EL JARABE DE LA MADRECITA

Yo no sé qué gusto le halla mi hermana Nancy en visitar a curanderos de todo tipo. En esta ocasión me llevó a Chilapa a consultar a una madrecita que cura. Ayer, a las seis de la madrugada, Nancy tocó a la puerta de mi cuarto para decirme que me apurara pues a las siete era la cita, en el Jardín, con el chofer y los pasajeros con quienes iríamos a Chilapa. A las siete en punto ya nos esperaba una combi. Pero salimos de Palma Gorda a las siete treinta, ya que una pasajera que venía de Las Mesas venía retrasada. Pero esta pasajera llegó con otras dos señoras. El chofer les dijo que la combi sólo tenía capacidad para diecisiete personas. Dos pasajeros se compadecieron de las meseñas y resolvieron quedarse en Palma Gorda, pues una de las meseñas estaba impedida de la vista. La cieguita y sus dos acompañantas subieron a la combi, y no habían pasado dos minutos cuando a una de las pasajeras le entraron ganas de hacer  la chis; pero el chofer, de la manera más amable le pidió que se las aguantara, pues ya era muy tarde, y que más adelante podría hacer sus necesidades. Y así fue, en la gasolinera de Buenavista, la combi se paró y allí pudo bajar media combi para que vaciara sus aguas. Yo iba muy emocionado a Chilapa, porque no había ido desde que mis hermanos estudiaban allá, en los internados de monjas y sacerdotes, el Carrillo Cárdenas y el Morelos, a finales de los años sesenta. De Chilapa recordaba el Jardín Central, que hoy le llaman Zócalo, y sus árboles frondosos; también de sus casonas de techos altos de dos aguas cuyas tejas tenían musgo y matitas parásitas debido a la humedad del lugar. Hoy día no existen esas construcciones; en su lugar se levantan unas de cemento con pretensiones de modernidad. Antes de llegar con la monjita que cura, pasamos al mercado a desayunar. Había mole con pollo, enchiladas, empanochadas, atole, chocolate pero que no comí porque la cazuela de mi pozole era tremenda.
   Las primeras que pasaron con la monjita fueron mi hermana y su hija. Después, yo. Y me sorprendió que la monjita no estaba vestida con hábito de monja, que es como yo me la imaginaba. Le calculé unos cincuenta y cinco años de edad y estaba metida en unos pantalones de gabardina beige, una blusa de algodón blanca, y un paliacate desteñido amarrado a su cabeza. Su indumentaria me recordó a las chinas bajo el régimen de Mao Tse-tung; incluso miré las paredes para ver si veía un póster de Mao o del Che. Pero no, estaban pelonas; sólo colgaba un cuadrito donde San Miguel blandía una espada sobre Luzbel. En cuanto me vio entrar, la monjita me pidió que depositara mis monedas, cinturón y celular sobre su escritorio. Tomé asiento y como no me preguntó mi nombre ni sobre mis males, comencé a decirle: “Soy una persona nerviosita y tengo un sueño accidentado.” Ella no puso aprecio a lo que dije. Cogió una varita de cobre, de unos treinta centímetros de longitud, avanzó hacia mí y la puntita me la puso ora en mi panza, luego en mis riñones, después en los pulmones hasta que recorrió mi cuerpo como buscando el tesoro de mis achaques. En seguida puso sobre el escritorio seis botes de plástico que contenía, cada uno, un litro de un líquido oscuro. Me pidió que cogiera uno a uno mientras volvía a colocar su varita en diversas partes de mi espalda. Dijo: “A ver, vuelve a agarrar esa que acabas de agarrar.” La cogí, y dijo: “Ésa mero es. Alcánzamela.” Cogió el bote mientras decía: “Estás muy bien de salud. No tienes nada grave.” “Sí; yo me siento fuerte, le dije; mi único mal es que tengo un sueño malillo.” Ella dijo: “Con este bote te vas a sentir muy bien. Te tomas una cucharada en la mañana; y otra cucharada en la noche.” No le pregunté de qué estaba compuesto ese brebaje, pues ella tenía un modo muy golpeado de hablar. Cogí mi bote y pregunté: “¿Cuánto le debo, madre?” “Lo que sea tu voluntad.” Así de rápida fue la consulta.
   Ya cuando nos encontrábamos caminando por el Zócalo de Chilapa. Nancy me contó lo siguiente: “Sí, José, la madrecita es de pocas palabras. La primera vez que vine a consultarla, le pregunté qué es lo que yo tenía. Y ella, con voz cortante dijo que no acostumbraba a hablar de los males ni a revelar el contenido de los jarabes que prepara. Yo le alabé las facultades que Dios le había otorgado para sanar al prójimo. Y entonces ella sintió confianza para contarme partes de su vida. Dijo que, tanto su padre como su abuelo tenían el don de sanar con hierbas; desde chamaquita aprendió el nombre de las plantas medicinales y su utilidad para atacar los males de la gente. Con el paso del tiempo se hizo monja y la orden a la que ella pertenecía la envió a Ayutla para asistir a un médico. Ella, al ver que el galeno no se daba abasto para atender la lista larga de enfermos humildes, le confesó lo siguiente: “Yo quiero aprender a sanar.” El doctor, ni tardo ni perezoso, le puso en las manos un libro grueso de más de un millar de páginas, con hartas letras y fotos de gente a punto de pudrirse. Llena de asco y aburrición, abandonó el libro y se fue como asistente de otro médico de origen japonés quien le enseñó a utilizar la varita de cobre y ella aprendió a usarla y a recetar, no con alopatía como lo hacía el nipón, sino con brebajes que ella aprendió por vía paterna. La monja regresó a Chilapa y comenzó a recetarles a sus hermanas conventuales; después, a vecinos, y más tarde a todo aquel que le solicitara ayuda. Y vieras qué buena es, José. A mí me quitó una bola que me salió en la chichi; a mi papá le quitó el dolor de huesos; mi mamá ya no sufre por la vesícula, y a Martha le borró una cicatriz que le dejaron en la nalga los colmillos de un perro.”
   Hoy he tomado mi primera cucharada del Jarabe de la Madrecita, y espero volver a mis noches de dulces sueños.

PARA QUE NO LO OLVIDE

Al abrirse la puerta del ascensor, un señor de calva brillosa como zapato recién boleado, me dijo: “Aquí es el primer piso”. Salí, y a la primera secretaria que me encontré, le pregunté; “Disculpe. ¿Dónde es Tierra Adentro?” Ella contestó: “Al fondo a la derecha, pregunta por Lourdes”, su boca dibujó con tal exageración el ou de “Lourdes” que parecía soltar un beso. Me conduje por el pasillo, di vuelta a la derecha, y detrás de un escritorio descubrí a una mujer pequeñita, sentada (¿o parada?) detrás de un escritorio. Me miró con una expresión de “¿qué se le ofrece, joven?” “Busco a Lourdes”, contesté. Ella dijo. “Esa soy yo; díme.” Entonces, le conté que me encontraba en CONACULTA porque quería comprar unos ejemplares de un libro que Tierra Adentro me publicó hace muchos años. “¿Cuál es el título y tu nombre?” “Afectuosamente, su comadre. Y mi nombre es José Dimayuga.” “¿Dima qué?” “Dimayuga, con D de diente e igriega.” Ella se acercó a la pantalla de su compu mientras repetía como un mantra mi libro y apellido.” Levantó la mirada, y dijo: “Ay, fíjate que no lo tengo. Pero déjame ver si lo tiene Inesita.” Y al punto pegó la carrera hacia el fondo del pasillo, dio vuelta a su izquierda, desapareció para luego aparecer corriendo hacia mí. Dijo: “Ay, fíjate que no lo tiene, la malvada”, y siguió corriendo a lo largo de otro pasillo, desapareció y volvió a aparecer corriendo hacia mí para decirme: “¡Ay, tampoco Mayra lo tiene! Pero déjame preguntar a bodega:” Cogió el teléfono, marcó y preguntó si tenían tal libro de tal autor. Guardó silencio, se mordío el codito de su dedo índice mientras decía; “Ay, no me digas, no me digas. Besos, bay.” Lourdes, me miró, y dijo: “Me dice Pablo que ya no hay en bodega. Pero ven, acompáñame.” La seguí, y nos metimos al despacho de “la licenciada”; entendí que “la licenciada era su jefa”. Me mostró un librero donde vi bien formaditos toda la serie de Tierra Adentro. “El tuyo debe estar atrás de esos”, dijo. Quité dos pilas de libros y sí, tenía razón, allí vi un ejemplar de Afectuosamente… “!Híjoles, el único, qué padre!,” exclamé emocionado. Entonces Lourdes dijo: “Ajá, es el único. Pero no te lo puedes llevar.” “¿Por qué?”, le pregunté. “Es que es de la colección de la licenciada, ¡y si te lo llevas se me va a armar!” “Que mala onda. ¿Pero me dejas tomarle una foto?” Ella asintió con un movimiento de cabeza mientras se mordía el codito de su dedo índice. Después dijo: “Ponlo sobre el escritorio para que tengas luz.”

Saqué mi celular, y le tomé la foto a un libro que quise mucho, y la posteo aquí para que no lo olvide.

DOS PASTILLAS DE "UBICATEX"


De joven, como todos los jóvenes, me sentía muy nalguita. Me sentía muy acá, como muy perfecto; creía que el mundo lo tenía a mis pies. Y creo que, en efecto, lo tenía a mis pies, pues así me conducía y la gente me daba el avión. Pero nada es eterno. Pasa el tiempo, y es el tiempo mismo quien te da tus pastillas de Ubicatex. Las dos pastillas de Ubicatex que quebrantaron mi egocentrismo juvenil fueron dos. De seguro fueron más, de lo contrario viviría pirado. Pero son dos las que recuerdo con cariño y gratitud; y son las que menciono en líneas de abajo.
La primera pastillita es la siguiente.
Una aciaga tarde sonó el teléfono. Era mi mamá. Me hablaba desde Palma Gorda para hacerme una "cordial invitación". Dijo que me quería llevar a Acapulco, puesto que en el Centro de Convenciones se presentaría un sanador famoso que, a fuerza de oraciones masivas, curaba todo tipo de enfermedades. Le dije: "Hasta donde sé, no sufro de ningún mal." Entonces, ella replicó: "Eso es lo que tú crees, hijo; quiero que sepas que eres bizco." "¿Cómo que soy bizco?" Y ella: "Claro, desde que eres chiquito se te va un ojo chueco. Y quiero que te lo enderecen para que veas las cosas como son." "¡Eso es falso!" "¡Eso es tan cierto como esta plática! Si tienes una foto de frente, mírate bien y me darás la razón"; esto lo dijo con una seriedad que parecía enojo. Yo me sentí humillado y ofendido. Triste. Y para no acabar la plática en drama, le dije que agradecía su invitación pero mi ojo chueco hasta ahora no me había producido problema alguno." Nos despedimos, y al punto corrí a abrir mi álbum de fotografías, y entonces le di razón a mi mamá. Era verdad, por primera vez me daba cuenta de que mi ojo izquierdo se pega un poquito hacia mi nariz. ¡Soy bizco y a los 36 años de edad me venía a enterar!
La segunda pastilla me la dio, no hace mucho tiempo, un galán que tuve. Cuando nuestro amor comenzó a volverse rutina, él me dijo que lo que no le gustaba de mí eran mis patas cortas y mi torso muy largo. Yo puse cara de no dar crédito cuando lo escuché. "Sí, y si no lo crees vayamos al espejo", me dijo. Tenía razón el desgraciado. Nos pusimos los dos frente al espejo, y entonces descubrí esa desproporción que desconocía. Así que, antes de que continuara enumerando mis defectos, lo mandé por un tubo. Sólo hasta entonces comprendí por qué los pantalones me embonaban de manera rara; qué tristeza, ahora me explico por qué no tengo un pantalón que me horme bonito.
Después de esa verdades crueles, mi timidez se acentuó de tal manera que cuando conversaba con alguien, me acordaba de mi estrabismo y le cambiaba la mirada a mi interlocutor. Y hablar en público me ponía inseguro sólo de pensar que se dieran cuenta de mi asimetría corporal. Pero fue Alejandro Jodorowsky quien hizo que me reconciliara conmigo mismo. En su libro "La vía del tarot", cuando habla del arcano número VIII, La Justicia, dice que "equilibrio y perfección no son sinónimos de simetría." Y dice que los constructores de catedrales rechazaban la simetría, pues lo consideraban algo diabólico. Y la verdad a mi me hace más gracia el Bien que el mal. Mi cuerpo, mis ojos, no los fabricaron los ingenieros de las catedrales, pero si el Arquitecto mayor. No soy una nalguita, no soy perfecto; pero me parezco un poquis al Bien. Je, je.

LAS PAUSAS CONCRETAS

Este miércoles 4 de noviembre es la presentación del libro Las pausas concretas, de Roberto Ramírez Bravo en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes.
Presentan: Yuri Herrera, José Dimayuga y el autor.
No Faltes.

Cosas de miedo

Ora que se acerca el día de muertos, me acordé de dos miedos grandes que tuve en la infancia a causa de ese otro mundo desconocido, el mundo de los muertos y chaneques.
1. Era de noche. Yo tendría siete años cuando mi mamá apagó la luz de la tienda, en Tierra Colorada. Oí su voz que me decía: “José, apúrate.” Vi todo oscuro y me encaminé a tientas por el pasillo que conducía a la salida. En el trayecto, de pronto vi a un niño, totalmente desnudo y de su piel manaba una luz fuerte. Él sonreía; abrió los brazos, porque su intención era estrecharme, y me asusté. Cerré los ojos; avancé más aprisa hacia la salida. Cuando me reuní con mi mamá, no le conté nada. No me iba a creer. “¡Te tardaste horas!”, me regañó. Y mi impresión era que había salido muy rápido.
2. Mi dormitorio era un catre que yo extendía junto a la estufa. Mi hermana Mirna y Tomasa, la sirvienta, dormían en una habitación. Yo andaba en los nueve años de edad. Ya me encontraba acostado cuando Tomasa y Mirna entraron a la cocina. Mirna me cogió del brazo, y dijo: “José, levántate porque vamos a bendecir tu cama.” Me puse de pie. Tomasa, mientras lanzaba chisguetes de agua bendita sobre y alrededor de mi cama, me contó que a la vecina Doña Mary, cuando planchaba la ropa, el diablo se le montó en los hombros. Ella, al verse con el diablo encaramado, le gritó a su marido: “¡Toño, ayúdame!” Don Toño acudió a ella y como vio que gritaba enloquecida, él preguntó. “¿Por qué tanto grito, mujer?” Ella contestó: “¡Quítamelo de encima, por el amor de Dios, quítamelo, Toño!” Él preguntó: “¿Cuál, qué cosa?” “¡A Satanás, quítamelo por el amor de Dios!” Don Toño le recorrió el cuerpo con la mirada, y dijo: “¡No te veo nada, mujer!” Doña Mary ahora lloraba: “¡Te digo que lo tengo aquí montado, ayúdameeee!”
Después que bendicieron mi cama, Mirna y Tomasa se fueron. Yo me quedé temblando de puritito terror.

Miedo también sentí cuando se corrió el rumor de que había un vampiro suelto y a algunos vecinos del pueblo les dio por colgar crucifijos y manojos de ajos en el marco de sus puertas para ahuyentar el mal. A mí me dio por dormir con un paliacate enredado en el cuello para pedir auxilio cuando el vampiro lo desatase con el propósito de asestarme la fatal mordida. Miedo tuve cuando en la escuela se rumoró que estaban por llegar unas monjitas que inyectaban a los niños para mandarlos al otro barrio. Miedo cuando escuchaba decir que el mundo se iba a acabar y yo me imaginaba que el cielo se abría al sonido de las trompetas que anunciaban la llegada de Dios. Entonces, yo corría hacia mi mamá y, angustiadísimo, le preguntaba si era verdad o no ese rumor. Y ella decía que no hiciera caso de esas patrañas, pues el mundo jamás se acabaría, “lo que se acaba, explicaba ella, es la vida de cada ser humano.” Eso me devolvía la tranquilidad y la confianza al cuerpo.
Por si fueran pocos estos sustos, me iba al cine a chutarme películas de miedo. Todas las películas de luchadores me daban miedo, pues todos los luchadores peleaban contra el mal encarnado en monstruos, diablos, vampiros y marcianos. Asimismo, recuerdo pelis que no eran de luchadores sino de ciencia ficción, como aquella de La mosca en la que un científico, por andar experimentando con sustancias altamente peligrosas, mezcló su composición genética con la de un insecto y se convirtió, a lo largo de la peli, en una espantosa mosca que acabaría en las garras de una araña. Recuerdo El pozo, con Sonia Furió y Luis Aguilar. Los dos tienen un hijo. Y de buenas a primeras Sonia Furió avienta al chamaquito a la profundidad de un pozo de agua. Luis Aguilar desciende para rescatarlo y para salir de él estuvo en chino porque la Furió, presa de una furia maniática, les arrojaba piedrotas para que no pudieran salir. Otra peli fue la de unos niños que amenazaban con exterminar el mundo; estos niños eran alienígenas. Ellos no hablaban; eran como muditos, se comunicaban entre sí con la mirada; sus ojos manaban una luz tan intensa que parecían ciegos. Los adultos ya no sabían ni qué hacer para eliminar a los chamacos.
Una vez vi una peli que me asustó y gustó al mismo tiempo. Y como mi mamá me había dicho que cuando yo viera una película simpática se lo comunicara, pues eso fue lo que hice. En cuanto llegué a casa, le dije que no se perdiera la peli que estaban exhibiendo en el cine Tierra Colorada, que seguramente le iba a gustar harto. Hizo caso a mi recomendación. Al otro día, me pidió que la acompañara. Cerramos la tienda a buena hora y nos fuimos bien peinados a la función de las seis. La película se llama El libro de piedra. De tanto en tanto, yo regresaba a ver a mi mamá para ver cuál era su reacción. Vi que, a veces, abría desorbitadamente los ojos; otras, se tronaba los dedos o, de plano, soltaba una exclamación de azoro. Yo pensaba: “Le está encantando la película, qué bueno que la traje.” Pero no fue así. Cuando nos dirigíamos a casa, ¡me ha puesto una regañiza! Apenas habíamos salido del cine cuando le pregunté:
- ¿Le gustó la película, ‘Amá?
Y ella que me dice con voz golpeada:
- ¿Por qué me traes a ver una película de susto? Ya te he dicho que me gustan las películas de Libertad Lamarque o Pedro Infante. ¡Y tú me traes a ver esto! ¿En qué cabeza cabe que voy a pagar sólo para que me estén espantando durante dos horas? Dime, ¿tiene algún chiste? ¿Verdad que no?
- Es que yo pensé que/
- ¡Nada de “es que yo pensé”! Allí me tienes de mensonota cerrando la tienda para venir a ver esta cochinada. ¡Ay, pero la culpa la tengo yo por hacerte caso!

Nunca más volvió a poner un pie mi mamá en el cine. Ella cuenta que dejó de ir cuando en plena función le resultó un fuerte dolor en los riñones. Pero yo pienso que fue el puritito miedo la que la mantuvo alejada del séptimo arte.

Cuentos para entristecer al payaso

Asiste a la presentación de los "Cuentos para entristecer al payaso", de Sonia Silva-Rosas, este 29 de octubre, a las 19:00 horas en el Museo José Luis Cuevas, Centro Histórico de la ciudad de México. ¡¡¡Asiste!!! Habrá muchas sorpresas.

FANTASMAS

Los fantasmas no me asustan; quizá porque desde chiquito mi mamá me decía que más miedo hay que tenerles a los vivos que a los muertos. He visto muchos, en casa propia y en la ajena. No es que me las quiera dar de médium, ni mucho menos fabricarme un aura de misterio, para nada; pero quiero que sepan que apenas entro a una casa e inmediatamente sé si está poblada de ellos o no. Y en el depa de Corina y Paquita no hay fantasmas; fue lo que a ellas les dije. Estas dos amigas se acaban de instalar y dicen que perciben una vibra rara. No contentas con mi conclusión, le exigieron a Ximena, su vecina, que les contara la historia de horror que tenía el departamento que acababan de ocupar y en el que nos encontrábamos comiendo unos ricos chiles en nogada que cocinó Corina. Ximena dijo: “¿Cuál historia de horror? Más bien es una historia bastante repulsiva, pero se las contaré después que nos acabemos de comer estos maravillosos chiles.” “Aquí mataron a alguien, ¿verdad?” Preguntó Paquita. “Tampoco”, contestó Ximena. Corina dijo que sospechaba que había un fantasma, puesto que en el depa de Juan Manuel y Güicho, que se encuentra arriba del que estábamos, había uno. “En efecto, había uno”, dije “y a mí me consta, porque lo vi.” Y como mostraran interés de más, les referí la siguiente historia:
Cuando vivía en Acapulco, cada vez que yo venía al Distrito Federal solía llegar al depa de Juan Manuel y Güicho que está arriba del de Corina y Paquita, como ya dije. La habitación que me asignaban era el estudio de Güicho; allí tiraba una colchoneta en la cual yo dormía. Total que una mañana desperté, cogí un libro y me puse a leer bocabajo, tirado sobre la colchoneta. De pronto, escuché que abrieron la recámara, escuché que alguien entró, luego saltó mi cuerpo para dirigirse hacia una cómoda que se encontraba contra la pared. Yo pensé: “Pues de seguro es Güicho que entró por un calzón o calcetines limpios.” Cerré mi libro y que le digo: “Yo pensé que ya te habías ido a trabajar.” Silencio sepulcral. Pensé en mis adentros: “¡Jijos, ya me visitó un fantasma!” No pelé mucho, y reanudé mi lectura. Cuando llegó la noche, mientras cenábamos, les dije a Juan Manuel y Güicho: “Ay, chicos; no se vayan a espantar con lo que les voy a decir, pero en esta casa hay un fantasma.” Los dos, al unísono, exclamaron: “¡Ya lo sabíamos!” Y los dos, casi al unísono también, me contaron que el fantasma era gay y conocían su santo y seña. Como demostrara interés de más, me contaron la historia. Resulta que un par de años antes de que ellos se instalaran en ese departamento, allí vivía una pareja de gays viejos; uno de ellos, Arnulfo (no se llamaba así, pero se oye bien), pertenecía a una familia de lana de Las Lomas. El padre de Arnulfo era un español que compró una veintena de lotes cuando Las Lomas eran montes llenos de matas y sabandijas. Abandonó la ciudad y se llevó a toda la familia a vivir a esa zona residencial en ciernes. Pero el padre, cuando descubrió que su hijo prefería a los muchachos para irse a la cama, lo echó de su casa y lo mandó a vivir al depa del que hoy hablamos. Allí Arnulfo vivió con su pareja desde 1952 a 1992, año en que murió su pareja de cáncer. Arnulfo le sobrevivió diez años; nunca más se consiguió otro galán para compartir sus últimos años. Vivió solo; tan solo que nadie se dio cuenta cuando murió. Fue Berenice, la administradora, quien descubrió su cadáver cuando subió a la azotea para instalar un tanque de gas. Desde la azotea, echó un vistazo a la ventana del depa de Arnulfo, y vio el cadáver tirado en el suelo, al pie de la cama. Berenice llamó a la policía y sacaron al cuerpo para darle cristiana sepultura. Arnulfo había muerto de un paro. Y ahora se aparecía Dios sabe por qué.
“Ahora cuéntanos la historia del holandés”, le pidió Paquita a Ximena cuando acabamos de comer el último bocado de chiles en nogada. Entonces, Ximena apuró un trago de vino, y dijo: “Hace ocho años que llegué al edificio, en este departamento vivían Vincent y su novia cuyo nombre nunca supe, pero era una tipa muy guapa, blanca, alta, como top model. Vincent era chaparrito, y no era holandés, sino francés. Su nombre no lo supe, pero yo le puse Vincent por su fuerte parecido con Vincent Van Gogh; se parecía, sobre todo, a aquel autorretrato que el pintor holandés se hizo con la oreja mocha. Qué horror. Se ve que los dos, Vincent y su novia se querían bien, pues siempre se les veía platicar y reír a la vez cuando se dirigían a su departamento. Pero semanas después, comencé a escuchar que a mi depa subían gritos de reclamo, reproche, en lengua gala; los dos se decían cosas horribles. Pero se armaban tan fuertes las discusiones que acababan en llanto. A veces oía llorar a él; otras veces a ella. Hasta que un día no escuché más ruidos. Tampoco volví a ver a la chica. Yo pienso que, harta de tanto pleito, lo abandonó. Y el pobre Van Gogh se hundió en la más profunda melancolía; se le notaba en su pésima forma de vestir y en el largo y sucio de sus cabellos. Una vez que coincidimos en el elevador casi me vomito, porque el pobre apestaba a rayos. De pronto, una tarde, escuché voces que venían del departamento. Yo me dije: ¿Será que regresó la chica y han comenzado a discutir de nuevo? Pues no, no era la chica la que alegaba; sino Berenice, la administradora del edificio. Le exigía a gritos que le pagara los cinco meses de renta que le debía o el día de mañana se las iba a ver con Gobernación. Pasaron los días y ninguna autoridad de Gobernación apareció en el edificio. Tampoco volví a ver al holandés. Yo pensé que se había suicidado; y pienso que Berenice también, porque de pronto llegó ella acompañada por un par de policías y forzaron la puerta. ¿Y con qué creen que se hallaron al entrar?... Pues no, no hallaron el cadáver de la chica ni mucho menos el de Van Gogh. Él había escapado, pero dejó las paredes de esta habitación, en la cual nos encontramos, todas embarradas de caca; caca por aquí y caca por allá. Había escrito, con su puño, letra y caca, maldiciones dirigidas a la administradora, a Gobernación y, claro, a su amada. Así sería su rabia.”
“¿Por qué diablos nos cuentas esto, Ximena?”, reclamó Paquita. “¿Por qué diablos me lo preguntaste?”, contestó Ximena. “Tengo ganas de vomitar”, dijo Corina, y se fue al baño. A mí también me dio asquito la historia de Vincent y me fui después de tratar de cambiar, infructuosamente, el tema de la plática.
Yo hubiera preferido una historia de fantasmas; y no la historia de un francés cagón.