aprendido con sus nuevos patrones. Después de mi única y última clase de baile, Fely sacó unos zapatos de charol y se puso a bailar tap mientras cantaba una canción en inglés que sólo ella y Dios entendían. Al finalizar su pequeño show, nos contó que pronto subiría al escenario junto con la orquesta de sus patrones y tocaría, cantaría y bailaría como una artista completa y profesional. Nos hablaba entusiasmada de la próxima gira que haría con la familia de artistas cuando la interrumpió un claxon que sonaba con insistencia en la calle. Fely corrió a la ventana, y dijo: “Ya vino el chofer por mí. Me tengo que ir.” Se puso rápidamente su blusa, pantalón, sombrero, cogió su maleta y después de besarnos, dijo que regresaría en el invierno. Fely salió. Mis hermanas y yo corrimos hacia la ventana para ver el momento en que se subía a una combi color azul, nos dijo adiós detrás de la ventanilla y esta imagen diciéndonos adiós es la que guardo de ella porque jamás, qué pena, volvimos a saber de ella. A finales de los setenta, Raúl Velasco anunció que la Familia Villa Arteaga se presentaría en su programa. Y así fue, La Familia se presentó con su espectáculo pero Chana no estaba allí. Quiero pensar que conoció a un hombre rico, se enamoró de ella, la sacó de criada y se la llevó a vivir a una zona residencial de una gran ciudad.
Feliciana era una mujer luchona y buena. Se merece, de veras, un final feliz; de telenovela.

VICKY LA DIABLA Y LOS ACADÉMICOS.



Este viernes 28 de mayo, a las 11:00 a.m., se presentará el libro "Afectuosamente, su comadre", en la Sala de Congresos de la Facultad de Estudios Superiores, ACATLÁN. Asiste.

AFECTUOSAMENTE, SU COMADRE, en TIJUANA.




De Tijuana es la escritora Rosina Conde quien, a inicios de los noventa, Luis Zapata me la presentó como La Rorró y en seguida me cayó bien por su entusiasmo y risotada franca. Una vez que nos encontramos en casa de Luis, le pedí de favor a La Rorró que leyera una obra de teatro que yo acababa de escribir. Luego de leerla, me dijo que le había gustado y preguntó que quién me la iba a publicar. Le dije que no conocía a nadie del mundo editorial. Ella dijo con su voz golpeada: “Dame una copia para que la dictaminen en Tierra Adentro. Yo la llevo. Estoy segura que les va a interesar.” Le di una copia y a los seis meses, vi mi libro impreso de “Afectuosamente, su comadre.”
De Tijuana también es Arcángel, el novio de Vicky La Diabla, personaje de Afectuosamente, su comadre. Vicky lo conoció en la ciudad de México y quedó enamorada de él.  Árcángel se va a Tijuana y Vicky vivirá obsesionada por su galán. A lo largo de toda la obra, Tijuana es el gran objetivo al que Vicky pretende llegar y, así, darle fin al desasosiego que le dejó la ausencia de su amado.
Lo que son las cosas: por pura ocurrencia metí la ciudad de Tijuana en mi obra. Ahora resulta que ésta me llevará allá pues la presentaré en la 28 Feria del Libro que está dedicada ni más ni menos que a Rosina Conde.
 La Rorró me ha dicho que estará en la presentación. Yo le dije que la acompañaré en el homenaje que le harán en la Feria.
El azar es chistoso, pues.


Presentación de "Afectuosamente, su comadre" (Quimera, 2010).

Presentan:
José Dimayuga
Alfonso García-Cortez
Eduardo Andrade
y Sergio Téllez-Pon

Feria del libro de Tijuana
Viernes 21 de mayo, 19 hrs.

UNA MUJER DE TANTAS

En la ciudad de Guadalajara, Jalisco, se estrenará la obra de teatro UNA MUJER DE TANTAS

Temporada Mayo2010:

UNA MUJER DE TANTAS
de José Dimayuga

Dirección: Alfredo Orozco
Género: Farsi-Comedia
Duración: 90 minutos
Lugar: Foro de Arte y Cultura de Guadalajara
Hora: 20:00 hrs
Fechas: martes 4, 11 y 25 (clausura)
Precio: Estudiante/profesores $50.00 / General $70.00
Breve Sinopsis:
El escritor Napoleón ha desarrollado una radionovela "Ilusiones Marchitas". Éste recibe la visita de su madre, quien hace de él y de su novela un guiñapo, afectando a la protagonista de la radionovela, Blanca Estela... La Coja Garrido.

CREDITOS:

Actuación Estelar:
Marcia Sandoval como Blanca Estela

Gran Elenco:
Christopher Cárdenas como Napoleón
Mariana Giron como Amanda Castrejón

Elenco Secundario:
Flavio Robles como Alejandro Montiel
Samuel Morales como Viridindo
Guyphytsy Rubio como Rita Vargas
Alfredo Orozco como Jimmy Capellini
Marco P. Korreli como la Voz en off

Cuerpo Actoral:
Ana Garcia
Jania Lozano
Yahaira Ramírez
Luis Felipe Morales
Manuel Rodríguez
Mauricio Loera
Octavio Villavicencio
Janette Enriquez
Michelle Quesnel
Samuel Morales
Eligio Lomeli
Virginia Guardado
Anita Fregoso
Héctor González
David Martinez

Coordinación Instrumental (Clásico y Blue/jazz):
Juan Mejía

Músicos:
Aralim Figueroa - Viola
Adán Madrigal - Violín
David Gavaldón - Bajo
Enrique Ibarraran - Saxofón
Eva Ríos - Cello
Francisco Morales - Violín
Juan Mejía - Guitarra
Marco P. Korreli - Guitarra
Rodolfo A. - Batería

Maquillaje y Peinados:
Fátima Vázquez

Vestuario:
Asaael Carvajal

NOTAS PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA

Habré tenido seis años de edad cuando mi papá me cayó muy gordo. Me cayó de veras mal desde la vez que me llevó al río El Camarón, aquél que baja pegado a la carretera a Acapulco y desemboca justo en el puente del río Papagayo. A mi papá lo habían invitado sus amigos Don Proto, Don Martín y don Amando, quienes también llevaron sus respectivos hijos: Benito, Jandolín y Mando. Allí jugué con mis amigos en lo bajito mientras nuestros padres hacían competencias de natación. Más tarde no sé a quién se le ocurrió pasar al otro lado del río. Así que cada papá echó sobre sus hombros a sus hijos para cruzarlo, a nado, a la otra orilla. Todos pasaron a sus hijos, menos mi papá. Él cruzó sin mí, y yo me quedé como menso, viendo cómo se alejaban; ya desde la otra orilla mis amiguitos me miraron y se cuchicheaban cosas que les causaba risa. Yo me sentí de la patada y, obviamente, muy enojado con mi papá, pero no se lo expresé. ¿Por qué no me llevó con él, tal como lo hicieron los otros señores con sus hijos? Nunca lo supe. Eso me molestó mucho. Ya en la camioneta, de regreso a casa, no le dirigí la palabra; pero él ni siquiera percibió mi enfado.
Fue entonces que se me ocurrió la idea de adoptar un nuevo padre. ¿Pero quién iba a ser? Los padres de mis amigos no tenían el perfil que yo deseaba. Don Amando me parecía demasiado barrigón; don Proto manaba un olorcillo a cuaxcli; don Martín era demasiado estricto y traía a punta de regaños a su hijo Jandolín. Pero muy pronto encontré al adecuado. Lo conocí una tarde en el cine Rosalinda, en la película Tarzán y su hijo. La vez que vi a Johnny Weissmuller en su taparrabos, me dije: ¨¡Claro! ¡Él será mi papá!” Era justo como yo lo quería: guapo, valiente, buena gente, nadador y, sobre todo, derrochaba cariño por montones a su hijo Boy. Salí del cine feliz por mi hallazgo. A partir de entonces, me entregaba a ensoñaciones en las que Tarzán era mi papá y yo era Boy; me enseñaba a montar elefantes, trepar los árboles, nadar en las pozas de La Pinta y La Tunca.
Mi padre real seguía portándose mal como él solo; es decir, me castigaba si no hacía las tareas escolares, si no trabajaba en la tienda, si pasaba todo el tiempo jugando con mis amigos en la calle, etc. ¡Qué afán de hacerle la vida difícil a un niño, caray! Naturalmente, yo me enojaba; y sentía lástima por él. Pensaba: “Pobre. Si supiera que no es mi verdadero padre, sino Tarzán.” Pero pronto me enfadó Tarzán y lo sustituí por David Silva en el papel de Huracán Ramírez quien, además de pelear contra los malosos, amaba sobre todas las cosas a su hijo Pepito y Titina Romay . Ahora me daba por soñar que él llegaba a Palma Gorda y me defendía cuando mi papá me regañaba por faltas sonsas que yo cometía en casa. Después de azotarlo al piso, y hacerle una llave que lo dejaba como garabato, Huracán Ramírez le decía a mi papá que nunca más me castigara o habría de  vivir con los huesos rotos por el resto de sus días, “¡y recuerda esto, canalla, yo soy el verdadero padre de José!”, le decía Huracán Ramírez a mi papá. Y como soñar está a un pasito de ser cierto, mi sueño pronto se hizo realidad. ¡Huracán Ramírez (David Silva) llegó a Palma Gorda! ¡Sí! Lo llevó la caravana artística de la cervecería Corona junto con cantantes y cómicos famosos del cine y la televisión. Recuerdo que los artistas, uno a uno, se presentaron en el salón del H. Ayuntamiento de Palma Gorda, y cuando le tocó el turno a David Silva, todo el público enloqueció. Le gritaban: “¡Viva Huracán Ramírez! ¡Viva!” Y él sonría, al principio, amablemente; pero su gesto dulce pronto cambió a grave porque tanta bulla le impedía iniciar su show. Así que intervino el conductor y pidió enérgico que guardáramos silencio o el señor Silva se iba a tener que retirar. Y sí, ya bajo amenaza, cerramos la boca y David Silva abrió la suya para recitar el poema “Mitad tú, mitad yo.”
***
A Manuel López Ochoa ya lo había visto en varias películas de melodramas rancheros; me parecía guapito y hasta allí. Pero cuando vi la película Seguiré tus pasos, decidí abandonar a David Silva y adoptar a López Ochoa como papá. En esta peli, el actor es el padre de Juliancito Bravo; y lo matan en el minuto cinco de un balazo en la panza. Juliancito y yo lloramos mucho su muerte; nos parecía injusto que un hombre tan bueno, simpático y amoroso hubiera acabado de manera tan cruel.  En el minuto quince Juliancito supera el duelo gracias a los cuidados que le brinda el sacerdote José Mojica, quien lo recoge para hacerse cargo de él. Yo no me recuperé tan pronto como Juliancito. Durante toda la película me la pasé suspirando cada vez que me acordaba de López Ochoa. Murió en la peli, pero decidí resucitarlo en mi imaginación: lo volví mi papá. Desde entonces no me perdía una peli de él. Recuerdo que odié sobremanera a Susana Alexander en Chucho El Roto, pues despreciaba a mi padre por ser pobre y, por si fuera poco, obstaculizaba el romance que mantenía con Blanca Sánchez.
Cuando dejé la infancia también dejé todas esas invenciones que hice con los actores de cine. No volví a adoptar a ningún padre. Sin embargo, hace un par de semanas, un taxista me platicaba que en sus años de juventud había sido gran amigo de Manuel López Ochoa. “¡No me diga!”, le dije. Contó que los dos asistían al mismo gimnasio; los dos jugaban golf, y realizaron un par de viajes a provincia. Incluso los hijos de ambos tomaban clases en la misma escuela. Dijo el taxista: “Y no crea que él era chocante, no; sino todo lo contrario: muy buen amigo, sencillo y cantador. Porque él era cantante. ¿Sabía usted que cantaba muy bien?”
Pero llegué a mi destino; ya no me dio tiempo de decirle que sabía eso y muchas cosas más. ¡Y cómo no iba a saberlas si López Ochoa fue mi papá!